BOCA-RIVER. La violencia y la inoperancia golearon al fútbol

Fue mucho más que “un papelón mundial”, como calificó el Presidente de Boca, Eduardo Angelici. Fue un episodio de violencia social que superó ampliamente al “folklore” del fútbol. Los organizadores y las fuerzas policiales exhibieron su inoperancia ante millones de televidentes.

Télam, Buenos Aires, 14/05/2015: El superclásico de vuelta de los octavos de final de la Copa Libertadores fue suspendido antes de comenzar el segundo tiempo y después de una hora de cabildeos, a instancias del árbitro Darío Herrera, quien tomó la resolución luego de consultar con las autoridades de la Conmebol, tras la agresión con gas pimienta sufrida por cuatro jugadores de River Plate desde la tribuna baja de Boca Juniors Foto: Fernando Gens / Télam / EMA.-

Foto: Fernando Gens / Télam .

¿Qué otro “trofeo” podían manotear los violentos? ¿A qué “título” podían aspirar los que vagan por el lado oscuro del fútbol? Un Superclásico. Y se lo quedaron, nomás.

Antes de escaparse como ratas, expandieron por la Bombonera su epidemia de odio sin sentido, de nazismo disfrazado de pasión. Con un par de acciones tan bárbaras como contundentes, convirtieron la fiesta en un velorio.

De paso, arruinaron las esperanzas del supuesto “club de sus amores”: Boca puede ser eliminado de la Libertadores. Y sería justo. No había garantías en la Bombonera para jugar el segundo tiempo.

La violencia apela a cualquier artilugio. Incluso, a la comedia. Mientras varios jugadores de River padecían la agresión sufrida con gas pimienta, un dron paseaba sobre el plantel millonario el fantasma de la B. Una clásica broma futbolera que personalmente, no me causó gracia. Era para usarlo al final del partido, si se lograba pasar de ronda y eliminar a las “gallinas”.

Pero así es el ambiente del fútbol en la Argentina: hay que ser la hinchada “más poronga”, “ganar como sea”, “aguantar los trapos”, “aunque ganes o pierdas no me importa una mierda”, … Conceptos de la época cavernaria que le quitan el encanto al juego más hermoso inventado por el hombre: once tipos que se ponen de acuerdo y aplican tácticas y estrategias y caños y gambetas para ganarle a los once tipos que están enfrente.

En la Bombonera quedó claro que el fútbol era lo de menos: la violencia le ganó por goleada. Ayudada por la inoperancia, claro. ¡1.200 policías participaron del operativo, y ninguno custodió el costado de la manga fatídica! La cara del Comisario a cargo del operativo lo decía todo (cualquier similitud con el Jefe Górgori de Los Simpson… ¿es casualidad?).

Los imbéciles que metieron la bengala en la manga, se la dejaron servida a River. El Presidente de la institución de Nuñez, Donofrio, sumó ridiculez (¿y provocó al público?) al salir corriendo al campo de juego. ¿Qué pretendía resolver…?.

Mientras los violentos disfrazados de hinchas de Boca (miles, que pagaron miles de pesos por una entrada, ésos no eran de la Doce, sino de la platea) descargaban su ira contra el plantel de River, iban multiplicando las chances para que el partido no se juegue. ¿Qué amor a la camiseta? ¡¡¡ESOS TIPOS SON RETRÓGRADOS!!!

El patético retiro de los futbolistas del campo, que tardó UNA HORA Y MEDIA, simboliza la impotencia de los dirigentes del fútbol y las fuerzas de seguridad: no saben organizar un espectáculo multitudinario, y mucho menos pueden controlarlo.

El plantel de Boca intentó varias veces pararse en el terreno de juego para seguir jugando el partido como si no hubiera pasado nada. Cero solidaridad con sus colegas. River, por supuesto, se aprovechó de su situación de víctima.

Sergio Berni se sumó al show de las miserias humanas, y una vez más enfrentó los micrófonos para llevar “tranquilidad” (?) a los familiares de los que habían ido a la cancha.

El Presidente de Boca, Angelici, había dejado trascender que luego de dejar ese cargo quería dirigir la Conmebol. Después de esto, mmm…

El problema de pactar con el diablo es que en algún momento, va a venir por tu alma. Los dirigentes de todos los clubes pretendieron “convivir” con los barras, y este es el resultado: un gigantesco, olvidable, penoso bochorno.

Claudio Serrentino

Foto: Télam