Si se recorre las tapas de los diarios de 1985, 1990, 2002, 2013, 2018, o la de ayer, encontrará que una noticia está siempre vigente: el precio del dólar.

Sube el dólar, suben los precios, caen los ministros de Economía y hasta presidentes. El dólar sigue subiendo, las relaciones comerciales se van quebrando, los gobiernos se van debilitando.

El mecanismo, indudablemente, es eficaz. Bien se puede afirmar que quienes tienen los dólares, tienen “la sartén por el mango… y el mango, también”, como cantaba María Elena Walsh.

Claro, hay algunos detalles que revisar: cuando la cosa les va bien a estos pocos vivillos, todo el resto la pasa mal.

Y hace casi cuarenta años (cuarenta años!) que nadie le encuentra la vuelta. Un solo gobierno, el de Néstor Kirchner, pudo navegar por aguas relativamente tranquilas. Durante esa época, ni el dólar ni la inflación fueron una preocupación para los argentinos.

Al resto le hicieron la vida imposible, empezando por Raúl Alfonsín (1989 fue un auténtico calvario) y los dos primeros años de Menem. Luego, el riojano montó la ilusión de la convertibilidad (lo que no evitó que hubiera inflación… en dólares). De la Rúa vivió acosado por la falta de U$S, hasta que la caja quedó vacía y todo explotó por los aires (él y Cavallo incluídos). Duhalde sobrevivió porque no quedaba otra. Cristina y Kicillof inventaron el cepo, Macri lo levantó prometiendo que “se pueden comprar hasta 2 millones de dólares por día” (!!!). Tres años y varias devaluaciones después, lo volvió a implantar.

Casi todos los intentos por convencer a los argentinos de que “hay que ahorrar en pesos” (frase del actual presidente Alberto que puede ser usada en su contra) fueron a parar al retrete.

Los “mercados” -nombre genérico de los que tienen la sartén por el mango- amplifican sus intereses y le dan una falsa tonalidad de “necesidad pública” a sus mezquindades privadísimas, a través de los medios que les responden.

Los poderosos ya no necesitan ejércitos para dominar: lo hacen a través del dinero.

Parafraseando a Alfonsín, la democracia argentina no supo, no quiso o no pudo controlar a los poderosos. O sea, a los que tienen la sartén/dólares.

¿Fallan los políticos, fallan los economistas, fallan los ahorristas? ¿Es un problema cultural, como afirman los –cada vez más- insoportables panelistas de la TV?

A esta altura del partido, harto de los falsos profetas y siempre del lado de los solidarios, intuyo que todo es un gran montaje.

Que algunos políticos y los dueños de la sartén son socios.

Que para todos ellos, Argentina es una gran plataforma para producir plata, mucha plata, y sacarla fácil, muy fácil.

Que unos y otros conocen el mecanismo, y se turnan para liquidar dividendos.

Así, la democracia es, apenas, una formalidad, un gran negocio para un grupo de elegidos: algunos por herencia y apellido; otros, gracias a las urnas.

Okey, no generalicemos. Los malos políticos que lo hacen, no sólo traicionan a sus votantes. También limitan y ensucian a los otros, a aquellos que quieren realmente transformar el país.

El sueño de progreso que teníamos los ciudadanos en 1983, se convirtió en esta pesadilla: deuda externa gigante que anula la independencia económica, niega la soberanía política, e impide el acceso a la justicia social.

O sea: borraron la esencia misma del peronismo, en nombre del peronismo.

Claudio Serrentino

Foto: Télam