Baires. Junio 30 de 2016. Muestra Conmemorativa del 25 de Mayo de 1810, en el Museo Cornelio Saavedra.
Foto Estrella Herrera-gv/GCBA.-
Todo hombre es un coleccionista, y al término de su vida dejará sus muchas o pocas cosas en otras manos; quizá, libros, algún escrito, fotos, grabaciones, en fin, eso ocurre y no podemos ser sin esas cosas. Es verdad, también, que algunos persiguen ese propósito voluntariamente y, por ejemplo, legan una colección. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué buscan con eso? Preguntas que sólo ellos pueden contestar.
 
Reunir objetos de valor dice un misterioso anhelo de posesión que roza lo infantil, el niño que junta en un baúl juguetes, libros, talismanes. En todo caso, y dejando de lado el aspecto especulador de muchos, sospechamos que detrás de un coleccionista se oculta un hombre sensible, alguien que decide cuidar un tesoro o una memoria y que, llegado el momento, abre la mano y lo cede a otros.
 
Habría algo de esto en ese hombre llamado Ricardo Zemborain, que devino uno de los mayores coleccionistas de nuestro medio, un filántropo gracias al cual hoy existe el Museo Saavedra.

Nace en Buenos Aires, en 1872, hijo de una familia antigua y que un día comprende esa vocación adquiriendo piezas de valor de la colección de Andrés Lamas, vinculado al dueño de una casa destinada a ser, con el tiempo, la sede definitiva de esa misma colección. Cruces de una trama feliz para la memoria de nuestra cultura y que empieza a gestarse cuando decide legar ese patrimonio antes de su fallecimiento en 1912.

 
El proyecto se pone en marcha un 6 de octubre de 1921, actualmente, Día de los Museos de la Ciudad. Por un lado, entonces, este primer Museo Municipal, sus actividades, sus locales en el centro de la ciudad; por otro, la historia de una familia y una casa relacionada con esa colección en un barrio periférico.

La errancia del museo decide el proyecto de destinar un local definitivo, una sede, y la tendrá bajo el nombre del presidente de la Primera Junta, es decir, Cornelio Saavedra, tío de Luis María, dueño de esa casa, casco de su chacra de cuatrocientas hectáreas. ¿Una chacra? Sí, una chacra con hacienda, animales de corral y de pedigree, caballos de pura sangre y percherones de tiro para los coches de su servicio de pompas fúnebres, ubicado cerca de la iglesia de la Piedad.

En 1870 se empieza a construir la casa, notable casona de estilo neo-renacentista de catorce habitaciones y un jardín con fuente, palmeras, eucaliptos, plátanos y muchas de las especies que aún sobreviven en el actual Parque José María Paz que rodea al museo, arcano testigo de los así llamados campos porteños.

 
De la casa y la chacra hay fotografías que autorizan esta expresión, a pocos años de las aventuras referidas por Leopoldo Marechal en su novela «Adán Buenosayres», esas andanzas iniciáticas junto a sus compañeros martinfierristas, las tertulias en esa otra casa de los Lange y los misteriosos ombúes que aún hoy disimulan sus entradas y sus mundos.

Y viene al caso recordar, además, que en 1913 el Parque Saavedra será enaltecido con torreones, puentes levadizos sobre el arroyo Medrano, un molino holandés y un lago, de cuyo registro da cuenta el libro de uno de sus vecinos: Edmundo Rivero que, niño, conoció la emoción del mágico solar.

 
En fin, un barrio que crece en el suburbio y, poco a poco, se irá integrando al plano de la ciudad pujante, aunque conservando su vocación de llanura que mira al campo desde la copa de sus árboles, sus pájaros y su historia. Por ahí también se prodigaron los sueños del héroe de Bioy Casares y de otros escritores y artistas –como Spilimbergo, por ejemplo-, que habitaron este rincón de la ciudad con un barrio popular que, en sus calles, hoy los nombra con orgullo.

Luis María Saavedra, padre de una numerosa familia, fallece en 1900, y la casa, años después de la muerte de su esposa, queda sujeta a expropiación. Aquí se aceleran los tiempos de ese ajuste de museo, colección, barrio y casa tras un designio común: la sede definitiva.

 
A tal fin, se decide modificar la propiedad respetando su planta original pero cambiando el estilo. Se utilizará material de demolición para las aberturas, las rejas –algunas históricas-, las tejas musleras, los azulejos Pas de Calais; las columnas corintias simplificarán su dibujo, las balaustradas darán lugar a las tejas y las líneas de la fachada adoptaran las formas sencillas de la arquitectura neocolonial. El patio de la glicina, de callada frescura, seguirá en pie confortando con sombra provinciana la tarea de los empleados, las visitas y las muchas escuelas.

El museo abre, entonces, sus puertas en 1942, y con el correr del tiempo añadirá las ampliaciones requeridas por diversas e importantes donaciones. Se pone en valor la antigua casa de té -apartada de las salas, aunque de idéntico estilo- que desde los sesenta fue también lugar de muestras hasta que la separación de una reserva, permitió destinarla sólo a oficinas con su entrada de rejas, patio y aljibe compartida con la Biblioteca Municipal homónima.

Emplazado en los bordes de la ciudad, su patrimonio abarca un período rico de nuestra historia, la del siglo XIX, sobre todo. La historia, no obstante, atiende los asuntos del presente aunque su materia sean hechos u objetos del pasado, y la posibilidad que brinda la colección es pensar el arraigo y lo propio. Hoy más que nunca la deriva técnica de la época nos invade con sus méritos, pero también con sus peligros.

 
La casa común es la Tierra, la región, el país, la ciudad, el barrio, nuestras propias casas, y uno de esos peligros es la uniformidad, capaz de esparcir olvido e indiferencia. La memoria de un museo es el centinela de la casa. ¡Cuántas exposiciones, actos, cursos, conferencias, escuelas, se fueron sucediendo a lo largo del tiempo! Y todo gracias al aporte de cada Dirección, de los técnicos restauradores, los investigadores, la extensión cultural y la prensa, la incansable labor de los guías, la docencia, la biblioteca, el mantenimiento de cada día y la atenta administración.

Que sea esta memoria suelta de datos y nombres -pero que incluye y respeta a todos-, el comienzo de una víspera que, aún signada por una pandemia, permita la justa conmemoración de un siglo de museo, el museo histórico de la ciudad, el Museo Saavedra, nacido del generoso aporte de un coleccionista, las sucesivas e invalorables donaciones y el trabajo de muchos hombres y mujeres que lo hicieron posible a lo largo de estos noventa y nueve años como una contribución a nuestra historia y nuestra cultura.
 

Extensión Educativa Museo Histórico Saavedra
Foto: Prensa GCABA