Caso Nisman: los vivos se aprovechan, porque el muerto no se puede defender

Los argentinos siguen con estupor las peripecias del “caso Nisman”, mientras hay una sola y cruda verdad: el muerto no se puede defender de los que lo difaman.

Todo vale por tener la primicia, sumar medio punto más de rating, mantener el cargo judicial o recuperar la iniciativa política. ¿Todo vale? No debería ser así, pero es.

Un poco por la ética perdida, otro poco por la impunidad que gana terreno, y otro poco porque la Justicia no demuestra interés en que se respete la integridad de las personas (sobre todo, de los que ya no pueden defenderse), el lamentable hecho de un Fiscal muerto en circunstancias dudosas se ha vuelto una comedia de enredos que no hace reír a nadie.

Estamos hablando de un muerto, claro, que no es cualquiera: es un Fiscal de la Nación que involucró a la Presidente en el mayor atentado terrorista de la historia argentina.

Del muerto se dijo de todo, y más. Que era un inepto. Que la denuncia que iba a presentar era indigna de un abogado. Que era homosexual.  Que su pareja era Lagomarsino. Que se suicidó. Que andaba con una modelo 20 años más joven. Que solía ir a boliches y salía con señoritas. Que participó de una “fiesta”. Que antes de su muerte había tomado mucho alcohol.

Apenas ocurrido el hecho, la Presidente y algunos de sus acólitos se animaron a difundir sus propias versiones sin esperar la investigación, ni respetar la labor de la Justicia; necesitaban (¿necesitaban?) tirar descalificaciones a discreción sobre la víctima, para convertirla en victimario.

Todos los que hablaron públicamente de Alberto Nisman no sólo carecieron de ética: también, del respeto más elemental

Cristina sumó otro enemigo: habló del “partido judicial”, y así trató de cambiar el foco de la cuestión. Su geocentrismo la llevó a la rápida conclusión de siempre: a Nisman lo mataron para joderla a ella. Y el “partido judicial” pareció actuar como oposición. Casual/causalmente, aparecieron las citaciones judiciales para Amado Boudou y Lázaro Báez.

El kirchnerismo, como siempre, responde con misiles ante un piedrazo: después de la marcha del 18F, realizó la suya el 1M y publicó una solicitada en los diarios, en la que descalifica a Nisman como profesional. ¿Era necesario agredir una vez más al muerto, y por escrito? ¿O fue un mensaje por elevación para los otros Fiscales, aquellos que podrían seguir investigando?

A más de 40 días de la muerte, la sociedad argentina desconoce si fue asesinato/suicidio/suidicio inducido, pero está hiper informada sobre la vida privada del Fiscal y otros detalles inservibles. Como quedó dicho, el muerto ya no puede defenderse.

Los medios y los políticos -oficialistas y opositores- manosearon el tema hasta el hartazgo.

La Justicia no puede (¿no quiere?) lograr que se respete la memoria de uno de los suyos, y no acierta con encauzar la investigación para resolver el caso (como en tantas otras ocasiones, no está de más decirlo; entre tantos papeles que esperan -perdidos en un océano de papeles e impunidad- está el expediente que determine qué pasó en la AMIA, por ejemplo).

el Presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación dijo: “es tiempo de terminar con la impunidad”. ¿Por qué ahora? ¿Prescribe la impunidad “antigua”?

Ricardo Lorenzetti, el Presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, inauguró el año judicial y dijo: “es tiempo de terminar con la impunidad”. ¿Por qué ahora? ¿Prescribe la impunidad “antigua”? Hay frases que se dicen, que son inentendibles: como de leguleyos, parecen.

La jueza Arroyo Salgado, ex mujer de Nisman, debió encarar una investigación paralela, con la idea de que la Justicia vuelva a poner el foco en el hecho luctuoso, y no en las giladas que se repican a través de los medios.

La triste y tremenda conclusión es: si la Justicia no puede resolver acertadamente la muerte de un Fiscal de la Nación, ¿qué nos queda a los argentinos anónimos?

Claudio Serrentino

Foto: lavoz.com.ar