Banalizar: convertir algo sobresaliente o novedoso, en algo mediocre o común y corriente.
El presidente Javier Milei ya casi no llama la atención por sus contradicciones, su marcha atrás compulsiva, su crueldad confesa, sus ridículas exageraciones, sus conceptos unidos con alfileres, que cambian de significado según le convenga.
No quiero resaltar lo que ya se sabe del gobierno, desde el 10 de diciembre de 2023. Simplemente, quiero dejar testimonio que esas rutinas tan repetidas, que quizás den resultado arriba de un escenario, se vuelven un peligro potencial para quien habita la Casa Rosada. Sobre todo, si se insiste con el mismo guión, que incluye el mismo y sistemático remate.
De tanto insultar, de tanto amontonar improperios, de tanto violentar pensamientos y perseguir disidentes, a veces se pierde lo fundamental.
Y lo fundamental, para un presidente de la Nación, debería ser mejorar la vida de los habitantes del país que gobierna. De la gran mayoría de los habitantes, porque en lo formal, al menos, esto es una democracia.
Creyéndose distinto, novedoso, único, Milei se desmintió a sí mismo cuando empezó a aplicar sus políticas, más viejas que la decepción.
El jefe de Estado está reconcentrado, desde que asumió, en mejorar la vida de un grupito. Sí, causalmente, el grupo que no necesita ayuda de nadie para mejorar su vida, porque -al menos en lo económico-, están recontra salvados.
Sin embargo, Milei insiste con su teoría de que si los que tienen más, tienen todavía más, los que tienen menos, alguna vez, tendrán más. Lo cual es matemáticamente imposible (y socialmente dramático), pero en fin, hay ideologías de todo tipo y tenor. Ésta, en particular, atenta claramente contra la mayoría. Aunque la mayoría parece no percibirlo, todavía.
Lo cierto es que el presidente visitó la Rural, un ámbito amigable para cierto tipo de gobernantes, como los dictadores del proceso, o el entreguista Menem. Milei encaja perfectamente en ese perfil.
Necesitado de sentir ovaciones (como en el Derecha Fest), Milei por fin escuchó aplausos a cielo abierto, entre relinchos y olor a bosta (sobre gustos no hay nada escrito).
Obviamente, repitió las rutinas, a las que esta vez, le agregó un recurso que él creyó novedoso: ese sombrero-casco con los colores argentinos. Lo dicho: sobre gustos…
En el estudio móvil de Radio Rivadavia, y en su disertación, insistió en exponer, subrayar sus propias contradicciones: del “¡no hay plata!” que le regaló a Fantino allá lejos y hace tiempo, pasó a abrir la billetera sin chistar para volver a reducir las retenciones al campo.
No se privó -nunca se priva, es su especialidad- de banalizar. Convertir una tragedia, en algo común y corriente. Esta vez, habló de “genocidio de jóvenes” si no acompañan su veto al aumento de $ 20.000 (!!) a jubilados.
Milei volvió a sumergirse en su cloaca linguística: “Se quejan de mis formas. Que se vayan a la concha de su madre”.
De todas maneras, sus agresiones irrefrenables, sus rutinas que de tan repetidas ya no causan gracia, sus palabras capciosas, son sólo una penosa anécdota.
El problema, el verdadero problema, es insistir con la vieja falacia económica: contraer deuda y no generar las condiciones para aumentar los recursos. O sea: invertir la plata de esa deuda para desarrollar al país -mejor infraestructura-, exportar más, conseguir más dólares, y así pagar esa deuda.
Pero no. La receta es liquidar el préstamo para sostener el dólar y la timba financiera, maléfica fórmula que ya hundió al país en otras ocasiones.
El presidente ya visitó el Jockey Club y la Rural. Quizás su próximo acto sea en nordelta, para insultar a los carpinchos.
Claudio Serrentino

