Después de meses en los que las compras compulsivas lo pusieron al borde de la ilegalidad y desgastaron aún más la credibilidad del gobierno nacional, el jefe de gabinete Manuel Adorni, presentó su renuncia.
Desde que una foto en Nueva York lo mostró con su esposa Betina Angeletti, la caída de Adorni fue macerándose con los viajes en aviones privados, los inmuebles adquiridos, y las increíbles excusas para justificar los gastos que fueron apareciendo, a medida que la lupa judicial se centraba en sus consumos.
El último, quizás la gota que rebalsó el vaso, fue el monitor “gamer” que costó 8 millones de pesos, y que compró a través de tarjetas de crédito de funcionarios de su cartera.
Ayer, nomás, el presidente Milei volvió a depositar confianza en su funcionario. Y hace un par de días, los diputados libertarios cantaban en el recinto “Adorni no se va…”.
La base de cualquier gobierno es la confianza. Este gobierno, con sus contradicciones permanentes, poco hace para conservar la poca confianza obtenida durante más de dos años en el poder.
Llega Diego Santilli, quizás con la idea de refundar la alianza con el PRO.
