LA MONA JIMÉNEZ. Un rockstar cuartetero

La Mona se subió un día al escenario, empezó a cantar y bailar, y su ritmo contagió al público. Aquello fue en Córdoba, en los lejanos ’70; mientras en algunas radios de Buenos Aires (las que no discriminaban a esta música por » grasa») sonaba el legendario Cuarteto Leo, Juan Carlos Jiménez Rufino, con apenas 15 años, ganaba un casting y se sumaba como cantante al Cuarteto Berna. Pero no lo dejaban bailar; entonces, se sumó al grupo de su tío Coco Ramaló, el Cuarteto de Oro. Ahí Juan Carlos empezó a sentirse La Mona, dejó de cantar por el pancho y la coca, ganaba plata. Pronto, La Mona Jiménez

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ATAHUALPA YUPANQUI. El que vino a decir

Héctor Roberto Chavero empezó a descubrir, desde chiquito, que la naturaleza que lo rodeaba -montes, campos, animales, plantas- tenía música. Así lo explicaba el propio Atahualpa:  «Los días de mi infancia transcurrieron de asombro en asombro, de revelación en revelación. Nací en un medio rural y crecí frente a un horizonte de balidos y relinchos. Era un mundo de sonidos dulces y bárbaros a la vez. Pialadas, vuelcos, potros chúcaros, yerras, ijares sangrantes, espuelas crueles, risas abiertas, comentarios de duelos, carreras, domas, supersticiones». Dice la biografía que publica la Fundación Atahualpa Yupanqui, que su nombre artístico significa «El que vino de lejanas tierras a decir… a contar». Y así lo hizo.

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