Cuando era un pibe, la época del carnaval era lo más importante de las vacaciones de verano. Lo más importante, “socialmente” hablando. Nuestra relación con los otros cambiaba, de repente se manejaban otros códigos.

El carnaval de mi infancia era extrañamente erótico. Mejor dicho: del final de mi infancia, desde los 10 a los 13 años, Porque uno trataba de mojar más, a la chica que más le gustaba. Era una curiosa pero potente manera de declararle amor, o al menos, de demostrarle interés. Primero mojarla, después -si uno era medio pícaro- protegerla de las bombitas y los baldazos de los otros.

A las otras, bueno, uno las mojaba también, no era cuestión de andar pichuleando el agua…

Eso ocurría, siempre, a la tarde, a la hora de la siesta, cuando las abuelas se iban a dormir y las madres consentían ese amable despelote.

Creo que jamás gasté tanta adrenalina: el potrero, sí, tenía lo suyo, y uno corría como un bestia durante dos, tres, cuatro horas (y acabo entender por qué le dicen “potrero”: por los potrillos…). Pero las tardes de carnaval, la expectativa de que la vecinita pasara cerca y -lo mejor- que no se avivara que la barra la estaba esperando… esa sensación es inoldable.

La fiesta era completa si los baldazos empezaban a repartirse entre parientes: siempre me resultó muy gracioso ver a los grandes divertirse como chicos. Los chicos, más que jugar, disfrutábamos al ver a nuestros mayores tirarse con agua. Había códigos, eso sí: nadie se metía con la tía solterona, por ejemplo, o con el primo venido de Barrio Norte, que siempre -aún en carnaval- usaba saco y corbata.

Pero una vez que terminaba el juego… terminaba el juego. Las madres decían: bueno, ya basta. Y todo volvía a la normalidad. Hasta la noche.

Porque las noches de los corsos de antes, cuando todo era -apenas y nada menos- que serpentina, papel picado, agua perfumada o la más moderna espuma- eran sencillamente maravillosas.

No era lo mismo la guerra de baldes y bombitas de la tarde, que la salida de la noche al corso. A los pibes nos vestían como para ir a un cumpleaños, si es que no nos disfrazaban. Y uno testeaba el ambiente, y casi nunca estaban los pibes del barrio. Eso sí: uno tomaba en cuenta a las pibas lindas que quién sabe por dónde vivirían, pero… ¡qué bonitas quedarían, bañadas en papel picado, o con espuma!

Fue la diversión más sana y linda que conocí. Pero a veces… A veces había desgracias.

Cuentan los memoriosos que en los corsos de antes (antes de los que yo viví), aparecía casi siempre un tipo disfrazado de “oso carolina” tirado en algún rincón, muerto. Es que se aprovechaban del disfraz para “meter mano” entre las mujeres, a diestra y siniestra. Y nunca faltaba algún marido/novio celoso…

Era muy gracioso ver a las murgas y comparsas, señores grandes vestidos de novias, de mujeres, de presos, con carteles picarescos… con ganas de divertirse y divertir, sin aturdir. El ingenio y la actitud eran suficientes para que todo aquello sea un verdadero espectáculo teatral-barrial. Los grandes organizaban, los más jóvenes ponían su desfachatez y frescura. Todo, para reírse, y hacer reír. Maravilloso.

En la década del ‘70, aparecieron los “machetes” primero, y los “garrotes” después (de plástico), y los corsos empezaron a ser tan violentos como el país de aquella época. Y había gente que no se divertía tanto.

Hasta que llegó la dictadura, sacó los feriados y eliminó los corsos barriales: quedó sólo el de la Avenida de Mayo, al que trataron de hacerlo parecido al de Gualeguaychú, sin suerte, por supuesto, porque la idiosincracia carnavalesca porteña es otra, totalmente distinta.

Pasaron muchísimos años, las murgas porteñas batallaron de lo lindo… Hasta que la Ciudad de Buenos Aires decidió ser pionera en restituir los feriados de carnaval. La ley 1322, promulgada el 22 de Abril de 2004, restituyó los feriados de carnaval parcialmente, ya que sólo dejaba de trabajar la administración pública porteña.

A nivel nacional, los primeros feriados por carnaval fueron en 2011.

Los carnavales nunca más fueron iguales a los de mi infancia: habré cambiado yo, habrá cambiado el país, habrá cambiado el carnaval. Pero aquellas sensaciones apenas quedan en mi memoria, y ahora, en este escrito.

Claudio Serrentino

Foto: Junta de Estudios Históricos de Villa Real