Cómo crear un medio sin nada, pero con muchas ganas

Cómo hizo un joven de 23 años para olvidar sus sueños de triunfar en TV y crear su propio medio, lejos de las luces del centro.

La Bocina Periodismo Alternativo, Marzo 1986.

La Bocina Periodismo Alternativo, Marzo 1986.

Cuando era chico, jugaba a la radio. Y a la tele. Con el viejo combinado pasaba discos y leía las publicidades recortadas del diario, delante de un rulero que simulaba ser un micrófono.

Y con un amigo recreábamos la escenografía de “Feliz Domingo” y en su casa, imitábamos el programa (me gustaba hacer de Marconi).

Mientras papá y mamá me instaban a que decida la carrera a seguir, lo miraba a Olmedo en la tele y me encantaba descubrir ese mundo que hasta entonces estaba oculto, y que él mostró: el de atrás de cámaras.

De tanto leer y leer, también le encontré el gustito a escribir. Mi primer publicación familiar fue -¿a los 14, 15?- “Lo sé todo (sobre chismes)”, una versión familiar y adolescente de “Paparazzi”.

Más tarde, junto a los amigos del Pasaje El Araucano (Gustavo, Julio, Ricardo, Darío) parimos una revista de poesía: “Cordón Umbilical”, que tuvo poca vida porque nos fuimos poniendo de novios: le dedicábamos más tiempo al zaguán que a la escritura…

La juventud se acabó rápido: a los 20 estaba casado y era papá. Pero seguía con ganas de transmitir algo: en la prepaga donde trabajaba de empleado administrativo, repartía hojas fotocopiadas con letras de Víctor Heredia y Serrat.

Después de la guerra de Malvinas, se empezaba a destapar la olla podrida generada por la dictadura. Las ansias por conocer la verdad me hicieron desembocar en una escuela de periodismo, en 1983.

Entonces no había facultad de Comunicación Social, así que inicié mis estudios en el ICES (Instituto Católico de Estudios Sociales).

Con los pocos pesos que pude juntar, compré mi primer grabador “de periodista”. Los primeros reportajes que hice con él, fue en las marchas de los Jueves de las Madres de Plaza de Mayo, a Hebe de Bonafini y el -entonces- abogado defensor de los Derechos Humanos Luis Zamora.

Gracias a mi buen desempeño como alumno, hice una breve pasantía en el Canal 9 (Romay volvía a tomar el control del medio) e hice lo mejor que pude. Ricardo Roa, que era entonces uno de los jefes del noticiero, me dijo: “vení a verme en unos meses”. Aquella noche no pude dormir de la emoción.

La ansiedad me carcomía. El sueño de llegar a la TV estaba muy cerca. Mientras tanto, mi vida laboral estaba convulsionada: cambié de trabajo, y conseguí uno cerca de casa (entonces, vívia en las torres de Venancio Flores y Joaquín V. González). Fue entonces que le tomé el gustito a eso de poder ir “de casa al trabajo, y del trabajo a casa” caminando.

En el ‘84 llegó la decepción: llamé a Roa, quien me recibió y me dijo muy amablemente que ya no había lugar para mí “porque entró el hijo de Silvio Huberman, que conducía el noticiero. Aprendí que si no tenés contactos, estás listo. Así y todo, no me dí por vencido: recorrí todas y cada una de las redacciones, emisoras de radio, agencias de noticias… Y nada.

No contaba con el tiempo necesario para hacer la que había que hacer, la clásica: instalarme en una redacción a cortar cables, a hacerte ver y esperar tu oportunidad. Tenía una familia a cargo, y dos trabajos para poder mantenerla.

NACE LA BOCINA

Pero las ganas de contar mi visión de las cosas no se iban. Para colmo, en la escuela de periodismo lo menos que hacíamos era escribir. Mucha teoría, conocimiento científico, pero muy poco de redacción.

Un día me cansé: hablé con dos compañeras/amigas, María del Carmen y Margarita, y les propuse hacer una revistita que se ocupara de las cuestiones internas de la escuela. “¿Y qué nombre le ponemos?”, me preguntaron. Había pensado dos: “La Bocina” y “Expresión Libre”. Margarita me dijo sin dudar: “¡La Bocina!”. Y ahí quedó bautizado.

Desde ese momento, La Bocina se convirtió en una hija más, que venía conmigo a todas partes. Y a diferencia de mis otros hijos, a ésta le podía dictar qué tenía que decir… ¡y lo decía!

El pequeñísimo formato medio oficio empezó a hacer ruido en una época en la que volvía el ruido: el Centro de Estudiantes del ICES renació, y pronto La Bocina fue la vocera del Centro. Las autoridades empezaron a odiarme, claro.

El nuevo mundo generado por el medio me fascinaba, tanto como me aburrían las clases. En la práctica, casi que abandoné las aulas y mi nuevo hábitat pasó a ser el bar “El Salvador”, regenteado por dos gallegos macanudísimos, que estaba al lado de la escuela (Junín al 1000), que hacía las veces de “redacción”.

El emprendimiento personal se volvió colectivo, La Bocina dejó de ser escolar e inició su etapa “alternativa”: 100 ejemplares (ahora parecen pocos, entonces eran muchísimos) que se vendían a través de los kioscos del subte.

Cambio de diseño: la new generation vino con el Letraset bajo el brazo. Era todo un avance tecnológico, ya que los titulares de La Bocina escolar se hacían a mano… También cambió formato, de medio oficio a oficio (abrochado al costado).

Aquella etapa fue muy prolífica en cuanto a producción de material: reportajes a Alejandro Dolina, Teresa Parodi, Lito Vitale, coberturas de “Sábados de la Bondad” y de recitales en favor de los pueblos originarios, cuando casi nadie se ocupaba de ellos (como hoy, mas o menos, pero entonces estaba la excusa de “la herencia dejada por los milicos”)… Aquella Bocina tenía poca tirada pero mucho orgullo; soñaba con ser la hija putativa de la exitosa revista “Humor”, con escritores noveles y colaboradores de lujo, como Alejandro Dolina, Adolfo Castelo y Carlos de la Rúa, “El Loco de la Colina”.

Fue una etapa muy fuerte, que marcó a fuego mi estilo periodístico. A mis queridos compañeros de aquella época, siempre los recuerdo con cariño: María del Carmen Prantera, Margarita Ojeda, Alejandra Pattini, Saúl Gherscovici, Claudio Pisano, Fabián Mazzoni, Liliana Urrutia, Gustavo Domínguez, Oscar Barrientos, Julio García, Andrea Motto, Patricia Ayvazian, Mariano del Mazo, Sebastián Silva D’herbil… El último número de La Bocina “alternativa” salió en Junio del ‘86. Tres meses después, comenzaba la etapa barrial.

Claudio Serrentino

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