Una de las primeras marchas multitudinarias contra la dictadura militar instaurada en 1976, fue la que unió la cancha de Velez con el Santuario de San Cayetano. Había sido convocada por la CGT-Brasil, y se realizó el 7 de Noviembre de 1981.

La dictadura generó desolación y muerte en nuestra tierra. Persecuciones, listas negras, cárcel, desapariciones. Muchas de sus víctimas fueron trabajadores. El poder económico se disponía a depredar, amparado por las fuerzas militares.

Pero un día, en Liniers, los trabajadores volvían a aglutinarse para defenderse (es la única manera de que los débiles sean fuertes). El 7 de Noviembre de 1981, convocados por el sindicalista Saúl Ubaldini (CGT-Brasil, los “combativos”) miles de personas marcharon desde el estadio de Velez Sarsfield hasta la Iglesia de San Cayetano para reclamar por “paz, pan y trabajo”.

Varios medios ignoraron la noticia. Sin embargo, miles de personas concurrieron a la marcha y participaron de la misa en la que por primera vez se escuchó el cántico “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”.

Ese no había sido el primer enfrentamiento entre los trabajadores y los militares. El 27 de Abril de 1979, los “combativos” habían convocado al primer paro general contra la dictadura. El cerco mediático y el miedo lograron que la medida no tuviera mucha adhesión.

La huelga, por supuesto, terminó con represión y trabajadores presos. Lo cual llamó la atención de organismos internacionales, quienes se interesaron por la suerte de los detenidos. La dictadura empezaba a tener mala prensa internacional.

Estas acciones fueron verdaderos hitos de los trabajadores contra la dictadura que casi no son recordados. Siempre se habla del 30 de Marzo de 1982 -quizás, el día que un acto contra el régimen tuvo mayor visibilidad mediática- pero también hay que recordar aquellas batallas, dadas en medio de la oscuridad y contra un poder absolutista.

Ya en democracia, Saúl Ubaldini quedó en la historia como el sindicalista que le hizo 13 paros generales a Alfonsín. Pero esa es otra historia.

Claudio Serrentino

Foto: Revista Haroldo – Archivo Hasenberg-Quarett