Como en las largas noches de vigilia, los argentinos ya ni sabemos sobre qué discutimos.

Pero discutimos.

Que se abren las actividades justo cuando la curva sube, que los casos crecen y pareciera que a nadie le importa, que el gobierno se aferra a la cuarentena porque no tiene plan, que la oposición chicanea porque no supo gobernar, que los anticuarentena dicen que el virus no existe, que se colapsan las camas de terapia intensiva, que la inseguridad no cede.

Que las cabezas no dan para más.

La cuestión nos supera, el problema no es sólo nuestro. Pueblos y gobernantes, de aquí y de todo el mundo, se van agotando lentamente, como en esas largas noches en las que los ojos se van cerrando, sencillamente, porque el cerebro se olvida de la voluntad de querer estar despiertos.

Hace rato que el enemigo declaró la guerra, aunque es micrométrico y ni siquiera sabe cómo se pronuncian las palabras. El bicho puso en jaque a toda la humanidad, y no hay lugar donde se esté a salvo, ni persona que tenga la seguridad de estar eximida de toda amenaza.

Ricos, pobres, primeros ministros, presidentes. En el mismo lodo, todos manoseaos. Los más carenciados, como siempre, son los que la pasan peor. Boris dejó de sobreactuar luego de ser atacado por el bicho. Aunque Jair sigue con sus bravuconadas.

La vigilia es interminable. Entre sueños mal dormidos y a deshoras, el momento se parece al limbo, o a una sala de espera -ese sería el castigo: esperar- hasta que alguna deidad defina el próximo destino.

La estadía en el limbo no es gratuita, se van contagiando los unos a los otros, algunos seres queridos no resisten. Ni siquiera se puede llorar a los cuerpos inertes. La emergencia arrasa con todo; la actividad se cae, la economía implosiona, los empleos se pierden, se hacen trizas muchísimos emprendimientos que sostenían a muchísimas familias de aquí, de allá, de todo el mundo.

La pobreza y la miseria son pandemias invisibles, permanentes. Pero ningún laboratorio ni gobierno parece interesarse en conseguir las vacunas.

En los países se busca recuperar a las viejas rutinas. Hacen de cuenta que ya es hora de resetear, le ponen pilas, arman protocolos. Pero los casos vuelven a multiplicarse. Y los temores no dejan de acosar a los seres humanos.

En Europa es verano, y pese a que el problema es global, hay turistas que siguen viajando. Los jóvenes españoles buscan recuperar el tiempo y los botellones perdidos. Como si nada ocurriera. Lo mismo en la Recoleta, Moreno o Necochea.

Los de la tele no paran de hablar. Mañana, tarde y noche, en continuado. Y si te lo perdiste, cuando te ataca el insomnio.. ¡te lo repiten en trasnoche! Comen cabezas con voracidad, destruyen espíritus, suman pánico, provocan depresiones a granel. Nadie los pone en caja.

Hay que cortar el cable. Y sacar internet, también. En esta era de la hiper comunicación, sólo los desenchufados están bien informados.

Andamos como sonámbulos, deambulando a cualquier hora, por cualquier lado imaginario; somos conscientes que las cuatro paredes de siempre, aumentan la opresión y el cansancio.

Las pantallas hartaron, las conversaciones por zoom no reemplazan ni en lo más mínimo a las reuniones de personas (mi abuela diría “engaña pichanga”).

Los emoticones no muestran -nunca lo lograrán- lo que un gesto o una mirada.

El desgaste de tantos meses de incertidumbre nos va convirtiendo en semi zombies, pero con jogging y en pantuflas.

A ellos, los que están en el frente de batalla, munidos de trajes especiales, escafandras y super barbijos, los acosa el desgaste. Los trabajadores de la salud sufren, se cansan, luchan por no aturdirse con el caos sanitario que cotidianamente ocurre frente a sus ojos.

Afuera, lejos de las salas de terapia intensiva, se sigue discutiendo, discutiendo y discutiendo. Sin siquiera saber por qué, pero se discute, se bardea, se pelea. Como en esas largas noches de vigilia, en las que el sueño hace perder la noción del tiempo.

Pero esto alguna vez terminará. Porque hay un espíritu solidario que pelea desde la resistencia, que quiere vencer a las adversidades.

Por la voluntad inquebrantable del personal sanitario, por los que se preocupan por los demás, por los que cocinan para otros que ni siquiera conocen, por los que juntan y reparten ropa entre quienes lo necesitan, por los que donan su tiempo en todo aquello que signifique aliviar carencias…

En esa vocación de cuidarnos entre todos, está nuestra salvación, nuestro futuro. Quizás, sea la única razón contundente para que esta especie sobreviva: la solidaridad.

La trasnoche insomne alguna vez se acabará; y allá, en el horizonte, la humanidad sobreviviente verá asomarse un sol con ganas de brillar, que proponga un amanecer esplendoroso, preanuncio de un día nuevo, mejor, sano. O al menos, sin barbijos.

Claudio Serrentino

Ilustración: Steve Cutts