Partió el Indio. Pero no se fue nada: porque ahí están los ricoteros, saltando, como si en lugar de velorio fuera otra misa ricotera. Y ni los represores pudieron impedirlo. Entre ellos está el Indio, en las banderas, en las remeras, los tatuajes, las frases en las paredes, en el eterno “vamo’ lo’ redoooó'”, en las canciones que se cantan con cualquiera que pasa.
El Indio sigue latiendo a través de su obra, que hizo vibrar corazones, que provocó amor y una fidelidad a prueba de todo, que hizo pensar, sentir, entender… Hasta parir una tribu indomable, con compacts y estandartes y flequillos y aritos y chupines y camperas; en barra de amigos y/o, en familia; todos ardorosamente felices, celebrando a los empujones –el pogo es fundamental-, y entre las melodías, llegar al éxtasis.
Un poco de alegría entre tanta mierda, fue mucho, muchísimo para esa manga de descartables para cierto poder. Mientras ese poder los mira de reojo, con absoluto desprecio, ellos siguen celebrando, orgullosamente orkos.
El Indio partió, y empezaron a aparecer los testimonios. El que más me emocionó, el de una señora que contó, entre lágrimas, que su momento preferido fue un recital del Indio en Entre Ríos, saltando y cantando con su nieta en el barro. ¿Quién podría regalarte semejante momento de felicidad? ¿Cómo no llevar una remera con la cara del personaje que te obsequió ese instante precioso…?
Caramelito Carrizo relata, en otro recorte, sobre la generosidad del Indio. Felipe Pigna y Lalo Mir, absolutamente quebrados al hablar, sin ocultar su conmoción y sus lágrimas al enterarse de la noticia. Fito lo recuerda en Cemento: el Indio le explicó amorosamente por qué debía volver a cantar una de las canciones más bellas del rosarino: “Yo vengo a ofrecer mi corazón”.
Las cámaras muestran a gente grande (viejos como yo), de mediana edad, jóvenes, adolescentes y pibes (sí: adolescentes y pibes admiran a un señor de 77 años). Todos resaltan su amor, su respeto y devoción hacia esa persona que los hizo vibrar con su música.
Es raro: un hombre que leyó mucho, que transcurrió sus primeros años rondando las ideas revolucionarias, finalmente no hizo la revolución: pero sí provocó una especie de “liberación interior” en cada alma a la que llegan sus mensajes en forma de canciones.
En lo personal, arranqué el duelo refugiándome en el estudio de La Bocina Radio; transmití sus canciones durante cinco horas seguidas. Algunas las canté a los gritos. Buscaba consuelo y desahogo. Y ahí estaba el Indio, otra vez, acompañándome desde su música.
El anochecer encontró a la Plaza de Mayo, y plazas de muchas ciudades de nuestro país, repletas de gente celebrando a “su único héroe en este lío”, honrando a quien fuera su gran referente, no sólo musical.
Y el Indio sigue haciéndonos vibrar…
Claudio Serrentino
