Mejorar la calidad de vida en Buenos Aires

La propuesta oficial de duplicar la cantidad de habitantes de la Ciudad, es muy difícil de concretar. Los problemas de infraestructura se cruzan con intereses inmobiliarios.

La Ciudad de Buenos Aires mantiene su densidad poblacional desde hace casi 70 años: dentro del perímetro delimitado por el Río de la Plata, el Riachuelo y la General Paz, viven tres millones de personas desde 1947.

Cuando el PRO empezaba a perfilarse como fuerza política nacional, y todavía no tenía demasiado eco en las provincias (salvo en Santa Fe, con Miguel del Sel) Mauricio Macri -entonces jefe de Gobierno- tuvo una idea, y la hizo pública: «La Ciudad debería duplicar su población. Debería tener seis millones para evitar que ingresen tres millones de personas todos los días».

Claro, para lograrlo había que adaptar las leyes. Así fue que, con la mayoría propia en la Legislatura, se modificó el Código Urbanístico y de Edificación en 2018.

Pero la administración Macri-Larreta obvió cuestiones fundamentales: si se quiere duplicar la población, antes de aprobar una ley, deberían mejorarse los servicios públicos.

Con la cantidad de población actual, se sabe que en cualquier casa de Buenos Aires, con la temperatura superior a 30 grados, o inferior a 3, el sistema eléctrico empieza a fallar (tendencia que se profundiza: los nuevos edificios no tienen acceso a gas, todo funciona con electricidad). Ni hablar de agua corriente y cloacas, servicio al que todavía no pueden acceder uno de cada diez porteños.

Y otro tema fundamental: pese a que el nuevo Código permite aumentar la construcción de viviendas hasta un 700%, el déficit habitacional se profundiza. Ya que alrededor del 40% de los porteños, son inquilinos u ocupantes, según datos de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad.

Por consiguiente, lo que habilita el nuevo Código de Edificación profundiza la injusticia: ya que las nuevas viviendas que se construyen, no sirven para empezar a solucionar el déficit habitacional, sino para «inversión». Con lo cual, muchísimas casas y departamentos de la Ciudad están vacíos.

Aquel plan de Macri fue, incluso, avalado por el kirchnerismo: en 2013, habían pactado repartirse tierras públicas. Mientras el gobierno nacional (con Cristina a la cabeza) impulsaba un polo audiovisual en la Isla Demarchi, el gobierno local proyectaba un nuevo Puerto Madero en la ex ciudad deportiva de Boca.

Otro espectáculo caótico es el que se ve cotidianamente por calles y avenidas: el tránsito. Una situación que se complicó más con el metrobús y las bicicletas. El carril exclusivo denominado «metrobús» mejoró en algo el servicio irregular que prestaban los colectivos.

Hay que reconocer la practicidad del sistema de bicicletas gratuito, que  facilita el traslado en algunos sectores de la Ciudad, Pero «dejá el auto y andá en bici» es práctico en Barrio Norte o Las Cañitas, donde se complementan con las líneas de subte, pero no para Mataderos o Monte Castro. Las distancias son mucho mayores, y no existe el servicio que va bajo tierra.

La otra propuesta, dejar el auto y viajar en transporte público, podría incluso aumentar el caos: si los porteños dejan el auto… ¿dónde los dejan? No hay lugar para estacionar. Y si los porteños dejan el auto, y se vuelcan masivamente al transporte público,…el servicio colapsaría. Sería un traslado lento, tedioso, con mucho tiempo de espera (o sea, como ocurre desde siempre).

Es muy complejo rediseñar una ciudad como Buenos Aires, requiere del aporte de especialistas, de los más diversos sectores, y la fundamental participación de sus habitantes.

Si algún día, algún mandatario quiere encararlo EN SERIO, no puede hacerlo por intereses mezquinos o electoralistas. Debe estudiarse con visión de futuro, y con una consigna fundamental: que cada porteño pueda tener lo que necesita, para vivir dignamente

Claudio Serrentino

Foto:  argentinamunicipal.com.ar

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