Boca-River, y el país de la Play

Primero pareció una humorada. Pero no. Era el mismísimo Presidente de la Nación, quien lo decía muy en serio, y públicamente: “Hablé con el Jefe de Gobierno y le dije que es algo excepcional. Por eso acordamos que sí vamos a permitir que (en las finales de la Libertadores entre Boca y River) vaya el público visitante”. Un recurso. Otra distracción. El gobierno de turno apela al viejo y desgastado discurso de “la imagen argentina en el mundo”, que ya agitaban los dictadores en la época del Mundial ‘78. Como si por 90 minutos, Buenos Aires intentara parecerse a Londres, con las tribunas sin alambrados y el público ordenadito, prolijo.

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