Abrir la PC y encontrarse con esta noticia fue desvastador… Perdí a un Querido Amigo, a un Gran Vecino, a una Hermosa Persona, a un Artista Sensiblemente Genial. ¡Hasta siempre, MAESTRO ANTONIO PUJÍA!

No sé por qué lloro. Lloro por mí, antes que por él. Lloro porque no podré verlo más; ni hablar por teléfono; ni cruzármelo por el barrio; ni visitarlo en su atelier.

Lloro porque Antonio es una referencia importante en mi vida.

Lloro, aunque sé que a él le hubiera gustado un cálido «abbraccione» de despedida. Sin melancolía.

Antonio salía todas las mañanas, caminaba las cuatro o cinco cuadras que separaban a su casa del taller, siempre con esa sonrisa inmensa. No la sonrisa falsa, sino de alegría sincera y vital. Como la de la foto que ilustra esta nota.

Siempre saludando a sus vecinos, charlando con ellos, integrándose al barrio que lo adoptó como propio desde que se mudó aquí, hace más de 40 años.

Ese tano macanudo es uno de los artistas más impresionantes que conocí: hacía hablar a las piedras, les sacaba luz y oscuridad según sea lo que él quisiera que las piedras dijeran.

Precisión, profundidad, sensibilidad… No sé, no me pidan ahora una crítica a su trabajo, sé poco de periodismo y menos de arte. No voy a hablar de su trayectoria impresionante, ni de sus impactantes logros como artista.

Pero su obra me llegaba, me hablaba, me hacía entender exactamente qué es lo que él quería decir.

Y además, su amistad. Me regaló su amistad inesperadamente, fue él quien me incorporó como su amigo.

Él, un grande del mundo, no tenía empacho en llamarme y comentarme las notas publicadas en esa humilde revista de barrio que recogía todos los meses de «La Guadalupita».

  • Pero Antonio, dejá que yo te alcanzo ejemplares a tu taller…
  • No, no te molestes, yo la voy a buscar. ¡Si paso todos los días por ahí…!

Y así, con todo. Él, uno de los artistas más tremendos en lo suyo, uno de los más reconocidos, se mezclaba con el barrio, se integraba. ¡Jamás lo ví subido al pedestal… y tenía de sobra para hacerlo!

Grande que se codeaba con los grandes, me contaba sus anécdotas con Quino, uno de sus amigos predilectos. Cuando publiqué notas sobre otros artistas, ahí Antonio me llamaba y aportaba algunas de sus historias con ellos.

Hablaba con emoción de su pueblito natal en Italia, Polia, perdido entre las montañas. Volvió varias veces a visitarlo.

Fue militante barrial sin ser militante. Estuvo en incontables eventos; fue jurado de concursos locales; participó de la película «De los barrios, arte».

Su presencia bendecía cualquier acto, le daba sentido.

La última vez que lo ví, fue en la charla por la historia del barrio de Villa Real. Allí estaba Antonio, con sus amigos de Versalles, barrio donde vivió cuando llegó desde Italia. Estaba orgulloso de su barrio, de sus amigos, de su historia.

Aquel día me fui de ese evento rápido, porque ese mismo día y a la misma hora, se desarrollaba otra noticia en el Cine «San Pedro». No me despedí de él, ni de nadie. Estaba apurado.

Al día siguiente, me llamaron vecinos para decirme: «Antonio estuvo preguntando por vos… no te despediste». Me preocupé y lo llamé.

Con la más absoluta naturalidad y cordialidad, me dijo: «no hacía falta el llamado…». Hermosa persona. No me voy a cansar de decirlo y escribirlo.

Llego al velorio y lloro. Otra vez.

Recuerdo y lloro con Beto Páez, otro artista y vecino de Floresta.

Recuerdo y admiro su don de gentes, su calidad de vecino, con las chicas de la Asamblea de Floresta.

Me fundo en un abrazo con Sandro, su hijo. Intento transitar mi dolor. Como puedo.

¡Cuánto te voy a extrañar, queridísimo Tano…!

Claudio Serrentino

Foto: La Bocina