Cuando Buenos Aires echó al Imperio Británico

Hasta hace unos años, el 12 de Agosto era feriado nacional: se recordaba la Reconquista de Buenos Aires, que cayó en manos de las fuerzas británicas. Y eran británicas, porque también participaron fuerzas escocesas.

Como el temible Regimiento 71° de infantería escocesa, al mando del coronel Denis Pack.

Cuando se cumplieron los 200 años, en el 2006, se realizaron muchos actos evocativos, recreaciones históricas y militares con mucha afluencia de público y fervor popular. Es bueno traerlas al presente, porque es un hecho importante de nuestra historia. Los criollos tomaron conciencia de sus propias fuerzas. El vigor y la eficacia se pusieron de manifiesto en la Reconquista de la ciudad, y los preparó para los acontecimientos de Mayo de 1810.

Los antecedentes geopolíticos se pueden encontrar a partir del 1700, con la muerte del Rey Carlos II en España, que al no tener descendencia, en su testamento asignó el trono a un miembro de la familia de los Borbones. Inglaterra sintió entonces amenazado el equilibrio europeo, porque se acentuó la rivalidad con Francia, que ahora estaba unida con España. Finalmente, el Tratado de Paz firmado en Utrech en 1713, cerró el conflicto bélico y abrió la hegemonía británica, que obtuvo ventajas que le permitieron fortalecerse en el mar y detener la expansión francesa y socavar el imperio español de ultramar.

El propósito británico era quebrar el imperio hispánico en América. Fueron tiempos difíciles y peligrosos ir y volver a la metrópoli, porque Inglaterra reinaba en los mares y provocaba espaciar las comunicaciones españolas con sus colonias. Se sumaron otros conflictos bélicos importantes: el Almirante Horatio Nelson, en 1805, le asestó a la flota conjunta de España y Francia una contundente derrota en la Batalla de Trafalgar. También se sentían perjudicados por el bloqueo francés impuesto por Napoleón. Convenía que España le declarase la guerra a Inglaterra, eso le justificaba invadir los territorios españoles en América del Sur. A su vez, le iba a permitir abrir nuevos mercados, dado que se encontraba en el gran apogeo de su Revolución Industrial. En el año 1805, el comodoro Home Riggs Popham recibe órdenes de la Corona británica e instrucciones de tomar la Ciudad del Cabo, que estaba en manos de los holandeses, aliados a Napoleón. La plaza se rinde en dos semanas. Una vez obtenida esa victoria, Popham insiste en la conveniencia de invadir las posesiones en el Río de la Plata. Contaban con las tareas de espionaje del norteamericano Guillermo Pío White.

Confeccionaron mapas y planos de las fortificaciones de la ciudad. Pensaron primero invadir Montevideo, porque tenía mejor puerto y una vez dominado, cruzarse a Buenos Aires. Pero tenían informaciones muy seguras, sobre unos caudales listos para enviar a España producto de los tesoros de Potosí, de Chile, las rentas del correo, del Consulado, de la administración de tabaco, de la Aduana y de la Casa de Filipinas, que se ocupaba del transporte por mar; y tráfico de negros esclavos que pertenecían a un acaudalado comerciante, Martín de Sarratea.

Pío White ayudó mucho a los invasores; después fue preso por delator, pero en 1810 se redime de su conducta y ofrece ayuda para las luchas de la Independencia. Los británicos, a su vez pensaban -una vez tomada Buenos Aires- fomentar los cultivos de cáñamo y algodón, dejando de depender de Canadá e India. Era un combo perfecto.

En los meses de junio de 1806, unos vigías situados en Maldonado, Uruguay, habían observado el merodeo de las naves inglesas muy cercano a las costas. Al final, deciden desembarcar en la Ensenada de Barragán, puerto natural de aguas profundas utilizado para refugio de los grandes barcos. No lo pueden concretar porque Santiago de Liniers se les adelanta y los recibe a cañonazos, motivo por el cual se dirigen a Quilmes.

Las fuerzas estaban bajo las órdenes del comandante Popham y el coronel William Carr Bereford. Estaba compuesta por 1641 hombres, 60 mujeres esposas de los militares y 40 niños. No les resultó fácil el desembarco: las aguas no eran profundas, estaba lleno de cangrejales, y las lluvias les perjudicaron mucho, se les mojó parte de la pólvora. El Virrey Sobremonte, informado por Liniers de la situación, mandó al SubInspector Arce con 500 hombres a impedir el desembarco; pero la defensa fue un desastre, no conocían el manejo de las armas ni de los cañones, y además las municiones no coincidían con los calibres de los fusiles. Apenas tiraron unos pocos tiros. Los enemigos avanzaron para cruzar el Riachuelo, se le ordena a Arce quemar el Puente Gálvez (actual Puente Pueyrredón), pero cuando llegan los invasores toman unas pequeñas naves y botes, lo van amarrando uno con otros y lo utilizan de puente alternativo para cruzar, logrando después ingresar a la ciudad y tomar la Plaza.

El Virrey debía cuidar los caudales que se iban a enviar a la Corona y ante esa situación, mandó a encajonar todos el dinero obtenido de las áreas públicas y se acomodaron en las carretas camino a Luján como primera parada, y luego a Córdoba donde después la declaró capital del Virreinato (14 de Julio de 1806), ante el peligro de la invasión.

Decide mandar también a su familia, la virreina Juana María Larrazábal de Sobremonte y a sus hijas. Después se une con ellas en la chacra de Pedro de Córdova en el Barrio de Villa Luro- Monte Castro donde hace noche. Por esos días llovía mucho y la custodia que lo debía cuidar lo abandonó, porque tuvieron que dormir a la intemperie. El Virrey le debía fidelidad al Rey, Carlos IV y cuidar los documentos de Estado. Además no podía caer prisionero, si eso ocurría, el Virreinato dejaba de pertenecer a España.

Los invasores sabían muy bien de estos caudales y exigieron su entrega inmediata. El tesoro constaba de 12 carretas tiradas por bueyes conteniendo oro y plata cuyo valor ascendía a 1.211.323 pesos fuertes y 500.000 de azogue (mercurio utilizado para fundir oro). Eran cinco toneladas de metales preciosos y algo más. Bereford los manda a buscar a Luján, bajo la amenaza que si no lo entregaban, tomarían los barcos de cabotajes para el abastecimiento de la ciudad, entre otros actos. Sobremonte, presionado, accede. Los caudales, una vez en Buenos Aires, fueron cargados en la fragata Narcissus, que los llevó a Londres. Fue todo un festejo, adornaron los carros con banderas españolas y recorrieron las calles de Londres rumbo al Banco de Inglaterra. Mientras esto ocurría, Buenos Aires había sido reconquistada. Después surgió una áspera disputa entre Bereford y Popham por las diferencias en el reparto. También participaron de la distribución los jefes, tenientes, soldados y marinos.

Sobremonte continuó su viaje a Córdoba donde trató de armar un ejército, regresa a defender la ciudad, pero cuando llegó, toda la gloria había sido para Liniers. El virrey tuvo mala prensa y quedó para la historia como que había huido con los caudales. Era su obligación cuidar los bienes de la Corona, además evitó caer prisionero para no responder a Bereford.

Beresford se declara Gobernador de Buenos Aires, se instala en el Fuerte y solicita la capitulación a Liniers. A su vez informa que se impondrán rigurosas penas a los negros que se encuentren en estado de insubordinación. Como los negocios permanecían cerrados y con dificultades para el abasto de la ciudad se decide… “penar a quienes insulten y molesten a los tenderos, pulperos y menestrales que abran sus puertas”.

Hubo muchos vecinos que aceptaron la nueva dominación, se sentían atraídos por sus uniformes. Mariquita Sánchez fue una de ellas. Había un libro para que firmaran la fidelidad al Rey Jorge III. Se podía hacerlo todos los días de 10 a 15 horas, excepto los sábados. Había vecinos que los invitaban frecuentemente a sus casas. Belgrano se fue a Montevideo, porque no estaba de acuerdo con la capitulación.

Juan MartÍn de Pueyrredón organiza la Gesta de las 40 Leguas convocando a los gauchos de la campaña, Navarro, Pilar, Morón, San Isidro, etc. Pagaba con su peculio 0,50 pesos por día y le proveía pan, carne, yerba, tabaco. Se reclutaron en Luján donde, el Presbítero Carballo les entregó cintas celestes y blancas llamadas Las Medidas, que eran los colores del vestido y el mando de la Virgen; medían 38 centímetros, altura de la figura de la Virgen. También le sirvieron para poder identificarse, porque los gauchos carecían de uniforme. Una vez reunidos, cruzaron a campo traviesa, y llegaron a la chacra de Perdriel. Enterado Beresford de ese reclutamiento, distante 25 kilómetros, decide llegarse a la chacra y presentar armas. En los ataques, Pueyrredón casi pierde la vida, porque su caballo fue muerto y lo salvó Lorenzo López. Se cuenta que Bereford quiso clavarle la espada, pero por su herrumbre no salió de su vaina.

A su vez, Liniers se dirigió a Montevideo, se reunió en el Cabildo con el gobernador Ruiz Huidobro, le presentó su plan de reconquistar a Buenos Aires y se lo aprobó. Se le confirieron 500 hombres. Partieron a Colonia por tierra, con la caballería y la infantería. Tuvieron dificultades por las incesantes lluvias que le dificultaban cruzar los ríos que desaguaban en el Rio de la Plata. En Colonia, cruzan el Rio de la Plata con fuerte oleaje y desembarcan silenciosamente en el Tigre, sin ser vistos por los que merodeaban el lugar. La gente aportó caballos, mulas bueyes. Se fueron agregando grupos de voluntarios y así marcharon a la ciudad. Y con todas esas fuerzas reunidas, lograron la Reconquista de la ciudad y la capitulación de Bereford, el 12 de Agosto de 1806.

Segunda Invasión

Los invasores no se fueron de la zona, el Atlántico era todo de ellos. Se produce la segunda invasión en 1807. Resultó más numerosa con 10.000 hombres, al mando de Whitelocke. Primero tomaron la Ciudad de Montevideo, después arribaron al Fuerte de Ensenada, y con muchas dificultades, desembarcaron en medio del barro, soportando copiosas lluvias. Cruzaron el Riachuelo y se prepararon para atacar y tomar la ciudad. Le fue imposible, a pesar del número de invasores. Muchas son las crónicas del asalto y del desastre que sufrieron. Nada les valió que les distribuyeran hachas y barretas para derribar puertas y obstáculos. Mientras tanto, los criollos realizaban nuevas zanjas en las calles y en las azoteas de las casas se distribuían diferentes grupos de tiradores. Los vecinos habían acumulado ladrillos, adoquines, vigas, tinajas, olla y cuencos listos para acopiar, agua y grasa hirviente, que se iba arrojar sobre los invasores, el aceite, como se dijo era muy caro. Estas acciones dificultaron enormemente el avance invasor.

Se generaron combates por toda la ciudad. Uno fue frente al Convento Santo Domingo, duró 10 horas. Fue el 5 de Julio de 1807, lo recuerda la calle que está detrás de Michelángelo. Se dijo que quedaron sepultados debajo del pavimento, muchos cadáveres. Los atacantes habían planificado almorzar en el Fuerte… pensaban que iban a imponerse, pero en vez de comida, hallaron la muerte. Estaban sorprendidos por el silencio en las calles, pero sabían que estaban ahí, para defender la ciudad.

Era previsible que Whitelocke fracasara, por su incapacidad para dirigir las tropas; había muchos muertos, heridos, prisioneros, era un costo grande que debía pagar. Los locales también habían sufrido muchas pérdidas. Se les pidió la Capitulación, y se les dio un plazo. Como los británicos no habían respondido a la propuesta de Liniers, le dio un cuarto de hora más, sino empezaría el ataque de nuevo. Whitelocke se dio cuenta que era inútil reiniciar los combates. Entonces se trasladó al Fuerte, donde lo esperaba Liniers; se elaboró un borrador con 8 puntos, y finalmente respondieron “consentimos a las condiciones propuestas…cese definitivo de las hostilidades, restitución recíproca de prisioneros incluyendo los de 1806, en un plazo de 10 días debían embarcar armamentos y bagajes…”. Finalmente entregarían tres oficiales de graduación, hasta el cumplimiento efectivo de estos puntos.

Tiempo después, Whitelocke reflexionaba: “no hay un solo ejemplo que pueda igualarse a Buenos Aires, donde cada habitante peleó con una resolución y pertinencia que no podría esperarse ni del entusiasmo religiosos y patriótico ni del odio más implacable”. A su vez, el jefe de la escuadra atacante almirante George Murray, informó a su gobierno el 8 de Julio de 1807, al otro día del fracaso total: “No hay esperanza alguna de establecernos en estos países, los ingleses no tienen en ellos amigo alguno. Hallándome convencido de que los pueblos de este país jamás se someterán al gobierno inglés…”

Whitelocke fue procesado por la Corona Inglesa por su desatinada actuación en Buenos Aires, juicio que fue publicado en un voluminoso libro. Por su parte, los patriotas celebraron ese glorioso triunfo, que fue un bautismo de fuego y un preludio de triunfo que vivieron en 1810.

Susana Boragno

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