Apenas terminado el partido, las lágrimas de Messi definían la tristeza de todo un país, mientras detrás suyo, a unos pocos metros, los jugadores españoles daban rienda suelta a su festejo.
El equipo español mereció el triunfo, porque tuvo actitud de ganar desde el minuto 1. Argentina dejó que maneje la pelota, lo mejor que sabe hacer la selección ibérica.
Argentina se plantó pasivamente a mirar cómo sus rivales distribuían la pelota. En 90 minutos, Argentina casi no generó ninguna jugada de peligro. A Messi no le llegaba el fútbol, y si le llegaba, casi siempre “sucio”, complicado.
También le pasó a Nico González, el elegido para desnivelar por la izquierda. La pelota le pegaba en la espalda, en el hombro, en el pecho, mal parado… nunca “limpia”. Aunque cuando pudo, encaró por su sector y complicó. Pero al final del primer tiempo lo sacaron.
España tuvo la frescura de Lamil Yamal, que lo intentó mil veces frente a la férrea marca de Tagliafico, uno de los mejores nuestros durante la final. Y Dani Olmo, otro crack. Aunque todo el equipo español estuvo concentrado en armar el juego para llegar al gol.
En el segundo tiempo, convencida de su falta de ideas, Argentina se resignó a resistir, sobre todo, luego de la expulsión de Enzo Fernández. Y lo hizo dignamente.
El gol que se veía venir desde los primeros minutos del partido, finalmente llegó en el tiempo suplementario.
“Partido liquidado“, dirían algunos.
Pero el amor propio de los nuestros, volvió a poner a los españoles adentro del área. Como pasó con los ingleses. Y si llegaba a entrar esa que pateó Simeone y rozó el travesaño… Quizás la historia hubiera sido otra.
Argentina demostró una vez más su amor propio. Le faltó fútbol en el medio campo, careció de creatividad. Pero la actitud fue la de siempre: aguerrida, temeraria.
Justos campeones, los españoles.
Claudio Serrentino




