En el cierre de la campaña electoral de Octubre de 1983, medio millón de personas fueron al Obelisco para vivar al candidato radical Raúl Alfonsín. Una cantidad similar de público asistió, al mismo lugar, al acto del candidato peronista Italo Luder.

Es decir: un millón de personas se habían movilizado para apoyar alguna de las dos propuestas, en un país que entonces tenía veintinueve millones. O sea: una de cada veintinueve, del total de habitantes argentinos… fue a vivar a uno u otro candidato! Sin chori, sin vino, sin militantes pagos.

La democracia renacía con fervor, con ganas de mejorar, de ver el amanecer, después de la larga pesadilla de la dictadura.

Aquello fue, realmente, un reencuentro de sobrevivientes. Volver a copar las calles -¡nuestras calles!- sin militares ni policías represores, era una maravillosa sensación de volver a respirar aire fresco.

De a poco, se le iba corriendo el velo al horror que había dejado la dictadura: cárceles clandestinas, tumbas colectivas, desaparecidos… Los argentinos constababan en carne viva, lo que el mundo había denunciado años atrás, y la dictadura (y sus medios afines) habían ocultado cuidadosamente: la eliminación sistemática de aquellos a quienes consideraba sus enemigos.

Los debates político-partidarios estaban en cada rincón de la ciudad. Los peronistas se creían ganadores, y pretendían volver al poder casi con el mismo staff que acompañó a Isabelita: de hecho, el candidato Luder había sido primer mandatario durante tres meses, por pedido de licencia de la viuda de Perón. Luder, Bittel, Herminio, Lorenzo Miguel… figuras que no convencían a una parte del electorado, que los relacionaba con el desastroso tercer gobierno de Perón/Isabel/López Rega.

Como contraparte, Raúl Alfonsín era una figura nueva para el gran público, que instaba a recuperar la democracia como forma de vida. En cada uno de sus actos, recitaba el preámbulo de la Constitución Nacional. Su propuesta no era partidaria, sino mucho más amplia. A eso, había que sumarle sus grandes capacidades como orador, y su convicción al hablar.

Luego de más de medio siglo en que los militares se dedicaron a convertirse en el partido de los poderosos -custodiando sus intereses, obviamente-, persiguiendo, encarcelando o proscribiendo a todos los que estuvieran contra sus propósitos, la sociedad argentina reclamaba un cambio.

Toda una generación de argentinos recuperaba la esperanza, repetía el preámbulo a coro con el candidato. Quería vivir en un país mejor, con valores y derechos, con tolerancia, coraje, equidad, justicia social. Y Alfonsín encarnó ese cambio.

DE CHASCOMÚS A LA ROSADA

Raúl Ricardo Alfonsín se inició en política en la década del ‘50. Se recibió de abogado en la Universidad Nacional de La Plata, y se incorporó al ala izquierda de la Unión Cívica Radical, el Movimiento de Intransigencia y Renovación. En su pueblo natal, Chascomús, fundó el diario “El Imparcial”.

En 1954 fue elegido concejal en Chascomús, y al año siguiente, el gobierno de facto autodenominado “revolución libertadora” lo encarceló.

Con 31 años, fue elegido diputado provincial; más tarde, entre 1963 y 1966, fue diputado nacional, y su figura ya era importante, porque en ese período fue vicepresidente del bloque de la UCRP (Unión Cívica Radical del Pueblo), y presidente del comité provincial de la UCRP.

La nueva interrupción de la frágil democracia, esta vez llegó con Juan Carlos Onganía. Empujado Illia de la Casa Rosada, y suspendidas las actividades político-partidarias, a Alfonsín se le ocurrió abrir el comité provincial: terminó otra vez preso.

En 1971 fundó el Movimiento de Renovación y Cambio, línea interna del radicalismo. A Alfonsín lo seducía la socialdemocracia europea. Con su prédica novedosa, amplios sectores juveniles, estudiantiles y universitarios se sumaron a sus filas.

En la vereda de enfrente estaba Ricardo Balbín, una leyenda del partido, que se había asociado con el joven dirigente Fernando De la Rúa. Ambos encarnaban el ala conservadora; Renovación y Cambio era el progresismo.

Mientras Balbín coqueteaba con Perón para intentar conformar una única fórmula presidencial, el sector alfonsinista no aprobaba esa movida. Su propuesta era un programa de izquierda socialdemócrata que proponía la reforma agraria, una nueva reforma universitaria, la democratización del sindicalismo y el establecimiento de una democracia social.

La Argentina, por entonces, padecía a los grupos armados de izquierda y de derecha. “Alfonsín rechazó expresamente la lucha armada como camino de progreso social, para ofrecer a un amplio sector de la juventud un canal pacífico de militancia de centro-izquierda”, cuenta el sitio raulalfonsin.com.

En esa línea, el 18 de diciembre de 1975 participa de la fundación de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.

Durante la larga noche de la dictadura, Alfonsín se la jugó como abogado (con los riesgos para su vida que ello implicaba): colaboró legalmente con políticos perseguidos, presentó hábeas corpus para dar con el paradero de los detenidos-desaparecidos. En sus viajes al exterior, denunció la masacre que estaban ejecutan-do los militares argentinos.

Durante la guerra de Malvinas, fue uno de los pocos personajes públicos que se opuso al conflicto bélico, reclamando incluso la renuncia del presidente de facto Galtieri, y la asunción de un gobierno de unidad nacional encabezado por Arturo Illia, que condujera hacia la democratización del país.

GRANDES LOGROS DE UN MAL GOBIERNO

Una vez asumido el poder, Alfonsín se propuso concretar en actos de gobierno aquello que había predicado durante la campaña: convencer a los argentinos que la única manera de gobernarnos, es a través del sistema democrático.

De arranque, nomás, lanzó el juicio a las Juntas, una medida ejemplar que no pudieron impulsar en otros lugares del planeta, ante similares circunstancias.

A través de un plebiscito, logró firmar la paz con el vecino Chile por el conflicto del canal de Beagle. Impulsó y logró aprobar la ley del divorcio vincular, pese a la oposición de la iglesia Católica. También, la ley de Patria Potestad Compartida. Impulsó el Plan Nacional de Alfabetización, con el que logró reducir el analfabetismo del 6,1% a 3,7%.

Entre sus fracasos, figuran la democratización de los sindicatos (por la obvia oposición del peronismo sindical, que le hizo la vida imposible), el traslado de la Capital a Viedma. Y las leyes de obediencia debida y punto final, presionado por los militares golpistas.

En lo social, el combate del analfabetismo y el reparto de las cajas PAN no fueron suficientes para contener la oposición a su gobierno, que empezaban a ser canalizadas por el renaciente peronismo renovador.

Su propio partido no estuvo a la altura del hombre que lo representaba. El radicalismo se quedó en la “chiquita”, en la de seguir repartiendo cargos e influencias, mientras el presidente intentaba reconstruir el país (de hecho, después de Alfonsín, la UCR se deshilachó, para terminar siendo furgón de cola del PRO en Cambiemos).

La economía tampoco lo acompañó, y los planes “Austral” y “Primavera” fueron veranitos, casi siempre azotados por los inviernos constantes del dólar y la inflación.

Son inolvidables sus retruques públicos, nada menos que al presidente yanqui Ronald Reagan en la mismísima Casa Blanca, y a Monseñor Medina, -vicario castrense y uno de los promotores de los “carapintadas”- en medio de una misa, en la Capilla Stella Maris. Y a los dirigentes del campo, en el mismísimo predio ferial de la Sociedad Rural en Palermo.

Alfonsín dejó varias enseñanzas: con diálogo podían resolverse -incluso- graves entuertos sin sangre, como el de Semana Santa, en el que él mismo fue a poner la cara ante los militares rebeldes. Militares que, junto a los especuladores financieros y el sindicalismo de Ubaldini, lo tuvieron durante los últimos años de su gestión contra las cuerdas.

El respeto por las instituciones, y por el que piensa distinto, también fue una gran lección de Raúl Alfonsín.

Pero su marca más profunda, fue la de convencer que “con la democracia se come, se cura, se educa”. Esa convicción prendió tanto, que nunca más pudieron volver los militares.

Sí, fue una gran frase que significó una gran deuda de su gobierno, y la de tantos otros que lo sucedieron. Más allá de la incapacidad de los dirigentes, Alfonsín concientizó que entre todos, podemos resolver las necesidades de todos, más allá de los gobiernos de turno. Ya nacerán alternativas políticas para sacar del poder a los mismos de siempre.

Mientras tanto, sus palabras vuelven a iluminar:

“La misión de los dirigentes y de los líderes, es plantear ideas y proyectos, evitando la autoreferencialidad y el personalismo; orientar y abrir caminos, generar consensos, convocar al emprendimiento colectivo, sumar inteligencias y voluntades, asumir con responsabilidad la carga de las decisiones. Sigan a ideas, no sigan a hombres, ese fue y es siempre mi mensaje a los jóvenes. Los hombres pasan, las ideas quedan y se transforman en antorchas que mantienen viva a la política democrática”.

Claudio Serrentino
Fotos: Historia Luna Park, raulalfonsin.com