¿Se puede gobernar a fuerza de mentir compulsivamente? Javier Milei lo está demostrando. Ya van dos años de frases hechas, gritos destemplados, insultos a cualquiera, abandono de las obligaciones del Estado. Y no pasa nada.
Ningún juez, ni fiscal, ni senador, ni diputado, ni gobernador, ni intendente, le reprocha públicamente su desubicación constante, en ocasiones (varias) rondando la indecencia, faltando a sus elementales deberes como funcionario público. Y si hay juicios iniciados, éstos duermen la siesta, esos olvidados expedientes son usados por los jueces como cómodos almohadones.
La democracia argentina, una vez más, desemboca en una fase terminal: dos de sus tres poderes -ejecutivo y legislativo- discuten sobre cuestiones que le son ajenas a la gran mayoría de los argentinos, mientras el poder restante, teóricamente el gran intérprete de las leyes, el que debería evitar el desbarranco institucional, dice con total desparpajo “siga, siga”.
Ante el silencio cómplice, el presidente disfruta al montar su espectáculo: transmite por cadena nacional su traslado hacia el Congreso /rodeado de poquitos fans, ignora a la vicepresidenta, se hace aplaudir al rabiar cuando ingresa (y él se la cree). Luego de toda la escenografía montada -con cláque incluída, muy bien paga, por cierto. arranca con su larga lista de mentiras, medias verdades, frases rebuscadas para tener razón y números que intentan convertir en un Rembrandt, a su pobre e infantil dibujito de país. A todo ese menú ciertamente indigerible, hay que agregarle insultos de todo tipo y tenor. Todo, dicho desde una arrogancia brutal y penosa al mismo tiempo.
Mientras, acá abajo, la confusión y la depresión es total.
De tantas malas noticias, ya no tenemos, ni siquiera, el impulso de gritarle al televisor.
Ayer elegí ver por enésima vez un programa de History Channel que cuenta supuestos episodios extraterrestres, antes que darle rating al penoso show de las miserias humanas que brinda el presidente.
De tanto escucharlas, sé de memoria sus medias verdades, sus mentiras descaradas, sus insultos y su primitivo concepto de la vida.
No quiero escucharlo más.
Él me tiene harto; su vicepresidenta -a los codazos con Karina– también. Karina otro tanto (devolvé el 3%!!!). Ni qué hablar del sinverguenza de Nemen, y de todos los que integran el circo oficialista.
No quiero más gritos. No soporto más frases hirientes. No tolero más cinismo. Hablan de patria mientras hacen trizas a nuestra bandera.
Ya es bastante tener que soportar todos los daños que nos están infligiendo: salarios de África con precios de Alemania, cierre de empresas, pérdida de empleos, jubilaciones al borde de la indigencia, educación y salud pública desfinanciadas, comida podrida en galpones, el 3% de la ANDIS mientras le negaban lo básico a los discapacitados, la inflación mentirosa, el dólar supuestamente planchado a costa de la miseria generalizada, el curro de $LIBRA, y como si todo esto fuera poco… represión asquerosa si nos animamos a protestar. No olvidar el “posicionamiento de Argentina en el mundo”… peligrosamente pegaditos a EEUU e Israel, justo cuando el mundo está al borde de una crisis global.
Están destrozando todo lo bueno que teníamos.
En medio de tanta confusión, tengo un par de certezas: Seguirán rompiendo, mientras se lo permitamos. Y cuanto más tiempo pase, costará muchísimo más tiempo y esfuerzo, reponer todo lo que rompieron.
Claudio Serrentino

