La llegada de Alberto Fernández al poder trae remembranzas de otras llegadas: la de Alfonsín en 1983, la de Kirchner en 2003. Tanto el oriundo de Chascomús, como el santacruceño intentaron lanzar un nuevo modelo de país.

El radical la emprendió, de entrada, con el tema de los derechos humanos, una espina al corazón que tenía la sociedad. Fue lo mejor de su gobierno, junto con el gran desafío -todavía inconcluso-: «con la democracia se come, se educa, se cura».

Néstor Kirchner hizo un mix: al acto simbólico de retirar los cuadros de los genocidas del Colegio Militar, le agregó la relación estrecha con organismos de DDHH. Pero la cuestión económica marcó agenda, gracias a la inflación y el dólar bajo control, el crecimiento a tasas chinas impulsado por el boom de la soja y la cancelación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional, algo impensado en gobiernos anteriores.

De aquellos gobiernos, quedaron esos valores. Pero el sistema democrático está en deuda con la sociedad: la estabilidad institucional no se refleja en la economía.

El número más doloroso, es que luego de 36 años ininterrumpidos, la pobreza estructural no bajó. No están dadas las condiciones para que los pobres, con el tiempo, dejen de ser pobres.

Argentina nunca logró recuperar el desarrollo genuino de la industria, como supo tener hasta la llegada del «proceso» militar, que hundió a la producción local y parió a la «patria financiera».

El arribo de Fernández trae aires de esperanza, con promesas de ocuparse en lo inmediato de los que menos tienen, recuperar el consumo, combatir la usura y la corrupción, procurar que la justicia sea justa.

Y las palabras calaron hondo en esa multitud que blandía la «V» cada vez que las cámaras los enfocaban, mientras resistían el calor abrasador de ese día.

Esa gente quiere creer que otro país es posible: justo, solidario, con progreso para todos.

Pero la dirigencia política debe mucho más que un gobierno medianamente bueno. Tras casi cuatro décadas, a la sociedad le siguen faltando cuestiones básicas: sigue padeciendo casi la misma incertidumbre e imprevisibilidad que a fines de 1983, cuando no se sabía el nivel de tierra arrasada que dejarían los militares. Pasan los gobiernos, pero eso no cambia. Más allá de la transición y la entrega de la banda presidencial y el bastón.

Los dirigentes no parecen vivir en la misma sociedad que los ciudadanos, sino en una burbuja virtual, que les provee todos los beneficios y a cambio, no exige nada. Ni siquiera, rendición de cuentas.

Con jueces «del palo» que les protegen las espaldas, casi tienen garantida la impunidad. Recordar la década menemista: ¿quién fue la única funcionaria condenada? María Julia Alsogaray, extrapartidaria.

Quizás, este recambio que encarna Fernández sea el momento justo para demostrarle a la sociedad que están dispuestos a poner el hombro, que son capaces de sacrificarse por la causa de todos.

Si realmente están convencidos que «la Patria es el Otro»… ¿no sería el momento de convertirlo en un hecho concreto, palpable?

Si las palabras de Cristina al nuevo presidente son sinceras… «Confíe en su pueblo, nunca traiciona, son los más leales, sólo pide que los defiendan y representen», ¿no sería tiempo de ser leal a los leales? 

Y ese hecho podría ser revolucionario, si se lo propusieran. Que legisladores, diputados, senadores, ministros y secretarios de Estado ganen el mismo salario que un director de escuela.

Tampoco sería un sueldo de miseria: alrededor de $ 60.000 mensuales.

Podría ser un gran ejemplo para los anónimos, que desde hace años los ven cambiar de puesto como de camisas, sin los resultados prometidos y con bolsillos convenientemente abultados.

 Porque ese señor que ayer asumió como senador, mañana será concejal, pasado asesor, dentro de dos años asumirá como secretario/diputado/ministro/embajador… y así, hasta su jubilación -grandísima, como sus salarios-.

Y no es justo. No es justo que este puñado de dirigentes viva fastuosamente, mientras al resto nos amenaza la la miseria.

Ese sería un verdadero cambio cultural. Imagínense, gente que se rebaja la dieta puede ir a negociar de otra manera, desde otro lugar, con los formadores de precios, esos que siempre sienten compulsión por remarcar y remarcar, y remarcar.

Una buena manera de resetear la democracia, sería dejar de discursear para la tribuna, y empezar a predicar con el ejemplo. 

Abandonar la comodidad de sus despachos y callejear, ver «in situ» los padecimientos cotidianos de sus representados.

Y empezar a ser austeros, humildes, eficientes. Auténticos servidores públicos.

Romper con el concepto de «casta dirigente» y convertirse en verdaderos dirigentes populares, que padezcan y soporten lo mismo que sus dirigidos.

Quizás, así los resultados lleguen antes y sean perdurables en el tiempo.

Una propuesta original, inteligente… ¿una utopía?

Claudio Serrentino

Foto: diario El Libertador