Primero pareció una humorada. Pero no. Era el mismísimo Presidente de la Nación, quien lo decía muy en serio, y públicamente:

“Hablé con el Jefe de Gobierno y le dije que es algo excepcional. Por eso acordamos que sí vamos a permitir que (en las finales de la Libertadores entre Boca y River) vaya el público visitante”.

Un recurso. Otra distracción. El gobierno de turno apela al viejo y desgastado discurso de “la imagen argentina en el mundo”, que ya agitaban los dictadores en la época del Mundial ‘78.

Como si por 90 minutos, Buenos Aires intentara parecerse a Londres, con las tribunas sin alambrados y el público ordenadito, prolijo. De primer mundo. Sin la inseguridad de todos los días, ya no en el fútbol, sino en cada rincón de la ciudad.

Una ridiculez, una barbaridad, una ilusión óptica. ¡Un Presidente no puede proponer semejante cosa!

Sobre todo, un Presidente de la Nación que antes fue Presidente de Boca Jrs.; cabe recordar que, durante su gestión al frente de la azul y oro, Bianchi y los jugadores le hicieron ganar títulos. Pero él no pudo desarticular a los barras.

Por el contrario, desde la política se convive y se negocia con los barras.

Pretender “mejorar la imagen argentina en el mundo”, es disimular a través de una maqueta, el desastre cotidiano que en realidad es el país.

Los argentinos queremos que mejore el país EN SERIO, no su imagen; una imagen antojadiza que además, suelen construir los imperios mediáticos globales, de acuerdo a sus intereses.

Si el país mejora –si hay trabajo, salud, educación, desarrollo, ¡si no hay pobres!- estaremos todos mejor.

Y si no… le sugiero al Señor Presidente que proponga que las finales se jueguen en la Play: ahí el público siempre es correcto -no hay barras- los jugadores se portan bien, no hace falta el VAR… y no se ve la miseria que convive con los estadios.

Claudio Serrentino

Imagen: Fifa 18