Colocaron una baldosa en la Plaza «Inmigrantes de Armenia», para homenajear al armenio más famoso de estos pagos: Martín Karadagian. Una buena ocasión para recordar a uno de los referentes de aquellos chicos, que hoy rondamos los 60/70 años.

La gacetilla dice que a instancias del diputado Daniel del Sol, se colocó una baldosa en el espacio verde de Armenia y Costa Rica. Que estuvieron presentes Paulina, hija del deportista y actor; y Carlos Manoukian, presidente del Centro Armenio de la República Argentina.

«Karadagian es un pedazo de todos nosotros. Hemos crecido con él. Representaba un entretenimiento sano. Fue fundamental para ubicar a la comunidad armenia, ya que habitualmente nos confundían con otra nacionalidad», expresó Manoukian.

«Su espectáculo no solo unió a las familias, sino también a las generaciones. Nos enseñó que el bien siempre triunfa sobre el mal. Permanentemente recibo afecto y cariño de sus seguidores. Este homenaje me llena de felicidad porque es una continuación de su obra», afirmó Paulina Karadagian luego de la inauguración de la baldosa ubicada en la calle Armenia, entre Costa Rica y Nicaragua.

La info cierra con data sobre el personaje: con 8 años, se transformó en campeón Panamericano infantil de lucha grecorromana, en Estados Unidos. Cuatro años más tarde, en Londres, obtuvo el título mundial de cadetes mayores. Antes de la actuación, trabajó como lustrador de botas y vendedor de caramelos. En 1957, debutó como actor en la película «Reencuentro con la Gloria»; luego compartió escena con Alberto Olmedo en «Las aventuras del Capitán Piluso en el castillo del terror» y realizó varios films de Titanes en el Ring.

EL GRAN MARTÍN ES UN TITÁN

Karadagián siempre le encontraba la vuelta para engancharnos: lo importante no era la lucha, las tomas, las trompadas. Lo más lindo de todo era el entorno, en qué circunstancias pasaba qué cosa.

Por ejemplo, uno de los luchadores “buenos” como el “Ancho” Rubén Peucelle, está atado a las sogas, a merced de dos “malos”. Pongámosle El Vikingo y Mercenario Joe. El árbitro William Boo, pese a que sucede algo ilegal, mira para otro lado. ¡Y de repente, de entre las sogas surge el Caballero Rojo (otro bueno) para ayudar a su amigo y derrotar a los malos! William Boo se enoja (siempre favorece a los malos) e igualmente le levanta las manos al Mercenario y a El Vikingo, dándoles por ganada la pelea. Una injusticia que triunfa; igualito que en la vida real.

Los relatos de Rodolfo Di Sarli le ponían misterio y emoción a la cosa; los Titanes no tuvieron ni tendrán a un grande como él. Y esas apariciones entre los cortinados… Antes de presentarse públicamente y subir al ring, La Momia se asomaba entre los cortinados y espiaba las peleas de Karadagian. Un hecho simple, pero… ¡qué fantasías se agitaban en nuestras mentes! ¿Quién era ese extraño personaje? ¿Qué quería? ¿Por qué lo espiaba a Martín y no a otro luchador? La imaginación andaba a mil por hora.

Releyendo el libro que se escribió cuando Martín Karadagian estuvo preso, titulado “¿Mereció una celda?”, escrito por Juan Claudio Rival, caigo en la cuenta de que el vacío en mi memoria está justificado, ya que el armenio Campeón del Mundo cayó preso hacia 1970 por irregularidades en la construcción de un edificio (de la cual, en el libro se asegura que él no tuvo nada que ver).

En el ‘71 salió libre, y en 1972 vuelve con “Titanes en el Ring” a Canal 13, en lo que fue el apogeo de su etapa televisiva: allí aparecieron La Momia, el Caballero Rojo, Don Quijote y Sancho Panza, La Viudita misteriosa (que se lo quería levantar a Martín), Pepino y Superpibe. También salen las figuritas, los muñequitos en los chocolatines Jack, el disco  (todo lo que hoy se conoce como “merchadising”) y la recordada pelea en el Luna Park para cerrar el ciclo, entre Karagián y La Momia (que según creo, quedó registrada en una película, “Superagentes y titanes”): ese combate fue uno de los momentos más emotivos de mi niñez. Al principio, La Momia lo derriba una y otra vez al Campeón del Mundo, pero luego Karadagian descubre que el punto débil de La Momia está en la espalda y logra la victoria.

Debido al gran éxito de esa temporada, José Marrone y los enanos de su circo hacen durante el verano una versión más paródica aún de “Titanes”, con los enanos luchando -también en Canal 13- que no le gustó nada a Karadagian, y que implicó reproches públicos a través de las revistas de la época.

Después fui creciendo, empecé a interesarme más por las chicas que por los Titanes, pero de vez en cuando “espiaba” por la tele en qué andaban los luchadores. Me seguí asombrando, esta vez con La Momia Negra, El Ejecutivo, Míster Moto, Diábolo. Ahora eran varias las viudas que intentaban sin suerte seducir al gran Martín, porque ya lo decía la melodía: “no podrá esa viudita conquistar con su platita el corazón de Martín, nuestro campeón…”.

Me crucé personalmente con Karadagian ya de grande, en la esquina de Corrientes y Callao, y en otras circunstancias. Sería por el año ‘89: lo bajaban de un taxi en una silla de ruedas. Casi me pongo a llorar. El hombre que supo agitar mi imaginación, aquel que fomentó las mejores fantasías infantiles… ese hombre estaba postrado.

Un par de años más tarde, mirando un noticiero de TV, me entero de su muerte. Mi corazón lloraba en silencio, mientras las imágenes mostraban a los viejos luchadores diciendo: “y ahora, ¿qué será de nosotros?” y la cámara seguía con su ojo implacable el llanto desconsolado de Pipo Cipolatti, uno de los admiradores del creador del “Cortito”.

Luego, Pipo reeditó en uno de los discos de “Los Twist”, el mensaje de Karadagian a los niños.

Claudio Serrentino

Imagen: Archivo Enrique Ricagno