EL G20 EN BUENOS AIRES. Sin gente, la seguridad funciona de maravillas

Una postal triste: Buenos Aires -el centro y alrededores- parece una ciudad fantasma, preparada para resistir la invasión de los zombies, como en The Walking Dead. Miles y miles de efectivos de seguridad -policías, militares, servicio secreto- esta vez sí van a hacer lo que corresponde: custodiar a los presidentes del mundo y sus allegados. El resto… que se arregle.

Primero fueron los JJOO de la Juventud. El gobierno porteño y el nacional, resaltaron sus virtudes en materia de seguridad, para un evento al que debieron ponerle «extras» (alumnos de muchas escuelas fueron de excursión a ver los juegos, para disimular la falta de público).

Claro, fue un éxito porque no tenía la pasión del fútbol, del River-Boca plagado de intereses y de barras, bochornoso y vergonzante, que va a terminarse jugando del otro lado del Atlántico, debido a la impericia de los mismos que se autoelogiaban antes.

Sin culpables -no hay tiempo para eso, apenas una renuncia- había que disponer todo para recibir a los mandatarios más importantes del mundo.

Y Buenos Aires se convirtió en una ciudad segura. Por un ratito. Y sólo para ellos, claro. Para los presidentes y sus comitivas. El resto «que se vaya», sugirió en un lenguaje clarísimo, la ministra de Seguridad Bullrich.

Así, con las calles sin gente -«mudaron» hasta a los indigentes-, sin transporte públicos y vastas zonas por las que no se puede siquiera pasar caminando… cualquier operativo va a ser exitoso.

El problema lo tienen quienes viven en la zona: son presos en sus propias casas. Todo sea por la seguridad de los presidentes, y por conseguir «las inversiones» que algunos periodistas aseguran que finalmente llegarán, «ya que Argentina está en la vidriera del mundo» con este evento.

Otra vez, la zanahoria delante del burro. Otra vez, sopa.

Pero ahora, con comensales de renombre, como Máxima, Donald, Vladimir y toda esa prole que por única vez va a estar tan cerquita.

A todos ellos, «huéspedes de honor», le debemos que el mundo sea un lugar cada vez más frágil.

Claudio Serrentino

Foto: Diario Crónica