Una tarde de 1955 entré en el bar Florida de la calle Viamonte, a metros de la Facultad de Filosofía y Letras, frecuentado por los poetas de la Generación del 40. Sentados a una mesa estaban el español Arturo Cuadrado, editor de “Botella al Mar” y una jovencita que Cuadrado me presentó, Alejandra Pizarnik. Reconocí en ella a una vecina (los dos vivíamos en Avellaneda) que había visto otras veces sin saber quién era. Alejandra tenía entonces 19 años y acababa de publicar, con el sello de Cuadrado, La tierra más ajena, libro que me dedicó. Ese fue el comienzo de una amistad que duró hasta su muerte, en 1972. Como vivía cerca, la visité muchas veces en la casa de Lambare 114 donde ella vivía con sus padres. Su hermana Myriam hacía poco que se había casado y había dejado la casa.
Alejandra era menuda, de pelo corto, castaño, y ojos entre verdes y grises, con un rostro reacio al maquillaje (nunca lo usó) que podía haber disimulado las marcas del acné. Tenía mucho humor, una gracia irónica y le gustaba intercambiar chismes de los escritores, pero lo que verdaderamente le apasionaba era la poesía. Teníamos preferencias distintas pero eso no impedía que congeniáramos. Ella admiraba a los románticos alemanes y a los surrealistas franceses. Yo le presté dos libros que, recuerdo, le interesaron mucho: “El alma romántica y el sueño” de Albert Beguin y “De Baudelaire al surrealismo” de Marcel Raymond.
Alejandra soñaba con viajar a París, la ciudad de sus poetas predilectos, en esos años de efervescente existencialismo. En 1959 yo viví en París cuatro meses, gracias a una beca, y al regreso charlamos mucho sobre mis experiencias. <<París -le decía- es una ciudad cortada a tu medida>>. Un año después ella consiguió viajar y vivió allí cuatro años. Fue amiga de Julio Cortázar, de Octavio Paz y frecuentó a poetas franceses.

En París escribió Árbol de Diana, que prologó Octavio Paz y publicó Sur dos años más tarde. Desde París me envió varias cartas que figuran en el tomo Correspondencia Pizarnik, recopilado por su amiga Ivonne Bordelois.
Pero Alejandra regresó distinta; desde entonces ella y su poesía profundizaron cada vez más en la visión angustiosa y desolada que ya aparecía en sus primeros versos. Físicamente más delgada, de rostro anguloso y rasgos de una desasosegada introversión. Conservaba el humor, pero éste se fue haciendo ácido, sombrío. Fueron años, hasta su suicidio, de una constante depresión, de la que no pudieron rescatarla las sesiones de psicoanálisis con León Ostrov y Enrique Pichón Riviere. De esa época son los libros Los trabajos y las noches y Extracción de la piedra de locura, así como sus últimas prosas, tan exasperadas.
Nos seguimos viendo, pero con menor frecuencia. No me sentía cómodo con las compañías que la rodeaban: el alcohol, las drogas… Cuando se suicidó sentí dolorosamente su muerte, pero no me sorprendió. Alejandra era carne de suicidio. Lo había intentado anteriormente y la salvaron en el hospital Pirovano. Además lo había dejado escrito: <<Basta de hacer cola para morir>>.
Si vivir muchos años es vivir muchas muertes, Alejandra vivió en pocos años muchas vidas. Su trayectoria vital, desde la adolescencia a la temprana madurez, estuvo signada por experiencias interiores, íntimas, que explicitó descarnadamente en sus poemas. Siempre la admiré y la quise, pero prefiero recordarla como aquella muchachita fervorosa, intensamente sensible, inteligente y tiernamente afectuosa que una tarde me presentó Arturo Cuadrado en un bar de la calle Viamonte y a la que yo visitaba en la casa de sus padres.
Antonio Requeni
publicado originalmente en Ulrica Revista
