Cristian Pirovano y Fernando Romanazzo llegan a la entrevista antes que yo. Si no fuera porque son gente macanuda, me recibirían con cara de circunstancia. Pero no. Apenas llego, se percibe un ambiente festivo. De amigos del barrio.

Cristian y Fernando son los realizadores de «Yallah – Yallah!» (dale – dale en árabe), un proyecto nacido en Floresta y filmado íntegramente en Palestina.

La idea, según lo entendí yo (que no vi el film, que se estrena el 24 de Mayo, y allí estaré) es que el fútbol sea una especie de ventana para ver el día a día de los palestinos. Y cómo ellos se las arreglan para abrazarse a esa pasión, pese a todos los inconvenientes que les toca vivir.

El fútbol es parte fundamental de la conversación. Fernando y su fanatismo por All Boys (sólo por All Boys, aclara siempre), Cristian y su devoción dividida entre Defensa y Justicia, el Barsa y Rayo Vallecano (le cae simpático porque los considera «clasistas madrileños»). Las chicanas entre ellos van y vienen.

Es que se conocen desde chicos. Estudiaron y se hicieron amigos durante la primaria: estudiaron juntos en el «Fragata ARA Libertad», de José Bonifacio 3650; y también compartieron la secundaria, en la primera sede de la escuela «Larroque», Mariano Acosta y Ramón Falcón.

Y de grandes, coincidieron por el amor a la fotografía y el cine. Cristian es un reportero de guerra free lance. Fernando, cineasta que hace unos años presentó «De los barrios, arte», un hermoso documental sobre los artistas de la Comuna 10.

Desde el vamos, el tema llama la atención. La historia relata que la pasión de los palestinos por el fútbol viene desde el nacimiento mismo de la FIFA, ya que Palestina es uno de sus miembros fundadores.

Muchos clubes de aquella época fueron desapareciendo: no es fácil que una institución deportiva, por más centenaria que sea, pueda sobrevivir entre las bombas.

De hecho, en los ’90, la FIFA debió colaborar con muchos clubes de fútbol para reestructurar la actividad futbolística en el país, incluso reconstruyendo estadios. Hay clubes que quedaron en la zona palestina de Jerusalén, que debería controlar la ONU, y no pueden jugar de locales, porque necesitan permisos «internacionales» para trasladarse de un barrio a otro, y no se los otorgan. Entonces, tienen que jugar de local fuera de Jerusalén.

«Como esto, tenés cientos de cientos problemas administrativos, aduaneros, que te complican la vida cotidiana. El opresor y el oprimido conviven todo el día, todos los días, y la violencia se va exacerbando, porque no es solamente ‘no te dejo pasar’, hubo ciento ochenta muertos por ir a protestar a la franja de Gaza por el traslado de la embajada de EEUU a Jerusalén, Israel se quiere apropiar de Jerusalén como su capital… Es una masacre a nivel mundial que ni siquiera es denunciada por los grandes medios. Si matan a un soldado israelí es tapa de los diarios, pero acá masacran a población civil, y no pasa nada. La historia de la película se da en un contexto político internacional de gran convulsión «, se indigna Cristian al comentar una pequeña parte de la realidad que se vive todos los días en las calles de Palestina.

«La película muestra historias de diferentes personajes ligados al fútbol, jugadores, directores técnicos, dirigentes, hinchas, y vemos su problemática del día a día en Palestina. Son siete historias que nos dan un pantallazo muy amplio, ya sea un hincha caracterizado -nosotros lo llamaríamos el jefe de la barra brava, pero allá no existe la barra brava- de ‘Los muchachos de la montaña’, seguidores de un club del ascenso. También está la historia de una mujer, la segunda en el mando de la asociación del fútbol de Palestina», acota Fernando.

«Nos cruzamos con un hombre que tenía todos los resultados del fútbol europeo anotados en un papelito, lleva sus estadísticas… La pelota los hace olvidar de la realidad que los rodea, es como una válvula de escape», resume Cristian.

FILMAR EN PALESTINA

«Estuve 10, 11 meses en etapas diferentes. A nivel experiencia personal, fue alucinante, muy conmovedora. Cuando empezás a entender las lógicas de cómo funciona un check point allá… Tener que presentar un pasaporte para cruzar -por ejemplo- de Flores a Floresta y que ese trámite te lleve una hora y media… Esa experiencia, que para nosotros es anécdotica, a ellos se les va la vida haciendo ese calvario. Te ponés en el lugar de ellos, y te preguntás cómo hacen para vivir así. Desde el vamos, no tienen problema en matarte. Hace poco trascendió un video donde un soldado israelí asesina a un joven palestino desarmado. Lo remató cuando estaba tirado en el suelo. El soldado estuvo preso menos de siete meses, y cuando salió, era vivado como un héroe, condecorado con medallas. Vivir cotidianamente así, es muy brutal», cuenta Cristian.

Pero lo traumático, que lo es, se transforma en agradable a la hora de evaluar el trato recibido por los directores argentinos en Palestina. «Es para destacar la calidad y calidez humana que recibimos de parte de la gran mayoría de la gente, con la que convivimos y compartimos un ámbito laboral o humano. Eso habla de cómo ellos se aferran a la vida», resalta.

«Otra cuestión que me llamó la atención: cuando llegás, no te hablan del conflicto, del quilombo. Al revés, tratan de que el visitante se sienta alegre, bienvenido, agasajado. Para ellos es un placer recibir gente, se sienten acompañados. Te abren las puertas como si fueras un familiar», acota Fernando.

«Pero hay costumbres distintas: una vez nos quisimos sacar una foto con una señora que nos cocinaba, y para la foto la quisimos abrazar como hacemos acá y nos rehuyó; son límites culturales», dice Cristian.

Una escena de la película retrata un casamiento palestino: los hombres con los hombres, las mujeres con las mujeres. «Toda la noche tomando té con muuuucha azúcar y bailando entre hombres», remata Fernando.

PRODUCCIÓN, EDICIÓN Y ESTRENO

Cristian llamó a Fernando desde un campo de refugiados, para contarle que andaba por Palestina, y charlando, le cuenta: «Me encontré con un flaco que sabe más de fútbol que vos y que yo. Conmovido por la situación, me dijo: tenemos que hacer una película. Entonces le dije: bueno, dejate de hinchar las pelotas con las fotos y empezá a filmar», explica Romanazzo el comienzo de esta historia.

Y así empezó a filmar algunas «cositas» como para hilar la historia, se puso a escribir y a pensar en cómo sería ir a grabar con un equipo. Fue difícil la etapa de pre producción. Tenían el guión, las ganas, pero faltaba la plata.

«Presentamos varias carpetas al INCAA, finalmente nos aprobaron, pero costó muchísimo. Elaborar una carpeta te lleva un año hacerla. Y nos rebotaron tres veces. Arrancamos en 2013 y la aprobaron en 2015″. Ya habían ido a filmar la primera vez, para lo cual se habían endeudado.

«Cuando el INCAA confirmó el apoyo, viajamos por segunda vez para rehacer algunas cosas que habían salido mal. Al tercer día de llegar, quien iba a ser el protagonista de la película se bajó. ‘Lo lamento mucho, no puedo filmar más’, nos dijo, y se fue. Después nos enteramos que era porque tenía un hijo preso y tenía miedo. Nos adaptamos a la situación y rearmamos la película con siete historias».

Argentina aportó dinero, y Palestina la infraestructura. «Yallah – Yallah!» es la primera coproducción oficial entre ambos países.

La película está totalmente hablada en árabe y subtitulada al castellano, lo que fue todo un tema, porque ellos no conocen el idioma, e incluso a los traductores les fue difícil entender algunas partes.

«Yallah – Yallah!» participó en el BAFICI en tres proyecciones a sala llena. «No ganamos porque es muy difícil competir con ficciones», reconoce Fernando.

La película primero se estrenó en Palestina, donde tuvo gran repercusión. Y el 24 de Mayo es la primera función en Buenos Aires. En el Espacio INCAA Sala Gaumont (Rivadavia 1635) se exhibe entre el Jueves 24 y el Miércoles 6 de Junio en dos funciones: a las 16.50 y 21.10.

En la medida que el público apoye, las funciones se extenderán.

Claudio Serrentino

Afiche: Aqueronte Producciones. Foto: La Bocina