EL CORRALÓN DE FLORESTA. Esta nota provocó los insultos de la Asamblea

El comunicado en el que la Asamblea de Floresta califica a este medio de “pasquín barrial”, surgió después que se publicara esta nota en la edición impresa de La Bocina. 

Del acuerdo al acampe

Pese a la firma de un “acta acuerdo”, sigue el conflicto en el Corralón de Floresta: varios grupos culturales se resisten a abandonar el predio, mientras el barrio no entiende cuál es el foco del conflicto.

Todo surgió porque el mentado “acuerdo” desconoció e ignoró al resto de la comunidad. Entre ellos, a los grupos culturales que no se sienten representados por la Asamblea, y a los vecinos.

DESACUERDO CON EL ACTA

La firma del “acta acuerdo” entre autoridades de la Secretaría de Descentra-lización y un sector del Corralón -identificado partidariamente con el kirchnerismo- fue lo que terminó por implosionar en Gaona y Gualeguaychú.

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Por empezar, las reuniones para concretar el acuerdo se realizaban en oficinas del Microcentro o de la Legislatura; no en la Comuna, y mucho menos, en el Corralón.

La negociación fue rápida: una arquitecta de Descentralización –Mariela Patiño– fue la encargada de incluir lo pedido por la Asamblea de Floresta y El Épico, con lo que allí pretendía hacer el gobierno porteño, y lo que proponían algunos legisladores.

Finalmente, se llegó a una especie de acuerdo PRO-K para el Corralón, que fue bendecido por legisladores de ambos partidos, quienes participaron en la “presentación del proyecto”, otra vez lejos del barrio y sin vecinos cerca: en Perú 160, la Legislatura porteña.

MIENTRAS TANTO, EN EL CORRALÓN…

Mientras esto ocurría en el centro, en el Corralón el resto de los grupos culturales presentó un recurso de amparo para seguir trabajando en el lugar; también, reuniones de la “Mesa de Trabajo y Consenso” para elaborar el proyecto del Corralón; sostienen que la mayoría de los que realizan actividades en el predio, estaban allí representados.

En su mayoría, son jóvenes e idealistas. Los veo con sus looks y pelos coloridos, haciendo actividades físicas, cuidando la huerta, pintando, y es como si me viera yo hace 35 años. Es decir, personalmente, me caen bien.

El discurso de los chicos es lírico y revolucionario, lógicamente: hablan de “resistencia” a la “ola privatizadora del gobierno”.

Pero pecan de ingenuos. ¿No se percataron que a las reuniones de la “Mesa de Trabajo y Consenso”, jamás concurrió alguna autoridad de la Comuna, o del Gobierno de la Ciudad, que avalara lo que allí se decidiera?

Lo cierto es que luego que el otro grupo difundiera el “acta acuerdo”, y ante la inminencia del desalojo para que se inicien las obras, los grupos culturales realizaron un “acampe” sobre la avenida Gaona, que interrumpió parcialmente, durante varios días, el tránsito por esa arteria.

Así, se llegó a una situación inentendible para la mayoría del barrio: mientras un sector de los grupos culturales se negaba a abandonar el Corralón e invitaba a participar de la “Mesa de Trabajo y Consenso”, el sector acuerdista -encabezado por la Asamblea de Floresta- le reclamaba al gobierno porteño que desaloje el predio.

Este conflicto, que se sigue extendiendo en el tiempo, es el resultado de varias desprolijidades:

La incapacidad de los gobiernos central y comunal, que no supieron dialogar con todos los ocupantes del predio.

– El grave error de haber dejado afuera de la negociación a varios grupos culturales, a decenas de chicos que hacen allí sus actividades, y también, a los vecinos del barrio; que aunque no concurran asiduamente, tienen derecho a opinar sobre el destino de un lugar que es de todos.

– Queda claro que hoy, la Asamblea de Floresta no es representativa del barrio, ni siquiera del Corralón; no pudo consensuar el abandono del predio con los grupos culturales -a los que primero invitó a instalarse allí- pero exige al Gobierno de la Ciudad “el desalojo y el inicio de las obras”.

El fallido acuerdo por el Corralón demuestra qué poco participativa puede volverse la democracia participativa, cuando los “acuerdos” se hacen a espaldas de la gente.

Claudio Serrentino