Entre las consignas del presidente Fernández, y las acusaciones del jefe de gobierno Larreta, se cuela el país de la improvisación. Ambos son símbolos del fracaso de los partidos políticos -que pese a turnarse en el poder- no supieron convertir a la democracia, en un sistema político que brinde desarrollo y progreso.

Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta son la síntesis de los últimos 37 años de gobiernos democráticos en la Argentina. Los dos actúan en forma similar, lo cual ya no es siquiera una semejanza, sino un “modus operandi” al que se aferra todo el sistema partidario argentino.

Cuando empezó la cuarentena, parecía haber más coincidencias que diferencias entre el presidente y el jefe de gobierno. De hecho, Horacio siempre aparecía a la diestra de Alberto en cada anuncio oficial sobre el aislamiento.

Pero claro, ocurrió lo que ocurrió: Alberto le metió la mano en el bolsillo a Horacio. Y ambos sectores vuelven a enfrentarse con balas de fogueo.

El episodio sirvió, por un lado, para acallar la protesta de la Policía Bonaerense, ese monstruo al que nadie se le atreve. Los sueldos de los efectivos son de misería, sí; como lo fueron en los ’90 –época de la “maldita policía”- o en 2010. En las últimas décadas, los gobiernos bonaerenses fueron mayormente peronistas. Nunca pudieron controlar al monstruo; tampoco esta vez, ni siquiera con un duro como Sergio Berni en Seguridad.

De este lado de la General Paz, Larreta aprovechó el manotazo de Alberto para lanzarse como “presidenciable”.

Estas y otras cuestiones, desde 1983 a la fecha, se siguen resolviendo con el “minuto a minuto”. La política demostró su ineptitud a la hora de planificar. Una falla que afecta transversalmente a todo el arco partidario.

¿La Bonaerense es un problema? ¿No deberían sentarse TODOS los sectores –policías, funcionarios, vecinos, especialistas, etc.- y encarar una solución definitiva?

¿La coparticipación no es equitativa? ¿No deberían sentarse TODOS los sectores, evaluar profundamente la cuestión, y disponer una distribución que deje conformes a todos?

Estos son, apenas, dos temas, los “top” de estos días. Pero el mismo esquema de improvisación, de manotazos de ahogado, de “atarlo con alambre” surge ante cualquier otra problemática.

La dirigencia política que manejó el país durante estos casi 40 años, no supo solucionar cuestiones básicas, que hacen al desarrollo y al progreso de TODOS los argentinos.

La estabilidad democrática no logró corregir, en pleno siglo XXI, que siga habiendo millones de personas que no tienen acceso al agua potable, por ejemplo.

¿Eso es culpa del oficialismo? ¿De la oposición? Eso es culpa de TODOS, porque nunca pudieron sentarse a planificar un país a largo plazo. Un país mejor, inclusivo EN SERIO.

Sobran las palabras que dicen, y que luego ellos mismos contradicen.

Alberto habla de un verdadero federalismo, como si él fuera un recién llegado a la política. Pero el actual presidente fue funcionario de Alfonsín, Menem y Duhalde, jefe de gabinete de Kirchner, jefe de campaña de Massa, diputado nacional… Si en los últimos 20 años no hubo federalismo, parte de la responsabilidad es suya, y de los sectores políticos que integró e integra.

Larreta asegura que siempre eligió el camino del diálogo, justamente lo contrario que hizo como jefe de gabinete de Macri primero, y como jefe de gobierno desde hace 5 años. En la Ciudad, no hay diálogo, ni consenso, sólo decisiones unilaterales que toma el Ejecutivo, sin hablar con vecinos ni organizaciones vecinales (sólo “participa” su grupo de aplaudidores). En la Legislatura es similar: el partido gobernante se aferra a la “mayoría automática”.

Un país mejor -que es lo que prometen, simultáneamente, Alberto y Horacio- es aquel en el que TODOS los sectores sean consultados y se sientan incluídos. No sólo gobernadores e intendentes “del palo”, sino TODOS.

Es lo que debieron haber empezado hace 37 años. Que unos y otros lo sigan prometiendo y anunciando, es iniciar otra carrera electoral. Algo que a estas alturas, es banal, cansador, no aporta soluciones, sólo más balazos de fogueo.

Claudio Serrentino

Foto: Télam