“Así no se puede vivir más”, murmura mi amigo, indignadísimo, mientras revuelve una y otra vez el lado del acompañante, dentro de su auto.
Mientras se queja, detecta un largo pelo rubio -su esposa es morena- y reitera, mientras sostiene con dos dedos lo que hubiera sido una prueba irrefutable de delito: “así no se puede vivir…”.
“¿A vos no te pasa?“, pregunta, para ver si encuentra otro socio indignado. “A veces“, le respondo. Fue más fácil que confesarme monógamo. “¿Viste? -sigue destilando bronca- las minas no dan puntada sin hilo. Y eso que les aclaro de entrada que soy casado eh, no lo escondo. Les fascina cuando les cuento de mis pibes… sienten ternura y calentura al mismo tiempo, una cosa rara. Pero siempre te tienen que dejar el regalito”.
Como la situación va pasando de drama a comedia, le pregunto si le pasó muchas veces. “Siempre“, dice, tajante. Y se siente cómodo como para entrar en detalle.
“La de los pelos largos es un clásico. Después tenés los lápices de labio, los pinceles para maquillarse, las camperas o saquitos en el asiento de atrás, papelitos de golosinas o preservativos en la guantera, las pulseritas que ‘se le caen’ debajo del asiento, los pañuelos de papel con rouge que dejan en algún rincón del auto… A veces, un rayón en el espejito del parasol, marca imperceptible, pero que las mujeres saben leer. Una que se había enamorado perdidamente, cuando paré a cargar nafta se sacó la tanga y la puso en la guantera. ¡Menos mal que revisé!”, dice, aliviado, como reviviendo aquella peligrosa situación.
Le pregunté si la mujer no lo había pescado nunca. “Una vez, le dije que era una compañera del trabajo que alcancé un día de lluvia. Obvio, no se lo creyó”.
Luego fue desgranando su teoría, de que las mujeres comparten una especie de radar de infieles, donde van dejando señales. “Un código secreto entre ellas, que los hombres, de boludos y calentones que somos, no sabemos descifrar. Pero a mí no me joden más“.
Antes de partir hacia su próxima aventura, se despidió con un consejo: “vos Flaco, tené cuidado eh… Que no te pesquen!”.
Cuando se fue, me quedé pensando: parte del encanto de las relaciones íntimas entre las personas, debe ser la de jugar a las escondidas. Y mientras estamos escondidos, compartimos el deseo.
Una versión poética, mucho más elegante que decir “ésos andan de trampa“.
Claudio Serrentino

