SANDRO. El muchacho de Valentín Alsina que conquistó América

Conocí a Sandro en el living de la casa de mi tía Pola (Bahía Blanca al 1100, frente al desaparecido Club “Splendid”). Mis primas Graciela y Liliana ya eran adolescentes, y yo, un péndex de 9 años.

Sus long plays, que escuchábamos una y otra vez en el combinado, marcaron mis gustos musicales para siempre, entre ellos: “Mediterráneo”, de Serrat, “Abbey Road” de The Beatles”, y “Sandro de América”, el de la foto con la polera verde.

Un hermoso puñado de canciones entre las que -injustamente- se hicieron populares “Rosa Rosa” y “Guitarras al viento”, pero que incluía auténticos temazos, cómo el breve pero triste “Fácil de olvidar” y “El maniquí”.

Desde entonces, mi paladar musical quedó marcado por el talento de ese hombre que además de crear hermosas historias de amor en apenas tres minutos (requisito para poder ser incluídas en los discos “simples”), tenía muchísima “pinta” o “percha” (como se decía entonces), y sin embargo, nos hacía un guiño a los menos favorecidos, porque la iba de perdedor (para que el resto de los hom- bres no se sintiera mal… un capo).

En varias de sus películas, no hacía de “hombre fatal” (aunque tenía todas las condiciones, él lo sabía y las mujeres no lo disimulaban). ¿Quién no vió alguna película de Sandro? Ya en aquella época, las pasaban los domingos a la tarde por la tele. En una, era un concertista de piano que estaba perdidamente enamorado de su vecina, del departamento de al lado, aunque una ricachona lo persiguiera a sol y a sombra, quien pretendía hacerle la vida fácil, siempre y cuando él acceda a… Pero el tipo no, fiel a su noviecita.

En otra, era un corredor de carreras ganador y soberbio, pero a causa de un accidente se queda ciego. La magia del cine hace que, una vez que aprende las lecciones que le dió la ceguera… ¡recupere la vista! ¿No es maravilloso…?

A fines de los ‘60, Sandro había llegado al techo que cualquier cantante aspira, y aún fue por más. Su fama se extendió por toda América latina, y no se privó de marcar récords, incluso, en los Estados Unidos.

Su recital en el Madison Square Garden de New York -el 11 de Abril de 1970- fue el primero que se transmitió “vía satélite” en la historia de la TV mundial.

Con todas las condiciones dadas para convertirse en un “divo”, nunca se la creyó. Siempre fue fiel a sus orígenes, un tipo de su barrio -Valentín Alsina, después tuvo que “emigrar” a Banfield porque se sentía invadido-, siempre humilde, quitándole “glamour” a su facha de hombre irresistible, y haciendo gala de una caballerosidad típica de la gente “de antes”…

Algunas canciones de Sandro tienen sensualidad y sexualidad: “Trigal” (“donde mis manos se dilatan… se comprimen y arre- batan…”), que para la época era muy fuerte. “Te propongo” (“yo tengo para darte tan sólo cosas buenas, triviales y sencillas, son las cosas de este amor…”) es una declaración de amor tan sencilla y fresca, que de sólo entonarla se me pone la piel de gallina (y estoy seguro que con esa letra, si lo propongo, me dirían ¡sí!). “Cosas de la vida” (“al amor nos negamos, fuimos cobardes, y aquello se quedó sin final…”) habla de esas relaciones que parece que se van a dar, parece, la cosa está ahí, y sin embargo… los años pasan y nada se concreta. “Noche de amantes” (“de amores solos, y olvidos; en cada amante, una historia…”) plantea tan bien esas noches de soledad donde asoma la melancolía por los amores perdidos… En fin, cientos de canciones espléndidamente desarrolladas, y hablando de esto no quiero olvidarme de mencionar a Oscar Anderle, quien musicalizó los primeros hits de Sandro.

“ESTA MIERDA ME LLEVÓ AL BORDE DE LA MUERTE”

En la década del ‘60, se impuso la moda de que fumar era de “piolas”. Los muchachos y chicas andaban siempre con el pucho entre los dedos. Si hasta en los posters que hacían furor en aquellos años, los artistas posaban con un cigarrillo entre los labios…

El daño que el tabaquismo le hizo a la salud de miles de personas en los Estados Unidos, por ejemplo, terminó con un fallo que condenó a las empresas tabacaleras a pagar trescientos mil millones de dólares en indemnizaciones. Pero hay cosas que el dinero no puede comprar, dice la propaganda. La salud es una de ellas.

Quiso el azar que poco después de la muerte de Sandro, me cruzara con uno de sus últimos cd, titulado “Mi vida y mi música”. En el surco llamado “Bar Pancho”, Sandro dice:

«En esas tardes entre el bar y el club, alguien, un muchachón, me dijo: Tomá, hacete hombre. Y me puso un cigarrillo entre los dedos. Y quizás, creí que de esa manera, iba a crecer más rápido. ¡Pobrecito! Lo encendí, tosí, y me la banqué. Sin saber que ese iba a ser el error más grande de mi vida… Maldita sea aquella tarde… Maldita sea… Hoy, cuando veo a pibitos más chiquitos de lo que era yo en aquella época, con un faso entre los labios, me dan ganas ¡te lo juro, hermano! de meterles un cachetazo, hacerles volar el cigarrillo y abrazarlos fuerte y decirles: Nunca más… No lo hagas nunca más. ¡Te lo digo yo, que esta mierda me llevó hasta el borde de la muerte!»

Roberto Sánchez, el muchachito de Valentín Alsina, el tipo entrador y ganador, fundador del rock nacional, talento que conquistó América, fue derrotado por una enfermedad generada por el consumo de cigarrillos. Partió el 4 de Enero de 2010; fue velado en el Congreso Nacional.

La leyenda sigue viva.

Claudio Serrentino

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