Ver la fotografía de esta escena es impactante. Estar cerca de ella… es estremecedor.

Su autor es Carlos Alonso. Nació en Tunuyán, Mendoza, el 4 de Febrero de 1929. Tiene 90 años. «Según mi madre, y su memoria, ya dibujaba antes de aprender a leer y a escribir. Evidentemente lo traía conmigo sin saber. Creo que nadie sabe de dónde viene la vocación, cuando tiene esa fuerza y esa presencia ineludibles que copa nuestra persona. Es milagroso; la vocación es inexplicable e inevitable a la vez», declaró en una entrevista publicada por el Ministerio de Cultura de la Nación.

La muestra se titula “Pintura y memoria”. Y lo que se resalta en ella es CARNE. Sí, con mayúsculas. CARNE colgando en los cuadros. Señores con caras de CERDO. CARNE que hace poco fue faenada. CERDOS que compran y venden ganado. CARNE en un mostrador.

CARNE como una manera brutal de significar ciertas costumbres de los seres humanos.

Obviamente, cada uno verá en sus obras lo que sus ojos y mente le susurren al oído. Yo vi violencia.

«Yo diría que en mis cuadros la violencia está como forma de reflexión acerca de su capacidad destructora. Hay otro tipo de violencia, más estética; en mi caso apunta más a un exorcismo, a intentar borrarla. Siempre lo sentí así. Y sigue siendo indudable que después de El matadero, de La guerra del malón y del ‘proceso’, seguimos aprendiendo sobre el dolor y la muerte. Siempre vamos detrás. Son las muertes violentas las que de alguna manera producen en la sociedad la necesidad de cambios, las grandes reflexiones y rebeliones», declaró el artista al diario Página/12.

Sus dibujos ilustraron ediciones de «El matadero» de Esteban Echeverría, y «La guerra al malón» de Comandante Prado. Claro, aquellas eran ficciones. El proceso fue real.

Y si bien su obra puede ser relacionada con la última dictadura militar, también está impregnada de la violencia política que antecedió a ésta, durante los primeros años de la década del ’70.

«El ganado y lo perdido» (1975) muestra un cabaret instalado en un frigorífico. Chicas en tanga que bailan con poderosos señores, entre las reses que cuelgan. En «Los descarados», de esa misma zaga, ví a los impunes. Ésos que uno dice: «no tienen cara…». Fuerte.

La serie de 1986, «Manos anónimas», retrata con pasmosa realidad los tiempos oscuros del proceso. En el sector inferior del cuadro, un inocente niño está jugando. Arriba, entre la oscuridad, se asoma el represor/secuestrador. El terrorismo de Estado en vivo y en directo. En otro, un represor carga con una mujer semidesnuda y arrastra a otro pibe aterrado. Las escenas son de un dramatismo que asusta.

Pero también, violencia desde el poder, con «La censura» (1969). Ahí van dos amantes, cruzados como perros en celo, en una camilla. Llevados al hospital. Esa pasión no podía ser normal… Visto desde hoy, hasta parece un chiste. Entonces era todo un drama moral, condenado desde el poder.

Alonso también se dedicó a hacer comics, pero no en papel, sino en tela, como lo muestra su obra «Pequeña historia», muy a tono con la violencia de género que se combate hoy en día.

Convertido en cronista de su tiempo, hizo su propia versión de «Lección de anatomía», parafraseando a aquel famoso cuadro de Rembrandt. Pero se enfocó en el asesinato del Che Guevara.

Lo mismo hizo con «Sin pan y sin trabajo», versión sesentista de la gran pintura de Ernesto de la Cárcova.

Personalmente, lo que más me impresionó fue la escena del principio de la nota. «La obra, abandonada en el taller, fue deteriorándose poco a poco (…) La escena presentada remite a la violencia de un allanamiento por parte de las fuerzas militares», dice el escrito. Para esta muestra, fue recreada a partir de un registro fotográfico.

«Siempre pensé que la injusticia es uno de los motores que me producen necesidad de respuesta. Eso, que no pertenece al plano específico de la pintura, siempre me provocó reacciones que determinaron mi espacio y mi camino», decía el artista en aquel reportaje.

Pero la estrella es «La oreja», una tela de 1972 que ilustra a Vincent Van Gogh y una secuencia en la que la protagonista, es su oreja cortada.

Esta exhibición, curada por María Florencia Galesio y Pablo De Monte (investigadores del Museo) incluye pinturas y collages creados entre 1963 y 1989, y se organiza en dos ejes temáticos que permiten comprender cómo la reiteración de temas –la carne de res o humana, por ejemplo–, en distintas épocas de la producción de Alonso, opera como nexo para construir nuevas lecturas.

“Historia, memoria y realidad encuentran en la obra de Alonso una síntesis y una mirada crítica, potenciada por una imagen de gran expresividad que esta exposición invita a descubrir”, sintetizan Galesio y De Monte.

Entre otras distinciones, Carlos Alonso recibió el Premio Konex de Platino en dos ocasiones (1982 y 1992), y en 2012, el Premio Konex Mención Especial a la Trayectoria en Artes Visuales, por el trabajo de toda su vida. En 2018, obtuvo el Premio Nacional a la Trayectoria Artística del 107° Salón Nacional de Artes Visuales, otorgado por la Secretaría de de Cultura de la Nación.

La muestra retrospectiva de Carlos Alonso puede visitarse hasta el 14 de Julio en el Museo Nacional de Bellas Artes (Av. Del Libertador 1473).

La entrada al Museo es gratuita, pero para ingresar al sector donde se exhiben los cuadros de Alonso hay que pagar $ 100 (salvo los Martes, días en que el ingreso es gratuito).

Claudio Serrentino
Fotos: La Bocina