La cara de velorio con que el presidente Macri salió al escenario, rodeado del elenco oficialista, anticipaba malas noticias. Que contrastaba notoriamente con la «barra» que entonaba el «sí, se puede» como si la fiesta estuviera por empezar.

Es que la sorpresa fue general: no había resultados oficiales, a casi cuatro horas y media de cerrado el comicio. Los periodistas de radio y TV ya no tenían con qué «rellenar» el vacío de datos.

Los movileros corrían a los empleados de la empresa Smart Matic, encargada de transmitir los datos de la elección. Pero los empleados se escondían.

Hasta que apareció Macri y dijo que habían hecho una «mala elección». Y la barra seguía entonando el «sí, se puede» como si nada. Claro, perder por cuatro o cinco puntos estaba en los planes.

Pero Vidal ya no reía. Y al lado del presidente, Pichetto sumaba -a su gesto habitual de estar oliendo mierda- uno aún más grave: parecía estar cerca de la peor cagada de su vida.

Es que ellos -los del escenario, los que gritaban, y varios de los que informaban- terminaron por creerse la que habían inventado.

El microclima «encuestas-medios amigos-mercado que ayuda-FMI que presta» les hizo sentir que estaban ganando otra vez. Supusieron que, aunque la economía fuera un desastre, simplemente había que agitar los fantasmas del pasado… y el miedo haría el resto.

No entendieron -no les importó- los datos crudos de la realidad: la inflación es mala, por eso había que bajar el consumo, para que baje la inflación. Lograron bajar hasta el consumo de los alimentos básicos… pero la inflación no bajó.

Por el contrario: fue peor que la del gobierno anterior, alcanzando niveles inflacionarios similares a los de la crisis post 2001. Desastre. Ni hablar de las devaluaciones sucesivas, producto de que «el mercado se regula solo», y mientras, desguaza cruelmente al resto de la sociedad.

El desempleo crece, al mismo ritmo que van cerrando las pymes. Ese sector, vital para la economía, está siendo desmembrado -otra vez- por las tenazas financieras de los bancos.

El gobierno de Macri repitió la única fórmula que se le ocurre a la derecha vernácula: ajuste, timba financiera, más ajuste, tarifazos.

Como se vió en períodos anteriores, no sólo no se obtienen soluciones a los problemas económicos, sino que dejan «tierra arrasada». Así fue la experiencia durante el «proceso» con Martínez de Hoz, y la etapa Menem-Cavallo-De la Rúa.

Macri es voluntarioso, cree que sólo por tener ganas, las cosas se acomodan. Y si no salen, los demás «se la tienen que aguantar», como dijo aquella vez.

Jugó todas las fichas al enfrentamiento con Cristina. Cuando ésta se corrió de la escena, no supo reencauzar su batalla, no entendió la nueva realidad, siguió repitiendo «si ganan los otros vamos a terminar como Venezuela».

Y si Cristina no hizo autocrítica… puso a Alberto Fernández, que la había criticado desde 2011. Fue una manera elegante de reconocer que algo de razón debe tener el dueño de Dylan.

El peronismo supo recomponerse electoralmente. Alberto sabe de esas cosas. Pero el desafío es mucho mayor.

No sólo hay que sacar al país de la crisis y convivir con la deuda eterna que generó el gobierno de Macri. No sólo hay que iniciar ¡ya! una batalla a fondo contra el hambre y la pobreza. No sólo hay que recomponer la industria, la producción, para lograr que haya más trabajo. No sólo hay que mejorar las condiciones en salud, educación y vivienda.

El desafío más importante del peronismo, es crecer. Primero hacia adentro: dejar definitivamente atrás el caudillismo, el fanatismo, la grieta.

Y luego convertirse en uno de los protagonistas políticos del siglo XXI: ejecutar políticas de desarrollo duraderas, para lo cual habrá que hacer acuerdos con otros partidos y sectores de la sociedad.

Sí; pudo haberlo hecho en los 12 años de los Kirchner, con todo el viento a favor del crecimiento a tasas chinas y la soja a 600 dólares.

No lo hicieron. Se quedaron con el «vamos por todo» e indirectamente, propiciaron la llegada de Macri al poder.

Para el futuro próximo, habrá que dejar de hablar de «mercados, tasa de interés, dólar»; los «mercados» que quieran «invertir» deberán hacerlo en las condiciones que imponga el país -sus habitantes- y no al revés.

Varios comunicadores sugirieron y sugieren -algunos, abiertamente- que los votantes no deben «asustar» a los mercados con su voto, lo cual es un despropósito total… ¡porque el voto del Pueblo es el soberano! Ellos vienen con su plata, hacen negocio… y se van.

Ahora, tienen otra oportunidad. Probablemente sea última chance para la generación de Alberto, Cristina, Macri, Pichetto, Lavagna.

¿Estarán los protagonistas a la altura de las circunstancias? ¿Defraudarán de nuevo?

Es el desafío de ellos. Pero nos concierne a todos.

Claudio Serrentino

Foto: Infobae