Durante aquellos años de la infancia, los pibes teníamos los juegos de la calle. Pero Karadagian siempre le encontraba la vuelta para engancharnos al televisor: lo importante no era la lucha, las tomas, las trompadas. Lo más lindo de todo era el entorno, en qué circunstancias pasaba qué cosa.
Por ejemplo, uno de los luchadores “buenos” como el “Ancho” Rubén Peucelle, está atado a las sogas, a merced de dos “malos”. Pongámosle El Vikingo y Mercenario Joe. El árbitro William Boo, pese a que sucede algo ilegal, mira para otro lado. ¡Y de repente, de entre las sogas surge el Caballero Rojo (otro bueno) para ayudar a su amigo y derrotar a los malos! William Boo se enoja (siempre favorece a los malos) e igualmente le levanta las manos al Mercenario y a El Vikingo, dándoles por ganada la pelea. Una injusticia que triunfa; igualito que en la vida real.
Los relatos de Rodolfo Di Sarli le ponían misterio y emoción a la cosa; los Titanes no tuvieron ni tendrán a un grande como él. Y esas apariciones tras bambalinas… Antes de presentarse públicamente y subir al ring, La Momia se asomaba entre los cortinados y espiaba las peleas de Karadagian. Un hecho simple, pero… ¡qué fantasías se agitaban en nuestras mentes! ¿Quién era ese extraño personaje? ¿Qué quería? ¿Por qué lo espiaba a Martín y no a otro luchador? La imaginación infantil andaba a mil por hora.
Las canciones, los personajes secundarios, el lento traslado hacia el ring, durante el cual los luchadores eran vitoreados o repudiados… Hermoso. Un pequeño circo romano, sin leones. A aquel pibe que fui, le llamaba la atención que los “malos” respondían los agravios del público, orgullosamente. ¿Cómo podían estar orgullosos de ser malos…? El pibe Claudio se divertía y pensaba. Era fantástico.
Mi memoria se retrotrae a la primera vez que me crucé con los Titanes. ¿Fue por 1968..? La troupe del Armenio hacía el programa en Canal 9. Estaban Batman y Robin, el indio Comanche. Luego les perdí el rastro.
Releyendo el libro que se publicó cuando Martín Karadagian estuvo preso, titulado “¿Mereció una celda?”, escrito por Juan Claudio Rival, caigo en la cuenta de que el vacío en mi memoria está justificado, ya que el Campeón del Mundo cayó preso hacia 1970 por irregularidades en la construcción de un edificio (de la cual, en el libro se asegura que él no tuvo nada que ver).

En el ‘71 salió libre, y en 1972 vuelve con “Titanes en el Ring” a Canal 13, en lo que fue el apogeo de su etapa televisiva: allí aparecieron La Momia, el Caballero Rojo, Don Quijote y Sancho Panza, La Viudita misteriosa (que se lo quería levantar a Martín), Pepino y Superpibe. También salen las figuritas, los muñequitos en los chocolatines Jack, el disco (todo lo que hoy se conoce como “merchadising”) y la recordada pelea en el Luna Park para cerrar el ciclo, entre Karadagian y La Momia (que según creo, quedó registrada en una película, “Superagentes y titanes”): ese combate fue uno de los momentos más emotivos de mi niñez. Al principio, La Momia lo derriba una y otra vez al Campeón del Mundo, pero luego Karadagian descubre que el punto débil de La Momia está en la espalda y logra la victoria.
Debido al gran éxito de esa temporada, José Marrone y los enanos de su circo hacen durante el verano una versión más paródica aún de “Titanes”, con los enanos luchando -también en Canal 13- que no le gustó nada a Karadagian, y que implicó reproches públicos a través de las revistas de la época.
Después fui creciendo, empecé a interesarme más por las chicas que por los Titanes, pero de vez en cuando “espiaba” por la tele en qué andaban los luchadores. Me seguí asombrando, esta vez con La Momia Negra, El Ejecutivo, Míster Moto, Diábolo. Ahora eran varias las viudas que intentaban sin suerte seducir al gran Martín, porque ya lo decía la melodía: “no podrá esa viudita conquistar con su platita el corazón de Martín, nuestro campeón…”.
Me crucé personalmente con Karadagian ya de grande, en la esquina de Corrientes y Callao, y en otras circunstancias. Sería por el año ‘89: lo bajaban de un taxi en una silla de ruedas. Casi me pongo a llorar. El hombre que supo agitar mi imaginación, aquel titán de Titanes en el Ring… ese hombre estaba postrado.
Un par de años más tarde, mirando un noticiero de TV, me entero de su muerte. Mi corazón lloraba en silencio, mientras las imágenes mostraban a los viejos luchadores diciendo: “y ahora, ¿qué será de nosotros?” y la cámara seguía con su ojo implacable el llanto desconsolado de Pipo Cipolatti, uno de los admiradores del creador del “Cortito”.
Años más tarde, Pipo incluyó en uno de los discos de Los Twist, el hermoso mensaje de Karadagian a los niños.
Claudio Serrentino
Imagen: Archivo Enrique Ricagno

