El primer número de “Mirando al Oeste” recorrió las calles de Villa Luro por primera vez, el 2 de Mayo de 1990. El “Clan Costa” iniciaba así una ininterrumpida tarea: retener el pasado , informar el presente, e imaginar el futuro del barrio.

Para quienes consideran al periodismo barrial como un género “menor”, nunca se cruzaron con un ejemplar de “Mirando…”. Su producción es envidiable: grandes reportajes, buen archivo, testimonios vecinales de primera agua, historia barrial con fundamentos sólidos. Calidad y cantidad de informacion que todos los meses se reparte gratuitamente, a través de los comercios de la zona.

Con Marcelo nos conocemos casi desde el nacimiento de su revista. Compartimos muchas horas en el Concejo Deliberante para luchar por conseguir lo que después fue la Ordenanza 52.360; en la casa/redacción de la avenida Juan B. Justo casi Lope de Vega nos reunimos alguna vez, para planificar estrategias a esos fines.

Me emociona ver a “Bocha”, como lo conoce el barrio, a través de un video. Nombre oficial: Jorge José Costa, papá del director y secretario general de la revista. Jorge “Bocha” cuenta mediante whatsapp –por el aislamiento obligatorio- que el 21 de Mayo cumplió 90 años. Y nos regala anécdotas de su infancia:

– Nací en el año ‘30 frente al arroyo Maldonado. Entonces Gaona, ahora Juan B. Justo al 9000 y Juan Agustín García. Antes era una calle toda arbolada, te estoy hablando del año ‘38, ‘39. Mi papá era gallego, nadaba en el arroyo porque era nadador, se crió en las rías de Galicia, nadaba muy bien. Cuántas veces, mientras estábamos almorzando frente al arroyo, lo venían a buscar a los gritos: ¡Costa, Costa, se cayó un pibe! Mi viejo iba corriendo, se tiraba al arroyo y lo sacaba. Cuando llovía, el arroyo se desbordaba. Con mi barra de amigos nos reuníamos en la esquina de la peluquería de Parada, en Echenagucía y Juan Agustín García. Eramos el Pata, Rulito, el Gordo, Grasita, Mercurio… En la barra también había tres Oscares: el peluquero, el jamonero y el botellero, los llamábamos así por los oficios de sus padres. Jugábamos a la pelota, a la billarda, que ya no se juega más. No había televisión, ni nada de eso, pero nos entreteníamos. Jugábamos en la calle. Después nos fuimos a Suipacha, porque mi viejo puso una sastrería allá, perdimos la casita de Gaona y nos fue mal, porque nadie compraba trajes en el pueblo. Al tiempo volvimos al barrio, a la calle Echenagucía. La llamábamos el ranchillo, al fondo había patio, gallinero, higuera.

Marcelo también cuenta cómo fue su infancia en el barrio, 30 años después que su padre:

Vivíamos en Juan B. Justo entre Lope de Vega y Virgilio, de chico veía mucha tele -”Los tres chiflados”, “La mujer biónica”, “El túnel del tiempo” me encantaban– y creo que crucé Juan B. Justo por primera vez, cuando tenía 10 años. Tenía dos amigos, Carlitos Zaied y Néstor López. Uno de ellos vivía en los fondos de la Plaza “Derechos del hombre”. Cuando teníamos 10 años, hicimos unos dibujos y escritos sobre cómo nos imaginábamos el año 2000. Lo guardamos en un cofrecito, y lo enterramos en la plaza, en Víctor Hugo e Irigoyen. Cuando llegó el 2000 lo fui a buscar, pero no lo encontré. Néstor vivía en Moliere al 900, y decía que cerca de ahí vivía María del Carmen Valenzuela, yo ni sabía quién era. En 2010 le pude hacer una entrevista, y los vecinos la siguen mencionando como que vive en Villa Luro, pero no está más por acá. Recuerdo que cuando estaban construyendo la autopista, había grandes montañas de tierra, nos íbamos para ahí y creíamos que estábamos en Córdoba, porque nunca nos habíamos ido de vacaciones. La vocación por escribir me nació a los 10, 11 años, en la escuela “Gendarmería Nacional”, donde me tocó una muy buena maestra, Mabel de Rao (después fue directora de la escuela Aguado), que fue la que nos pidió que escribamos sobre cómo nos imaginábamos el año 2000. En otro trabajo, que permitió tema libre, se me ocurrió escribir la historia de una calavera, inspirada en una que había en la escuela. A la maestra le gustó tanto, que lo hizo participar en un concurso, y ganó. ‘Vos tenés que escribir’, me decía. Pero también me gustaba mucho el dibujo, y así fue que estudié Bellas Artes.

Marcelo se había acercado al oficio de editor desde diversos trabajos en editoriales, haciendo, virtualmente, de todo. Un día, caminando por el centro, se cruzó con un graffiti que decía: “Lea La Bocina por favor”. Le llamó la atención. Cuando tiempo después arrancó con su propia revista, tomó nota que La Bocina era un medio de Floresta. Lo relacionó con aquel graffiti, “lo tomé como un llamado”, dice. Y no puedo no dejar de sentirme involucrado en el nacimiento de esta revista amiga. Cuenta:

En Villa Luro había un periódico, “El gorrión de Villa Luro”, y se me ocurrió llamar a la editora, Aída Martino, quien me dió algunas pautas y consejos. Cuando saqué el primer número, ella tuvo la amabilidad de saludarme desde las páginas de su periódico. Tuve la suerte de que se acercó Hugo Corradi, Director del Museo del Cabildo, un gran historiador de prestigio, nacido en Villa Luro, que escribió la “Guía Antigua del Oeste Porteño”. Después vino Juan José Vence, también historiador. Jorge Livorno también se sumó, era un recopilador de historias que había ganado el Odol Pregunta y con esa plata puso una zapatillería en Rivadavia y Lope de Vega. Por eso la revista se ocupaba mucho de la historia del barrio. Luego se fueron sumando otros colaboradores. Los obligué a escribir narrativa; ellos querían darme poesías, pero no era el perfil que yo pretendía para el medio. A mucha gente la motivé para que escriba, le insistí, y después hasta publicaron libros, como Clotilde Estefanía, Carlos Castrovinci. Mi viejo empezó con una sección que se llama ‘Te acordás hermano’, y ahí nace su vocación, porque a él le gustaba escribir pero casi nunca lo plasmaba en papel.

Acota “Bocha”:

– Todavía hay gente que se acuerda de las anécdotas que contaba en esa sección, que se publicó durante 15 años, me gustaría publicar un libro con esas historias. Contaba sobre la escuela, el trencito de Versalles, el arroyo Maldonado, juegos infantiles.

Por supuesto que “Mirando…” tuvo que pagar derecho de piso; gracias a “Bocha”, que por entonces tenía kiosco en César Díaz y Lope de Vega, se pudo empezar a conseguir el apoyo de los comerciantes.

– Los reportajes empezaron con personajes barriales, y luego fuimos buscando a los más famosos. El que más me gustó fue el de Alberto Castillo, que me atendió bárbaro, estuvimos más de una hora. Cuando le dije que era de la revista de Villa Luro gritó “¡mi barrio, soy de Homero y Alberdi!”. Hablaba del barrio y de Velez, contó que en una gira fue como médico del plantel. Me recibió en bata, y le pedí sacarle una foto. “Sacame, ¿trajiste la cámara?”. Sí, pero en bata Alberto… El asunto es que Castillo fue, se cambió, y me pidió que le saque “de la panza para arriba”. Logré reportear a tantos porque siempre fui un desfachatado; me asusté un poco con Sábato, pero tuve mucha paciencia, me preparaba para las entrevistas. Dolina me tuvo dando vueltas cinco años hasta que pude hacerle el reportaje en el Tortoni. A Capusotto se lo hice en la época de “Todo por 2 pesos”, me atendió bárbaro, muy del barrio, con la mejor onda. A Guinzburg no llegué… Todavía tengo guardado los mails que me contestó, diciendo que estaba enfermo. Con Leonardo Favio estuve cerca, habia vivido en Morón y Corro, me pasaron el dato los de la YPF que está a una cuadra. Era muy amigo de Miguelito Fontés, el enano más viejo del país. Hablé bastante por teléfono con Favio, hasta me había autorizado a publicar cosas de su libro.

Para cerrar, Marcelo habla del futuro de “Mirando Al Oeste”.

– El futuro… en este momento tan difícil que se nos hace, pagando costos altísimos y con comercios que están muy golpeados… Estamos buscando renacer en nuestros proyectos. Yo sigo apostando al papel, la gente lo busca, me llaman para preguntarme cuándo sale la revista, y no hablo de los que me conocen, sino de gente que es lectora. Porque somos del viejo periodismo barrial, el que reparte las revistas con los bolsos cargados, recorriendo comercio por comercio. Porque nuestra esencia está en los vecinos que van a buscar las revistas todos los meses, ése es el encanto que tiene la publicación barrial. Es gratis para el vecino, que en estos momentos es importantísimo. Además, es un producto hecho por gente del barrio, que amamos este lugar, lo hacemos con pasión, y luchamos para entregar un buen producto.

Simplemente, resta agregar un emocionado ¡Feliz Cumpleaños! para la revista hermana de Villa Luro (cuando termine la pandemia, esperamos estamos dispuestos a aceptar la invitación a un asado… jaja!).

Abrazos y felicitaciones para todo el clan Costa.

Claudio Serrentino

Imagen: Tapa del N.º 1 de “Mirando al Oeste”