Se llamó Hilda Isabel Gorrindo Sarli​. Ella y su amante, el director de cine Armando Bó, revolucionaron el cine argentino con sus propuestas abiertamente sexuales, a contramano de la censura imperante desde el poder.

Ella, bellísima, imponente, trabajaba como secretaria. Se presentó en un concurso de belleza y la eligieron Miss Argentina. Llegó hasta la semifinal de Miss Universo. Nunca más trabajó en una oficina.

Pero todo cambió cuando Armando Bó la descubre y la convierte en su musa. La dupla realizó treinta películas. La primera con desnudo total para el cine argentino, fue «El trueno entre las hojas».

De ahí en más, éxito en Latinoamérica; y persecución en la Argentina de los represores. Militares o civiles de dudosa moral, que pretendían imponer moralidad a los ciudadanos.

Quiero traer el recuerdo de aquellos tiempos en que toda una generación de adolcescentes descubríamos el sexo a través de aquellas películas, y -sobre todo- deslumbrados por las dimensiones de semejante mina.

En algunos cines que hacían la «vista gorda» podíamos entrar a ver «Carne», «Fiebre», y otras que estimulaban nuestras crecientes fantasías.

Mientras la pacatería del gobierno de Isabelita, contagiado de las costumbres del generalísimo español (durante los años de exilio de Perón en Madrid), intentaba restringir la libertad de expresión, en algunos cines de barrio, los pibes porteños -14, 15, 16- que queríamos saber de Anatomía en serio (aprendizaje que luego generaba mucho «trabajo manual»).

Organizábamos la rateada y nos dirigíamos al «Gran Devoto» (Aconcagua y Av. San Martín, hoy garage) o al «Pablo Podestá» (más conocido como «Pablito», quedaba cerca del Parque Patricios).

Los que iban al colegio en el centro, frecuentaban el «Gran Victoria» (Avenida de Mayo al 800, hace años fue tirado abajo para hacer un edificio).

No había problemas para ingresar pese a que las películas exhibidas eran «prohibidas para menores de 18 años»: boleteros, acomodadores y chocolatineros eran nuestros cómplices.

No tenían alternativa: les ayudábamos a mantener el cine. Nadie preguntaba la edad porque era obvio: íbamos con el uniforme escolar -por entonces, pantalón gris, camisa, corbata y blazer-.

Para ellos, el público no era nada despreciable: tardes a sala llena, mientras la «Coca» mostraba sus curvas pronunciadísimas, escotes más que sugerentes, y esa boca carnosa nos dedicaba frases inocentonas -o no- que luego se integraron al universo «kitsch».

Pero si bien sus palabras generaban sonrisas, lo impactante era esa figura majestuosa, que era convenientemente manoseada, a instancias de su pareja Armando Bó (¡y qué ratones despertaba eso!).

A veces, en los cines, avisados de que arribaría alguna inspección, nos mandaban al pullman. Era pintoresco ver cómo abajo había tres o cuatro personas, mientras el primer piso tenía lleno total.

Aquello era una aventura, un riesgo asumido a sabiendas. Compartíamos las tardes con mujeres generosas que nos mostraban su desnudez. Aprendíamos en pantalla, lo que no nos contaban en casa, y mucho menos, en la escuela.

A Armando, Isabel,  y a los dueños de los cines, simplemente agradecerles por esas tardes que formaron parte de la subcultura de miles de adolescentes. Películas que estaban lejos de la pornografía, pero que abrían la puerta a los placeres de la vida adulta.

Los años pasaron, el recuerdo quedó en la memoria, y la «Coca» Sarli dio una charla en el Centro Cultural «Baldomero Fernández Moreno». Enrique, periodista y amigo, le contó que hacíamos un programa de radio llamado «Todo El Año Es Carnaval», y le preguntó si quería ser la madrina: asintió gustosa, y aún hoy aquella grabación la seguimos difundiendo como separador, en el programa (todos los días de 13 a 15, www.labocinaradio.com).

 

Claudio Serrentino

Foto: cultqueens.tumblr.com