Campeones Mundiales de la emoción

Por unos días, nada importará. Como ocurrió en el ’78, o el ’86. La alegría se instala en el aire, se respira felicidad, más allá de que todo esté como casi siempre.

La esquina, la plaza, el monumento, el obelisco, cualquier lugar donde hayas estado celebrando el triunfo Mundialista de la Selección, cambió de tonalidades: se volvió brillante, como sólo brillan las cosas que deseaste durante mucho tiempo, y que ahora te pertenecen. Como esa copa dorada que el Mesías Messi (así de sencilla es nuestra teología futbolera) revolea delante del grupo que nos regaló tal brillantez.

Y somos felices con signos de admiración. ¡Somos felices, porque Argentina es Campeón, Carajoooooooo! Abundan los gritos de alegría, que alejan por un rato a los de dolor y de espanto.

Y está bien. Este Pueblo agotado de tanto ensayo y error, se merecía este ratito de felicidad. 

Lo dijo el Kun, devenido a influencer y comentarista: «no es por la plata… jugamos en la Selección por todo lo que representa». Y es hermoso que en este mundo materialista, haya un grupo de gente que no piense en la plata, sino en la gloria.

Y por fin Messi pudo celebrar un título de Argentina con la gente. Porque el triunfo de la Copa América fue en un Maracaná vacío. Por fin la gloria lo subió al podio con Kempes y el Diego. 

Todo lo demás se suma al anecdotario argento de cada evento como éste: lo vimos en Brasil 2014, con campamentos tan improvisados como apasionados. Lo volvimos a ver en los aviones que partían hacia Quatar, alentando durante miles de kilómetros, desde Buenos Aires a Doha.

Porque somos campeones mundiales de la emoción. Somos el abrazo con extraños después de semejante triunfo, armar la jarra loca y compartirla con el que se cruce, bailar con los pibes y pibas, gritar hasta quedar afónicos «el que no salta es un inglés», saltar hasta el infinito rodeado de banderas celestes y blancas y nieve artificial que alguien arrojó.

La fiesta popular es alegría y también, la manifestación máxima del sentido de pertenencia. Podemos vivir en Villa Luro, en un barrio de Montreal, o en el mismísimo culo del mundo. Donde sea, seguiremos siendo orgullosamente argentos. Tomando mate, comiendo asado, alentando a la Selección.

La pregunta para otro día, es por qué, si tenemos grandes baluartes en arte, ciencia, deporte -y un Papa argentino, por si nos faltaba algo – que entregan todo de sí para obtener los mejores resultados (y muchas veces lo consiguen), el país está cómo está.

Pero sigamos celebrando. Así como parimos grandes deportistas, brillantes científicos, y talentosos artistas, alguna vez llegará, desde las entrañas mismas de este Pueblo hermoso, una generación de políticos que gobiernen por amor a la camiseta.

Claudio Serrentino