Las cuentas de Facebook de La Bocina, Popurrí de poco un todo, Todo El Año Es Carnaval y La Bocina de Mi Barrio, fueron hackeadas desde ayer a la noche, por alguien que intenta montar un casino en línea. Por favor, no le den nada, si le piden desde esas cuentas.
Uso las redes sociales sólo para cotejar información. No publico nada personal hace años, apenas replico los programas de radio que se emiten por AM 1010 Onda Latina.
¿Por qué? Es una cloaca virtual por la que circula cierto fascismo cada vez más desvergonzado. Las opiniones retrógradas no sólo no disminuyen, sino que se vienen multiplicando a gran velocidad, mientras el árbitro Facebook, cual Lamolina cibernético, dice “siga, siga”.
No estoy dispuesto, a esta altura de mi vida, a volver explicarles el alfabeto a quienes se niegan a aceptar las reglas del idioma (y se nota cuando escriben!!); o la veracidad -comprobada hace siglos- sobre la redondez del planeta a quienes encuentran explicaciones típicas de un nene de 2 años, que “confirman” su terraplanismo.
La lista de ignorancia a sabiendas llega a cuestiones insultantes para la humanidad, como la negación del holocausto. O de los desaparecidos. Cualquier verba les viene bien, con tal de no aceptar lo que no quieren aceptar. Por necios, cínicos o imbéciles. Lo mismo da.
El asunto es que hackearon las cuentas de los programas de radio, y lo primero que vino a mi mente fue: “mejor!!! borro todo”. Y todavía lo sigo pensando.
Solicité “ayuda” a Facebook: fue inútil pedirle algo a quien no supo cómo proteger mis datos, pero que inmediatamente empezó a ponerme trabas para recuperar las páginas.
La “asistencia técnica” que ofrece la plataforma de Zuckerberg es bastante pobre: de recursos, de asistencia y de la agilidad necesaria para darle una mano al que cayó en manos de un desalmado que supo fácilmente violar las normas de seguridad.
Facebook sólo atinó a avisarme que “no tengo control” sobre las páginas hackeadas. No recomendó medidas de seguridad, no se contactó conmigo, no frenó al hacker en su intento. Sólo envió un mail con ese “alerta“, mientras el intruso montaba “anuncios” (yo ni sabía que eso se podía hacer) de casinos on line y armó un “negocio” en el que éramos “socios“. Quise dar de baja el negocio. Facebook me lo negó, diciéndome que había “activos”.
Tuve la rapidez necesaria como para borrar los datos de una tarjeta que -no sé por qué- estaban en Facebook. Ahí sí: cuando Facebook cotejó que no había a quién facturar, accedió a dar de baja el “anuncio” y el “negocio”.
Todavía estoy estremecido por ese asalto a mi identidad virtual. No me importa perder sitios que sólo replicaban los programas de radio, que de cualquier manera se siguen subiendo habitualmente a La Bocina Radio.
Supongo que todos los días, millones de usuarios de Facebook en todo el mundo pasarán penurias similares. De este tipo, y con Marketplace, donde abundan los estafadores de todo tipo y tenor, sin que Facebook tome algún tipo de medidas.
Mark Zukerberg es uno de los hombres más ricos del mundo, pese a que su plataforma permite el ingreso de amigos de lo ajeno, y todavía, ninguna autoridad de ningún país se le planta para exigirle que ponga el culo en la silla, y programe una plataforma segura para los usuarios.
Claudio Serrentino

