La televisión argentina tuvo su primer debate presidencial obligatorio. Que no fue tal, ya que los candidatos no podían interactuar. Chicanas, propuestas y lugares comunes.

¿Quién ganó? ¿Quién perdió? La frase no sólo se repetía por todos los medios al terminar el debate, sino durante los cortes, y aún antes: ¿Podrá el debate cambiar la voluntad de los ciudadanos? Desde lo mediático, se exacerba el triunfalismo, se busca la «primicia» de quién ganará el próximo 27 de Octubre.

Los periodistas insisten en el recurso que los llevó a cometer los errores que hoy, son históricos «memes» (como el «ganó Aníbal Fernández» de C5N en 2015); revuelven entre gestos, palabras y miradas del debate, con la intención de anticipar el resultado electoral.

Obvio que detrás está la intencionalidad editorial de cada medio, para la cual los espectadores debieron hacerse expertos.

Y más allá de los insufribles análisis posteriores, considero que el debate les vino bien a aquellos que pretenden evaluar por sí mismos a los candidatos. A los muchísimos televidentes y oyentes que quisieron ver este espectáculo de la política, que por primera vez, se hizo por ley.

Rodolfo Barili, seguramente guionado por los organizadores, hizo referencia al lugar donde se llevaba a cabo el debate -el Paraninfo de la Universidad del Litoral- como «un lugar histórico, donde se aprobó la reforma constitucional de 1994».

Reforma que sólo sirvió para que Carlos Menem tuviera su anhelada reelección, y que si bien permitió a la Ciudad ser autónoma, e incluyó muchos derechos civiles de los tratados internacionales firmados por Argentina… éstos son de improbable cumplimiento. Entonces, y ahora.

Lo de «histórico», entonces, no sería un elogio, más bien un reproche. A todo el sistema democrático.

Al igual que en el debate entre candidatos a jefe de gobierno, no se entiende para qué tanto «moderador», si no moderan nada: presentan al disertante y luego dicen «tiempo».

Increíblemente, el debate porteño tuvo ¡diez moderadores! mientras que el primero de los presidenciables, «apenas» cuatro (en total ocho, si se suman los de la segunda parte, el proximo domingo).

Dicen los que vieron tras bambalinas, que los seis candidatos estuvieron a solas en un saloncito de dos por dos, durante cinco minutos, antes de salir al escenario. Se preguntan «qué se habrán dicho». Seguramente, frases de ocasión.

Lamentablemente, la organización fue ordenada por demás, le quitó sal y pimienta, ya que no hubo cruce entre candidatos. Así se protege a los más «lentos» y se perjudica a los que saben manejar el recurso del repentismo. Que quizás no importe a la hora de gobernar, pero sí para influir en el público.

Es decir: en lugar de debate, fueron seis monólogos, interrumpidos por relojes. Estuvo bien Alberto Fernández cuando al comenzar su alocución dijo, a modo de reproche: «tengo apenas 13 minutos para contarles mi propuesta» (claro que dedicó parte de ese tiempo para señalar los errores de la actual administración).

Mauricio Macri estuvo muy lejos de aquella remontada del 2015, y del otro meme «en qué te convertiste, Daniel». Siempre a la defensiva, sin respuesta ante las palabras inflación, devaluación, dólar, deuda externa. Apeló a «seguir con el cambio».

Nicolás Del Caño pidió un minuto de silencio por los muertos en Ecuador, pero no encontró eco en los moderadores, con lo cual en su siguiente alocución se calló para que se concretara el homenaje. Pidió volver a nacionalizar la educación, y levantó su puño con el pañuelo verde.

Juan Gómez Centurión se pasaba con los tiempos y hablaba en forma monótona. Habló a favor de las dos vidas y coincidió con otros candidatos sobre defender la soberanía de Malvinas.

Roberto Lavagna lució apagado, sin dinámica. Habló de números, desmintió a Macri y resaltó el grave problema de la pobreza.

José Luis Espert fue de los más locuaces. Criticó la «falsa grieta», coincidió con Gómez Centurión sobre «el curro de los derechos humanos» y propuso arancelar la universidad pública.

Alberto Fernández no tuvo medias tintas para acusar al actual presidente por la actual situación que vive el país. Aclaró que no es dogmático, prometió convocar a un pacto social entre «la industria, el campo, los que trabajan y el Estado». Y sobre el aborto, dijo que «hay que terminar con la hipocresía».

Una experiencia para la cual los candidatos debieron prepararse, estudiar, «couchearse». Tratar de parecer -al menos- confiables y serios, entre tanta bambolla y slogans vacíos de contenido, de la campaña electoral.

Interesante experiencia, que debe perfeccionarse.

Claudio Serrentino

Foto: El Territorio