Aquella triste noche del recital de Viejas Locas en Velez

El sábado 14 de noviembre de 2009 hizo calor. Recuerdo que debía entregar un trabajo en la facultad, era cierre de trimestre de una Carrera que ya se estaba haciendo insoportable.

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Como mi computadora andaba mal, fui a la casa de una amiga de mi vieja, en los límites entre Floresta y Villa Luro, para escribirlo. Esa tarde, tranquila, jugaba All Boys en Florencio Varela. Ganó 1 a 0 sobre el epílogo, con gol de Juan Pablo Rial. No imaginábamos que un año después estaríamos ganándole a River.

Lo importante, sin embargo, pasaba a la noche. Tocaba Viejas Locas, en Vélez. Mucha agua había fluído desde ese Obras maravilloso, que había preludiado un adiós inesperado. Con Darío, mi hermano, salimos temprano.

Caminamos tranquilos por Bacacay, derecho, con la idea de tomar algo y luego ingresar, aprovechando que faltaba mucho para el inicio. Sin embargo, la fila llegaba al poli. A lo lejos, adelante, se vislumbraba una valla que funcionaba como pre acceso. Fuimos hasta un kiosco cercano y compramos una birra. Hasta ahí, no pasaba nada. Todo estaba calmo.

La fila no avanzaba. Y, de repente, comenzó todo. Primero, y desde adelante, aparecieron pibes y pibas a las corridas. Un rati, sacado, pegaba a todo aquel que tuviera una botella en su mano. La montada, también zarpada, no realizaba ningún tipo de discriminación: con las manos ocupadas o no, era palo y a la bolsa.

En menos de diez minutos la zona parecía Berlín en la segunda guerra. Con mi hermano y muchos más, corrimos por la Juan B. Justo hasta uno de los boulevares, cerca del ingreso. Tirábamos lo que tuviéramos, y retrocedíamos. La yuta llegó hasta allí, pegando y disparando.

Luego, se replegó detrás de la valla de contención. La intención, con esta última acción, era clara: todo aquel que entrara iba a cobrar. De un lado y del otro del acceso, la montada esperaba. Cada persona que pasaba, la ligaba. A lo lejos, mirando esta escena medieval, recuerdo haberle dicho a mi hermano: “no vamos a poder entrar ni en pedo con estos cabeza de tortuga ahí”. Sin embargo, aguantamos.

A la media hora, aproximadamente, la cosa se calmó. Ahí, nos mandamos corriendo. Zafamos. El recital comenzó tardísimo, y fue malo. El Pity no dijo absolutamente nada de la represión. Recuerdo indignarme con él. No podía no saber. Eso, más un derrape con Eva casi al final, hicieron que nos fuéramos antes de terminar.

Rubén Carballo fue encontrado inconsciente días después, en las cercanías del estadio. Tenía golpes en la cabeza, y marcas de balas de goma en el cuerpo. Murió producto de esas heridas. Su cráneo lucía una fractura severa.

Hoy, nadie está preso por esa muerte. El operativo estaba a cargo de la comisaría 44. Policía Federal. Dependiente de Garré. Para los que piensan que la represión estatal (no la violencia institucional que utilizan como eufemismo) comenzó hace dos años, les recomiendo repasar la historia reciente. No es tan difícil en tiempos de redes sociales.

Walter Bulacio hubiese cumplido 44 años en estos días. Su muerte fue en 1991, tras una feroz represión en el ingreso de un recital de los Redondos, en Obras. Nadie de la banda dijo palabra alguna en el escenario sobre lo sucedido horas antes del inicio del show.

¿Casualidades? El rock debe realizar una reflexión profunda sobre sus posicionamientos con respecto a la represión estatal que se ciñe sobre sus seguidores. Me corrijo: reflexión profunda sobre sus silencios y ausencias.

El fin de semana del 25 y 26 de noviembre se realiza el Segundo Encuentro de Derechos Humanos en la Facultad de Ciencias Sociales. Hay que estar. No queda otra.

“Contra la impunidad y la represión, nos organizamos y luchamos”.

Rodrigo Ferreiro