Pese a su micrométrica dimensión, el covid19 amplifica y multiplica el miedo, gracias a las corporaciones multimediáticas, que confunden y atosigan a sus públicos (otro virus).

La vida humana se colocó en fase larvaria. El mundo entero corrió a esconderse del minimonstruo.

El encierro parece eterno. La incertidumbre, total.

Dejamos de ir en colectivo, de llevar los chicos a la escuela, de caminar, de bailar y de tantos otros verbos que nos hacen sentir vivos. Cambiamos horarios, perdimos actividades, dejamos de abrazarnos, de besar y de darnos la mano.

Actividades tan banales y cotidianas como sentarse en un bar a tomar un café, salir a mirar vidrieras, pagar la boleta de la luz o simplemente, dar vueltas alrededor de una plaza… no se pueden hacer.

Muchos no tuvimos ingresos (ni ayuda del Estado) y debimos arreglarnos como pudimos. Nunca falta un roto para un descosido, así que la solidaridad volvió a florecer, entre tanta desolación.

Si todos esos dioses en los que cree la humanidad, alguna vez deciden perdonarnos y habilitar nuestro paso a una vida mejor -sin pandemias-, será sólo por esa gente que se las ingenia para ayudar a otra gente. Y por nadie más.

Mientras el mundo nada en el mar de lo incierto, aquí, en un barrio de Buenos Aires, nos preguntamos una y mil veces, en innumerables noches y madrugadas de insomnio, qué sería de nosotros.

La pregunta ronda TODO: la salud, el trabajo, el estudio, las relaciones sociales, amorosas y culturales. ¿Cómo sería la vida de ahora en más?

La única respuesta, un gigantesco signo de interrogación que se dibuja en las paredes, las puertas, las cortinas, el sofá…

Pasaron larguísimas semanas que parecieron un solo y lánguido domingo, en las que nos aburrimos hasta de aburrirnos, anulamos y volvimos a habilitar el whatsapp, intentamos leer sin lograr la más mínima concentración, limpiamos sobre limpio o dejamos que la roña se amontone, sin inmutarnos. Almorzamos a las 11 de la mañana o a las 5 de la tarde. Perdimos rutinas, referencias, organización, calma.

La normalidad se volvió anormal, casi inalcanzable, lejana.

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Pero un día, nos tocó volver.

Y ese regreso fue íntimamente maravilloso. Tapados con barbijos y munidos del imprescindible alcohol en gel, pero de pie. Con lo que queda de optimismo (porque la quietud lima de a poco la voluntad).

Ahí estaban nuestras calles, bastante distintas, con muchas persianas bajas. Será difícil la reconstrucción.

Los pocos con los que nos cruzamos, nos recibieron con alegría. Fue un sencillo y breve retorno a la “normalidad”, un deja vu de la vida anterior, con irrefrenables ganas de volver a ser aquello, en la totalidad de su significado.

Fueron horas de emociones simples pero intensas. Jamás nos imaginamos emocionados sólo por recuperar esos caminos, ver aquellas caras, repetir viejas rutinas.

Ojalá sea el primer paso hacia el retorno. Necesitaremos mucha fuerza comunitaria, colectiva, para volver a ser lo que fuimos.

Quizás, esta especie homo sapiens, imperfecta, a veces hasta absurda, sea capaz de aprender de las desgracias. Se deconstruya, y pueda reconstruir una civilización mejor.

Justa.

Claudio Serrentino

Foto: La Bocina