Tras la agresión sufrida por el micro que trasladaba a los jugadores de Boca al Monumental, ninguno de los miles de medios que transmitía en vivo y en directo, intentó comunicarse con los responsables máximos del operativo de seguridad: Martín Ocampo y Patricia Bullrich, ministros de «seguridad» de Rodríguez Larreta y Macri en Ciudad y Nación. El blindaje mediático fue evidente.

Los periodistas deportivos estuvieron durante horas, horas y horas hablando, hablando y hablando, mientras llegaba la hora del partido. Hasta que… El Gran Bonete volvió a hacer de las suyas.

Realmente, cansaron con su perorata, sus frases hechas, sus especulaciones futbolísticas. Desde hace un mes que los periodistas deportivos argentinos siguen con la misma cantinela, que se profundizó el día del partido (desde la mañana tempranito).

Muestran, además, un nivel mediocre en un género que supo tener a grandes plumas, destacables no sólo como periodistas, sino como pensadores (Dante Panzeri y Osvaldo Ardizzone, por ejemplo).

Pero el minuto a minuto los lleva al grito permanente, la chicanita exagerada al compañero… En fin: mediáticos, al fin y al cabo.

En medio de las «transmisiones especiales», la cámara siguiendo las partidas de los micros, nuevamente las especulaciones sobre la formación de los equipos… el escándalo. El papelón mundial. La vergüenza.

Son las tres de la tarde. Faltan dos horas para el partido. El micro que lleva a los jugadores de Boca al Monumental, va por avenida del Libertador, rodeado por motociclistas de la Policía de la Ciudad. En la curva de Monroe, lo esperan alrededor de 500 hinchas de River, quienes atacan al vehículo con todo lo que encuentran a mano: botellas, piedras…

Lo peor del asunto es que bordeando la calle, hay un cordón de policías con escudos, que miran al micro mientras pasa -con los escudos bajos- mientras por sobre sus cabezas, vuelan los objetos arrojados por los agresores. ¿No deberían cubrir al micro levantando sus escudos?

O mejor: ¿No deberían haber cortado el tránsito de gente por esa calle una hora antes, para que el micro de Boca pase sin problemas?

Mientras desde adentro del micro alguien grita «por favor un médico!», el chofer se desvanece, las ventanillas se hacen añicos. El caos es total.

La policía que rodea al micro con sus motocicletas sigue como si nada. ¿Y si el vehículo se detenía…? Fue el vicepresidente de Boca quien tomó el volante del micro y pudo seguir manejando.

Si el micro se quedaba allí… quién sabe cuál hubiera sido el destino de los jugadores de Boca.

Mientras tanto -insisto- la actitud de la policía fue de una pasividad total: no custodió, no protegió, no evitó agresiones. UN DESASTRE!!! La delegación de Boca llegó al estadio como pudo, ya que además había disturbios en los alrededores.

Las fuerzas de seguridad no ahorraron en gases lacrimógenos, que incluso afectaron a los jugadores, al entrar el humo por las ventanillas rotas. Ni en palos. Ni en agredir al público que tenía su entrada -que le costó sus buenos pesos- y no podía entrar a ver el partido, PORQUE CERRARON LAS PUERTAS.

UN DESASTRE!!!

Todo esto ocurría afuera, mientras adentro, los dirigentes más importantes del fútbol mundial -del presidente de la FIFA para abajo- esperaban en confortables cabinas con aire acondicionado, ver una «final del mundo», en un país que tiene grandes jugadores de fútbol, pero pésimos organizadores de espectáculos de fútbol (además de malos administradores, y otros etcéteras). Un país donde el Estado sabe reprimir, pero no ordenar.

Los mediáticos deportivos tenían que seguir rellenando. Y siguieron hablando, hablando y hablando.

Algunos, hablaron de «lo mal que está nuestra sociedad». Pregunto: los 60.000 que entraron al estadio se portaron lo más bien. ¿Por qué meterlos en la misma bolsa que esos violentos que, indudablemente, tenían un objetivo -que el partido se suspenda- y lo lograron?

Violentos que se sabe quiénes son, e incluso están protegidos por dirigentes, policía y jueces. ¿Qué tiene que ver el hincha que sólo quiere ver a su equipo, con esa organización corrupta?

Otros, hicieron bien al relacionar el operativo del día anterior en la casa del capo de la barra de River -a quien le secuestraron varios packs de entradas  y siete millones de pesos- con la «encerrona» que sufrió el micro de Boca.

Otro periodista contó que a último momento se cambió el recorrido que iba a hacer el micro de Boca, «por razones de seguridad», que terminaron siendo de «inseguridad».

Entre uno y otro episodio, necesariamente debería haber un hilo conductor: ¿quién dió la orden de cambiar el recorrido? ¿Y quién le avisó a los barras despechados, la hora y el lugar exactos por donde iba a pasar el micro de Boca?

Son muchas las preguntas que -aunque más no sea, para rellenar minutos en los medios- pudieron haberle hecho al ministro Ocampo, a la ministra Bullrich e incluso, al mismísimo jefe de Gobierno Rodríguez Larreta. Sobre el pésimo operativo de seguridad, sólo pensado para agredir al público, ni siquiera para proteger a los mismísimos protagonistas.

Sin embargo, durante las horas eternas que duró el bochorno hasta que se anunció la suspensión, y pese a que en las afueras del estadio seguían los incidentes (e incluso adentro, hubo corridas mientras reporteaban al presidente de River Donofrio), a ninguno de los canales de noticias ó deportivos, se les ocurrió comunicarse con alguno de los funcionarios responsables del operativo.

¿Impericia de la producción? ¿Incapacidad periodística? ¿O blindaje mediático?

Seguramente, Ud. podrá sacar sus propias conclusiones. Yo ya lo hice.

Y si todavía no está seguro, googlee «Larreta micro de Boca» u «Ocampo micro de Boca».

Los resultados estarán a la vista: otra vez, la culpa fue de El Gran Bonete.

Claudio Serrentino

Imagen: ESPN