30 años de Democracia: pasado, presente y futuro en manos del PUEBLO

En los últimos 30 años, los argentinos aprendimos a respetar al que piensa distinto, a aprobar o bochar gobernantes a través de las urnas, y a descartar cualquier intento de golpe de estado. Para un país que vivió azotado por las asonadas militares durante más de medio siglo, no es poco. Sí, hay muchísimo por hacer, pero lo bueno es que podemos hacerlo entre todos: ¡Feliz cumple, democracia!

 

El Presidente Alfonsín, acompañado por el dirigente peronista Antonio Cafiero, hablando a la multitud que se había congregado para defender la democracia, ante la amenaza de una nueva asonada militar.

El Presidente Alfonsín, acompañado por el dirigente peronista Antonio Cafiero, hablando a la multitud que se había congregado para defender la democracia, ante la amenaza de una nueva asonada militar.

 

No fue gratis para los argentinos lograr la plenitud de la vida cívica bajo el sistema representativo, republicano y federal que ordena la Constitución de 1853.

Decir que aquellos tiempos de botas fueron terribles, ilegales e inmorales, es poco. Falta la palabra más dolorosa de todas: en aquellos tiempos estábamos dominados por genocidas.

Hubo mucho sufrimiento, mucho desencuentro, compatriotas que eran asesinados o desaparecían, un poder económico aliado al poder militar sojuzgando a millones de personas, sumergiéndolos en la desocupación primero, y después en la pobreza, la miseria y la indigencia, combatimos una guerra (y por poco no fueron dos)…

Pusimos el cuerpo, literalmente, para recuperar la democracia.

 

INVIERNO MILITAR

 

El 14 de Junio de 1982, era un muchacho de 22 años que trabajaba en una oficina, cerca de Tribunales, con otros muchachos y chicas de todas las edades, con los cuales hice amistad. Los sueldos eran de hambre. La especulación financiera –fomentada por la “tablita” de Martínez de Hoz y su política especulativa- acabó con miles de puestos de trabajo, y el coctel que se había generado desde el gobierno, era explosivo: desocupación más inflación.

Cuando se inició el conflicto en Malvinas lo sufrimos de cerca: el novio de una de las chicas, había sido convocado para ir a las Islas. Lo curioso fue que, pese a no haber hecho el servicio militar, a los dos días ya estaba en las Islas, con traje de guerra y un Fal (que obviamente, no sabía manejar) colgado del hombro.

Miguel –así se llama aquel amigo- volvió un par de días después al continente: a un compañero, que tampoco sabía manejar el arma, se le escapó un tiro, y le pegó en una pierna.

¿Así íbamos a enfrentar a los ingleses? ¿Con soldados como Miguel, que ni siquiera sabían disparar?

Estábamos todos mal en aquel grupo, no entendíamos a qué se debía tanto alboroto y tanta alegría en la calle (personalmente, no entendía el apoyo de toda la “clase” política y gremial al enfrentamiento bélico), si se venía la flota inglesa, apoyada por EEUU y el “vecino” Pinochet… Era imposible la victoria, por la yunta internacional que habían armado, y toda la tecnología de punta que incluía su equipamiento. Aunque sabíamos que los nuestros se la iban a hacer difícil (y así fue, reconocido por los propios ingleses).

Meses antes, cuando Galtieri había amenazado desde el balcón “si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”, miles de personas lo vivaron. Yo no lo podía creer. ¡El tipo decía que iba a mandarnos al matadero, y lo vivaban!

Nunca reivindicaré la guerra de Malvinas: rescato el valor de nuestros guerreros, pero no la decisión política que –a costa de la sangre de jóvenes argentinos- intentó evitar que la dictadura se caiga por el peso de su propia soberbia, barbarie e ineptitud, matizada con carretillas de “plata dulce”, que terminaban en los bolsillos de los comerciantes brasileños que vendían TV en colores…

Lo cierto es que después de salir del trabajo, aquel 14 de Junio, las calles del centro estaban semidesiertas. Sin pensarlo, con Alberto (amigazo) nos dirigimos a la Plaza de Mayo, porque decían que Galtieri iba a hablar desde el balcón. Nos sumamos a unas pocas personas –quinientas- que no querían que el presidente de facto hablara. Nos “gasearon”, pero no me cansé de gritarles “milicos hijos de putaaaaa, la putaaaaa que los parioooó…”. No podía dejar de pensar en aquellos pibes, de mi misma edad, que habían sido enviados a una guerra que bien pudo haberse evitado. Aquella noche, Galtieri no salió al balcón, y terminó yéndose.

No les perdoné a los militares que nos llevaran a la guerra; tampoco, a mis hermanos civiles que la avalaron.

 

PRIMAVERA DEMOCRÁTICA

 

En aquel grupo de laburantes-amigos, decidimos concurrir a la primera marcha de la “Multipartidaria” (creo que fue a fines de Diciembre de 1982). Una multitud concurrió a la Plaza de Mayo a decirles a los militares “que se vayan”. De aquella marcha, de aquellos compatriotas, sí estoy orgulloso.

En esa ocasión también nos “gasearon”. Pero el grupo se mantuvo unido, pese a las circunstancias. Recién entonces empezamos a hablar de política: algunos reconocían sus raíces radicales, otros sus antepasados justicialistas, aparecía algún socialista… Habíamos trabajado varios años juntos durante la dictadura y nunca habíamos hablado de identidades partidarias, era como que los militares habían “freezado” esa parte nuestra, por el miedo que metían con secuestros, desapariciones y cárceles clandestinas.

Entonces, entre algunos del grupo empezaron los intercambios de ideas sobre cómo hacer para estar mejor en democracia. Discutíamos, preguntábamos, queríamos saber de qué se trataba.

Habíamos sobrevivido al terror militar. Una pequeña luz de esperanza volvía a iluminarnos.

Desde hace 30 años, sostenemos este sistema político –el mejor, de los inventados hasta ahora- porque tenemos en carne viva aquellos sufrimientos, aquellos desencuentros, aquella locura disfrazada de milico que hacía las peores barbaridades, en nombre de la Patria.

Durante estos 30 años, resistimos a los carapintadas, se modificó la Constitución, gobernó el peor neoliberalismo disfrazado de movimiento popular, estallamos a finales de 2001 porque la cosa ya no daba para más… Pero nunca, NUNCA MÁS los militares volvieron a intervenir en la vida política argentina.

Algunos pocos lo lamentan. Cada vez menos (como esos enfermitos que hicieron vandalismo en la Catedral, hace poco).

Allá ellos. La gran mayoría disfruta del aire libre que ofrece el sistema democrático. Porque lo peor que le puede pasar a la ciudadanía es padecer la asfixia, la opresión, la represión, las limitaciones y la miseria a la que nos sometieron las distintas dictaduras…

Los argentinos, a veces, somos proclives al llanto y a la queja permanente, y nos tiramos a menos: pero esta vez fuimos capaces de conseguir este gran logro. Y lo hicimos colectivamente, sea cual fuere el color político de cada uno.

Fue el primer paso. Dimos otros importantes, como la aprobación de la ley de divorcio, del matrimonio igualitario, el juicio a los genocidas, la asignación casi universal (los monotributistas no podemos cobrarla…) pero falta muchísimo: la pobreza, la marginalidad, la inseguridad, la inflación, la crisis energética y el transporte público, son algunos de los temas que nos siguen aquejando.

Desde hace 30 años –pero así debió haber sido SIEMPRE- cuando nos toca votar, dejamos sentada nuestra opinión sobre los gobernantes, sobre quiénes nos gustan, y quiénes no.

Estoy orgulloso de lo poco/mucho (cada uno lo apreciará según su criterio) que avanzamos en estas tres décadas, porque como sociedad y como ciudadanos, nos involucramos para que así sea.

¿Qué falta mucho? ¡Claro, por supuesto! Pero no se duerma, ciudadano: participe, opine, no se deje comprar por dos pesos, que su posición vale mucho más que una limosna.

¡Feliz cumple, democracia! ENTRE TODOS, vamos a cuidarte. SIEMPRE…

 

Por Claudio Serrentino

Fotos: diario Clarín.