MARIO ABEL AMAYA. «Su convicción era la democracia, no la violencia»

El legislador porteño Sergio Abrevaya presentó el proyecto para declarar de interés cultural el libro “Mario Abel Amaya – de Tosco a Alfonsín”, que fue aprobado en el recinto legislativo. Hoy en el GEN, Abrevaya recuerda lo que significó para los radicales la figura del chubutense Amaya, revive anécdotas y espera un revisionismo sobre los ‘70.

Dice el legislador Abrevaya:

Más allá de los datos de la historia, Amaya fue un hombre de muy firmes convicciones  democráticas. Cuando uno dice democráticas parece hablar de algo inasible, pero en aquel momento, te privaban de la libertad; entonces, Amaya, como abogado, iba y te defendía, y terminaba preso Amaya por defenderte. Su convicción en la defensa de la libertad era muy grande. ¿Y por qué la englobo en democrática? Porque además, su convicción acerca de que es la democracia, y no la violencia, la que resuelve los problemas en Argentina, era tan fuerte…El no compartía la militancia de los ’70, que se había volcado a la violencia, pero defendió a muchísimos de ellos para que recuperen la libertad. Esto significa que, más allá de compartir creencias ideológicas o políticas, su defensa de la libertad era irrestricta. Es difícil ser democrático, aceptar que el otro piensa distinto. En el caso de él era mucho más difícil, porque no sólo lo aceptaba, sino que además lo defendía. Así que defendió a muchísimos cuadros políticos de todas las tendencias: Santucho, Ongaro, Tosco, que contaron con su amistad y lo mejor de su profesión. Después, gracias a ese trabajo que fue haciendo, diputado nacional por Chubut. Porque logra en la interna radical, una interna muy difícil, imponerse sosteniendo la candidatura de Alfonsín, ganándole a Balbín, que era el más importante. Alfonsín era un joven radical que trataba de cambiar las cosas. Alfonsín perdió en casi todas las provincias argentinas, en Chubut no, y eso fue gracias a varias cuestiones. Una es a los Amaya, que defendían presos. Ahí estaba la cárcel de Rawson, entonces se había hecho todo una ola de abogados que amaba la profesión y la defensa de la libertad y sin cobrar un mango, iban y defendían. Y entonces esa fama le permitió ganar la interna, y luego fue elegido diputado nacional.

No sé si hay algún otro caso en la historia reciente, de defender a gente que piensa distinto. Es casi inimaginable, lamentablemente.

Sí, hemos perdido la noción de lo que significa verdaderamente lo democrático y la importancia del otro y la libertad, que la libertad cuando defendés la tuya tenés que defender también la del otro porque tiene el mismo valor y ambas construye la posibilidad de que vos la siga gozando. Si el otro no es libre, en algún momento te puede tocar a vos también, entonces tenés que defender la del otro. Eso es el estado de derecho, el sistema democrático. Las reglas garantizan que todos podamos ser libres y opinar lo que queremos. Muchos abogados defensores de derechos humanos surgieron en aquella época: Chiche López, Solari Yrigoyen, Álvarez Guerrero, que fue gobernador de Río Negro… Venían de luchas muy fuertes en defensa de la democracia. Los que sobrevivieron fueron premiados por Alfonsín y reivindicados como un ejemplo, como diciendo: esta es la militancia en la que creo y valoro.

¿Qué fue lo que más te llamó la atención del libro de Rosemberg?

Hay una confirmación de anécdotas que escuché cuando empecé a militar en el radicalismo. Una muy curiosa es por qué Alfonsín lo hace primer diputado nacional del radicalismo en la capital -en ese momento no éramos Ciudad Autónoma- a Liborio Pupillo. El segundo diputado nacional se llamaba Carlos González Pastor, un abogado que había presentado muchísimo pedidos de hábeas corpus. Entonces, por qué Liborio Pupillo era el primero. Liborio Pupillo era un puntero radical que tenía una cochería en Mataderos. Siempre se habla mal de los punteros, pero Liborio Pupillo fue el que se animó no sólo enterrar a Mario Abel Amaya, sino que viajó en el avión… A finales del ‘76 era terrible eso. De hecho balearon la cochería. Liborio fue y viajó a enterrarlo, acompañando a Alfonsín a Trelew. Muchísimos radicales, ésto lo cuenta Rosenberg. se negaron a asistir al velorio y luego al entierro porque bueno, como que tampoco estaban muy de acuerdo con cosas que decían que podía decir Amaya, que además no eran ciertas. Bueno, él se sobrepuso a eso y se ocupó en ese momento tan difícil, porque hacías eso y la dictadura te boleteaba a vos también. El libro te pinta otra parte de la historia, no del lado de la épica violenta, que no terminó siendo evaluada por la historia, porque después vino la dictadura y por supuesto, como no creemos en la teoría de los demonios, creemos que el peor, el único, fue el de la dictadura. No logramos juzgar lo que fueron esos años, en donde la violencia era contra el gobierno constitucional de Perón. Y eso merecerá una evaluación política algún día: cuando terminemos de juzgar al último militar, tenemos que evaluar lo que pasó, y hacernos cargo de esa época.

Entrevista: Claudio Serrentino

Foto: Diego Gatica

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