Dos noticias que nacen a partir de hechos similares: en dos lugares distintos, alguien que prende fuego el colchón de una persona que duerme en la calle. La intolerancia, además de la violencia, genera un perjuicio colectivo: la pérdida de dos edificios públicos, patrimonio de todos.

La intolerancia, se sabe, nunca es pacífica. La intolerancia conlleva violencia, y la violencia siempre provoca daños.

En Buenos Aires hay muchas personas que duermen en la calle. A veces, se supone, porque son linyeras, y los linyeras tienen su particular estilo de vida, despojado hasta de lo más básico para el resto: la higiene personal.

Pero otras veces, son personas que tuvieron desgracias personales, económicas, laborales. Y perdieron lo básico: el ingreso mensual necesario para poder dormir bajo techo (además del dinero indispensable para comer).

Esa pobre gente está realmente «a la buena de Dios», y parece que ni Dios se apiada de ellos. Porque una vez que se entra en el círculo de la miseria, es muy difícil salir sin una ayuda concreta por parte del Estado. Ayuda que, por supuesto, es escasa o inexistente.

Deambulan con sus pocos trastos por la ciudad, hasta que encuentran un rinconcito donde esperar que pase la tormenta. Se acomodan -es una forma de decir, porque la incomodidad es total- como pueden. A veces solos. Otras, en familia.

Los vimos cientos de veces en rincones debajo de la autopista, al costado de una estación de servicio, en una plaza, en el umbral de un comercio que está con las persianas bajas hace años, al costado de un hospital.

Algunos nos apiadamos de ellos y tratamos de darles una mano. Otros los miran con odio. «¡Justo tuvo que instalarse acá!», piensan los intolerantes.

Un día van más allá, y deciden convertirse en xenófobos o más, en asesinos y/o pirómanos.

Aprovechan la ausencia provisoria del pobre que duerme a la intemperie en un colchón, y con una botellita de kerosén y una caja de fósforos, se disponen a acabar con la presencia del intruso cerca de su casa. Y les prenden fuego al colchón.

El daño es irreparable. El colchón, altamente combustible, pronto acabó con  las puertas de entrada de un teatro municipal. Y también, con un centro de salud pública, ubicado en otro barrio.

El Teatro Presidente Alvear (Corrientes 1659) pertenece al Estado porteño y está cerrado «por refacciones» desde hace cuatro años. Refacciones que nunca empiezan, pese a que hay una licitación otorgada desde 2014 por más de 30 millones de pesos.

El año pasado, el Ministerio de Cultura recibió 85 millones de pesos para concretar una obra que nunca se ejecutó, denuncia el diario Página/12.

Ahora, se le suma esto, producto de la intolerancia, sumada a la desidia y el abandono.

El hecho fue muy similar en el límite entre Parque Avellaneda y Villa Lugano: el Sábado 25 de Agosto, en la puerta del CESAC 14 dormía una persona sin techo. «Alguien» aprovechó el descuido de aquel, y le prendió fuego el colchón. que a su vez, prendió fuego al centro de salud.

Los trabajadores del CESAC denuncian que «como parte de los recortes y ajustes de la ciudad, se quitaron de los centros de salud los cuidadores nocturnos».

El sindicato de médicos aporta más datos: «La construcción del CESAC era sumamente precaria, de esta manera se explica que haya ardido tan rápidamente y que la destrucción sea total, la falta de espacio, consultorios y espacios comunes, cocina, baños en condiciones era la realidad del CESAC. Todo lo cual, habilitaba distintos tipos de instalaciones precarias bajo el intento de resolver las falencias y poder trabajar».

¡Con las urgencias que tiene la zona sur en materia de salud pública… encima esto! 

Llama la atención la coincidencia entre ambas noticias, ocurridas con diferencia de horas entre sí: por un lado, la brutalidad de intentar «eliminar» a los sin techo, con el simple método del fuego.

Por otro, que ocurra en dos establecimientos públicos abandonados a su suerte por el Estado porteño.

Es una doble alegoría, muy dolorosa: de qué manera algunos procuran «terminar» con los pobres.

Y cómo el fuego es encendido desde la intolerancia, para quemar la esperanza de tener un teatro y un centro de salud de todos, y para todos.

Claudio Serrentino

Foto: Trabajadores CESAC 14