El ocaso de la grieta (2)

Ella soñó para sí un destino en el panteón de los máximos ídolos populares, y así se maneja, casi como una “stone”: provoca aullidos de admiración entre sus fans, le piden selfies. Sus miles de seguidores confiesan su idolatría sin pudor, compran sus libros.

Lamentablemente, no es una stone (con su personalidad, histrionismo e inteligencia, le hubiera hecho sombra al mismísimo Jagger), sino una dirigente política. La más importante de estos tiempos.
Pero no ha parado de pifiarla desde aquel histórico triunfo electoral del 52%. En 2013 perdió, pero no le alcanzó: en 2015 boludeó hasta la exasperación a su propio candidato y por supuesto, perdió. Por poquito, pero perdió.

El operativo “clamor” sólo se dió entre sus fans: ella, atinadamente, entendió que intentar volver al primer lugar, era un escollo. Armó la coalición y lo ungió a Alberto. Pero en lugar de elaborar un plan, se limitaron a repartirse cargos.

El trabajo sucio se lo dejaron a Guzmán: renegociar la deuda impagable que había dejado Macri. El asunto es que Alberto empezó a quedarse dormido muy temprano; ella tenía que despertarlo, y no se le ocurrió mejor cosa que hacerlo públicamente, con lo cual fue “limando” a su propio gobierno. Ya antes le hacía desplantes, le ponía mala cara en los actos públicos, se arreglaba el pelo mientras hablaba el Presidente. Así, siguió restando y restando capital electoral (con lo que cuesta mantenerlo).

Elegir un lugar cómodo, un palco preferencial desde el cual limitarse a mirar, retacear aplausos, y quejarse a los gritos cuando la obra no gusta, tiene su costo. Y casi ningún beneficio, vistos los resultados.

Alberto no fue un títere de Cristina, quedó claro. Pero después de tantos nombres que se barajaron, también quedó claro que nadie del kirchnerismo quiere – o puede – agarrar la papa caliente, y convertirla en puré.

Porque la recurrencia de Cristina por elegir entre sus aliados, a quienes se hagan cargo, puede significar dos cosas: que no quiere “quemar” a los propios con vistas a 2023, o que… no haya propios con la capacidad suficiente, como para hacerse cargo de esta situación crítica.

Por estas horas, todas las fichas están apostadas por Massa. Y eso juega el futuro de todos, a una sola carta: si a Massa le va bien, el kirchnerismo será otra vez segundón en una hipotética fórmula presidencial. Si a Massa le va mal, toda la coalición quedará sumida en el fracaso.

En cualquiera de los dos casos, la suerte de Cristina está echada. El sector de la grieta que asegura representar a los humildes, y dice trabajar por los que menos tienen, no supo protagonizar, destacarse en el gobierno, y encarrilar el país en la dirección prometida.

Sentir el fervor de la gente cuanto ésta te cree su Mick Jagger, debe ser lindo. Pero otra cosa muy distinta, es encabezar un proyecto partidario, dirigirlo en el sentido correcto, negociar, agachar la cabeza cuando es necesario. Creerse una rock star no aporta nada, ni siquiera un poco de glamour.

Porque para gobernar, se necesitan más que lindas consignas: hay que tener convicciones que se plasmen en proyectos, y luego en concreciones. Hacen falta palabras que se conviertan en acciones que cumplan con el objetivo final. Y para eso es necesario entrega, compromiso, capacidad de gestión, y mucha inteligencia.

¿Mejor que prometer, es realizar? Tan simple y complejo como eso.

Claudio Serrentino

 

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