SANTIAGO MALDONADO. Vida y muerte, al servicio de la campaña electoral

Apareció un cuerpo en el río Chubut. Muy cerquita de donde ocurrieron las escaramuzas entre mapuches y gendarmes. Los políticos -una vez más- lucieron su miserable inmoralidad electoral; la justicia y las fuerzas de seguridad, su ineptitud. El desaparecido, en lugar de víctima, fue sospechoso.

En Diciembre, se cumplirán 34 años ininterrumpidos de democracia.

En este tiempo, la sociedad argentina aprendió la importancia de que se respeten los derechos y garantías constitucionales “para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.

El aprendizaje no fue fácil, ni gratuito: la brutalidad de los militares dictadores dejó cicatrices que, aún después de tanto tiempo, no cierran. Centros clandestinos de detención, desaparecidos, son palabras que dejan al descubierto mucho sufrimiento, incertidumbre. Dolor.

Esa enseñanza hizo suponer que esos hechos no ocurrirían en democracia.

El emblemático caso de Julio López, el hombre que desapareció dos veces -en dictadura y en democracia- demuestra que sí. Que lamentablemente, los derechos y garantías constitucionales, no garantizan nada.

La impericia de las fuerzas de seguridad, a la hora de ubicar a personas desaparecidas, es de una torpeza tal, que ya ni siquiera sorprende.

El caso de la familia Pomar lo confirma: tardaron más de 20 días en ubicar un auto y cuatro cuerpos, al costado de la misma ruta por la que transitaban.

Santiago Maldonado desapareció el 1º de Agosto de 2017. El gobierno, desde el principio, apuntó a distraer la atención de la opinión pública: el supuesto desaparecido estaba en Entre Ríos, en La Plata, en Formosa o en Chile, teoría impulsada por la candidata oficialista porteña Elisa Carrió.

La política -los políticos- apelaron a movidas berretas, electoralistas, para seducir a tal o cual sector de los votantes.

Lo importante, para la oposición, era remarcar el error del gobierno y exigir la renuncia de Bullrich. Según la versión oficial, había que desnudar la supuesta operación política de los mapuches, que estaban escondiendo al desaparecido.

Mientras los K y la izquierda denunciaban la desaparición forzosa, delito de lesa humanidad en democracia, el gobierno inducía a sospechar de la víctima, sostenido por sus escuderos más fieles: Clarín y La Nación.

Canal 13 mandó a Lanata a entrevistarse con un líder mapuche; pero en lugar de preguntarle por las razones de sus reclamos y sobre el desaparecido, intentó darle una lección sobre la propiedad privada. Patético.

Los K, rapidísimos para condenar la desaparición de Santiago, toleraron en silencio las barbaridades sobre la desaparición de Julio López -ocurrida durante el gobierno de Néstor Kirchner– dichas por la otrora líder de Derechos Humanos, convertida hoy en una puntera (ni siquiera dirigente) partidaria. Patotera, maleducada y prepotente, como cualquier puntero barrial.

Hebe de Bonafini justificó lo injustificable: dijo que no pidieron por Julio López con el mismo fervor que lo hicieron por Santiago. “Era un guardiacárcel”, dijo Hebe, hiriendo la memoria del desaparecido y borrando ácidamente con la lengua, su lucha de tantos años por Memoria, Verdad y Justicia.

Quizás, sea un problema patológico que afecta a los dirigentes políticos. Una enfermedad desconocida que los hace decir barbaridades, más cercanas a la impunidad, que a la sensatez.

Elisa Carrió dijo primero que había un “20% de posibilidades que Santiago Maldonado estuviera en Chile”. Con el mismo desparpajo, en ese mismo reportaje aseguró que “yo no hablo en vano”.

Antes, la candidata de Cambiemos había dicho: “no descarto un posible suicidio de Maldonado”.

Ayer, cuando se conoció que se había encontrado un cuerpo en el Río Chubut, mientras los conductores de un programa periodístico explicaban que no era fácil saber la identidad, por la acción del agua fría. Carrió -allí presente- acotó: “es como Walt Disney”.

Desde uno y otro lado, dominó el desconcierto ante el hecho; y luego, la sinrazón. Lo más importante, no importaba: la víctima.

Tenían que decir lo que fuera para que sus probables votantes no eligieran otras opciones. Lo electoral -el ansia de poder- domina la escena, y todo se va adaptando para que sea afin a esa necesidad. Aunque se trate de vidas, desaparecidos y muertos.

La justicia no fue ajena a este desmadre, donde lo que menos importó, desde el principio, fue encontrar al desaparecido.

Cuarenta y cinco días después de la desaparición, el juez Guido Otranto le dió una primicia al oficialista diario La Nación (porque es más importante dar primicias, que resolver el caso): “La hipótesis más razonable, es que Maldonado se ahogó”, dijo.

Luego de publicadas sus declaraciones, no intentó confirmar sus dichos: renunció a la causa.

Con los medios tecnológicos más modernos, el Estado recién pudo ubicar el cuerpo 78 días después de la desaparición. A sólo 300 metros de donde ocurrieron los hechos. Y todavía no se sabe si es Santiago: trasladarán el cuerpo a Buenos Aires.

La desvergüenza encontró límites, finalmente -porque demostrar cierta altura también garpa en las urnas-: el gobierno suspendió su campaña electoral. Elisa Carrió no hablará por TV (esta noche iba a participar de “Intratables”).

Pero las especulaciones siguen y seguirán: ¿por qué apareció un cuerpo a cinco días de las elecciones? ¿Para quién/quiénes trabajan los servicios de inteligencia? ¿Quién se beneficia, y quién se perjudica políticamente con esto?

Seguramente, no se sabrá a través de las bocas de dirigentes, candidatos y funcionarios. Las declaraciones publicadas en esta nota demuestran que quienes hablan, aportan más confusión que esclarecimiento.

Claudio Serrentino

 

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