Después de ver la foto que publicó La Derecha Diario -y que se reproduce en esta nota-, con Trump en primer plano y Messi escoltándolo, como un granadero… Lo primero que pensé es: hasta aquí llegué.
Cambió el mundo, y con él, el fútbol. Y no tengo ganas de entender qué tipo de negociado logró llevar al mejor jugador argentino, hasta ese horrendo lugar “protocolar“, ubicado peligrosamente cerca de quien está jugando con el futuro del mundo.
Vengo del mundo de antes. Entonces, los jugadores también eran políticamente correctos, brillaban en las canchas pero nunca fueron los “dueños de la pelota“. Debían sacarse fotos con vedettes y también, con dictadores. Hacían lo que el dirigente-patrón les ordenaba.
Hasta que llegó Diego.
Sí, Diego se había sacado fotos con Videla, vestido de soldado y con el birrete puesto. Pero un día pateó el tablero. Y empezó a hablar.
Recordó de dónde venía, y desde ese momento, fue nuestro mejor representante en el mundo. Porque cada vez que hablaba, se ponía de nuestro lado, que era de donde él había surgido. Desde más abajo que abajo.
Porque Diego vivió en una piecita con sus padres y hermanos, comía carne una vez por mes, corría como loco en las canchitas del país con los Cebollitas, deslumbró al fútbol argentino desde los 15 años en aquella cancha de tablones de La Paternal, esperaba a su novia en la calle Lascano. Diego era el pibe de acá a la vuelta, el amigo de nuestros amigos. Nuestro. Bien nuestro.
Y así se lo hizo saber a los patrones del mundo.
Nunca se lo perdonaron.
Lionel Messi brilla en las canchas, se saca fotos con vedettes y también, con dictadores. Hace lo que el dirigente-patrón le ordena. Nada nuevo, el mejor empleado del mes.
Por mi parte, no creo que mire el Mundial. Me ofende profundamente el desprecio que sienten los EEUU por el resto del mundo, me ofende Lionel Messi y su obediencia rastrera (sos un muchacho grande, si decías que no, no pasaba nada…), me rebela el intercambio de sonrisas entre De Paul y el gordo bruto.
El mundo corre peligro, y dos baluartes de la Selección Argentina campeona del mundo, le rinden pleitesía al que está por apretar el botón rojo.
Basta para mí.
Claudio Serrentino

