Los hechos protagonizados en los últimos días por Carolina Píparo y Victoria Donda, muestran cómo la casta política se supone impune.

Ya lo dijo Discépolo: «en el mismo lodo, todos manoseaos». Y así está nuestra casta política, embarrada hasta la nariz, pero convenientemente alejada de los ciudadanos a los que usan, con el pretexto de «representar».

Sí. Creo en la democracia, creo en las instituciones, creo en la política y creo en la justicia. Pero a los políticos, no les creo.

Entonces, cuando ocurre un hecho como el de Carolina Píparo, me pongo inmediatamente del lado de los anónimos, que seguramente, llevarán las de perder, ya que no tienen influencias/amigotes que les salven las papas.

Me indigno al enterarme que el auto en el que viajaba la diputada atropelló a un motociclista, y arrastró la moto durante más de tres cuadras, sin detenerse nunca… y más me indigno cuando me entero que Píparo ocupa el cargo de Secretaria de Asistencia a las Víctimas y Políticas de Género en el Municipio de La Plata…

Lo mismo, pero a la inversa, ocurrió con Victoria Donda y su empleada doméstica. En lugar de garpar de su bolsillo lo que le corresponde por ley… ¡le ofreció un puesto en el INADI, que ella dirige! La indemnización que debía pagar Vicky, la termina pagando el país.

Acá también: ante la duda, me pongo del lado de la laburante, porque luego de la trascendencia mediática -que seguramente tendrá, y mucha- la pobre mujer quedará a merced de los «amigos» de la funcionaria.

Es que la casta política se supone impune, autosuficiente: un par de llamadas y listo. Esa es la sensación que me dió Carolina cuando escuché sus llamados al 911. Lo mismo me ocurrió con las propuestas de Victoria a su empleada.

Por supuesto, enseguida salieron de uno y otro lado del mostrador a darle con un palo, o a denunciar «campañas políticas de desprestigio» contra la/s funcionaria/s, según sea la camiseta partidaria del portador del palo.

Lo peor: tanto Donda como Píparo cargan historias dolorosas en sus espaldas, pero parecen no haber aprendido de esas penosas experiencias. Actúan como cualquier político común y corriente, cerca de «amigos» y «contactos» que brindan «protección».

Años ocupando cargos, compitiendo electoralmente con suerte diversa, sumergidos en el barro del toma y daca, vendiendo consignas vacías de contenido, gritando contra los adversarios cuando meten la mano en la lata, pero callando convenientemente cuando el que se la llevó es de los propios…

Estas décadas de democracia demostraron que muy pocos son los que tienen valores (que no sean efectivo, cheques, etc.): ética, solidaridad, predicar con el ejemplo, sensibilidad social, recato, pudor.

A ésos: ¿No les da verguenza vivir rodeados de confort, en un país con tantos pobres?

¿No les da verguenza que después de casi cuatro décadas, sigamos en el fondo del pozo, «gracias» a ellos, que deberían haberse ocupado de mejorar la calidad de vida de la población?

Es que lo único que no tienen, es verguenza… 

La Argentina ya parió a varias generaciones de esta casta, que lo único que hace es ocupar cargos para engordar sus respectivos patrimonios personales, sin siquiera preocuparse por los que dicen representar.

Píparo y Donda demostraron, con sus actitudes, que son los ejemplos más recientes. No los únicos ni los últimos, lamentablemente.

Entonces, en la próxima elección, no votaré según los slogans, o las supuestas «propuestas» que se desvanecen al día siguiente de asumir (¡está chequeadísimo!).

Voy a votar por el que viva como nosotros: que alquile, que viva en un barrio medio pelo, que mande a sus hijos a escuela pública, que se atienda en la salita del barrio, que cobre el salario de un maestro, que vaya al super y que salga a barrer la vereda.

En suma: que esté de este lado. De los nadies.

Claudio Serrentino

Foto montaje: La Bocina